Nacimiento, esplendor y cierre de las Reales Fábricas de Guadalajara

Pedro José Pradillo ha ofrecido esta interesante charla.
Concurridísima ha sido la charla que ha dado Pedro José Pradillo, técnico de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara, en la Biblioteca Pública de Guadalajara. En este caso, ha dado una muestra de erudición en las Reales Fábricas de Paños de la ciudad en la época ilustrada, centrándose en sus modificaciones constructivas. Llegaron a ser tan importantes que de 6.700 habitantes que tenía la ciudad, 1.500 de ellos trabajaban directamente en las fábricas y otros tantos de forma indirecta. Ha ofrecido interesantes detalles de la Historia y edificios arriacenses.

Aunque comenzaba centrándose en la Real Fábrica de Tapices, ofrecía Pradillo a lo largo de su charla un montón de información y detalles sobre decenas de palacios y otros edificios de Guadalajara que, en su mayoría ya no existen.

En 1718, Felipe V llega al trono de España tras la Guerra de Sucesión. Su ligazón con Guadalajara comenzó con su boda con Isabel de Farnesio, ya que, se celebró en el Palacio del Infantado. El monarca en agradecimiento a la ciudad concedió la construcción de una manufactura real que se decidió que fuera de paños. Para ubicarlo se elegía el palacio de los Marqueses de Montesclaros, ubicado frente al Alcázar y el palacio del Infantado.

El antiguo Palacio de Montesclaros se transformó arquitectónicamente para adecuarlo a la moda del barroco del siglo XVIII, en su exterior, y en el interior, a las necesidades industriales de la transformación de la lanas en paños. Entre las curiosidades que relataba Padrillo está que ésta Real Fábrica se construyó con los ladrillos y azulejos del Alcázar Real, que ya se había desmantelado en parte, pero que se destruirá casi completamente en ésta época.

Se demolieron todas las estructuras salvo los muros maestros que, posteriormente, se usarían para una ampliación de la fábrica, ya que, había mucha demanda nacional e internacional de los paños de Guadalajara.

Además del Palacio de Montesclaros y el Alcázar, el complejo industrial lo componían los Reales Batanes construidos por Miguel Marín en el siglo XVIII, era un ingenio hidráulico formado por martillos cuyo objetivo era golpear las telas para prepararlas. Se añadía a la estructura industrial una serie de viviendas para los obreros que acudían a trabajar, en el barrio de Cacharrerías. En esa época, en 1752, Guadalajara tenía 5.000 habitantes, 200 telares y 500 operarios trabajando directamente en la fábrica.

La ciudad se transformó y creció más allá de las murallas, no sólo con viviendas populares, sino también con palacios, como el de Veladíez que se ubicaba donde ahora está el centro de salud Cervantes. Como se necesitaban más espacios para los textiles, se construía la Rotonda de Ventura Padierne en 1752 en Brihuega, una construcción peculiar (completamente redonda) pensada para mejorar la producción. Guadalajara gozaba de un gran esplendor.

Sin embargo, Fernando VI cede la Real Fábrica a los Cinco Gremios Mayores de Madrid y la industria decae. Sucede en el trono a éste Carlos III, a quien se le pide que vuelva a hacerse con el control de la fábrica, -querían que regresara el esplendor a la ciudad-. Acepta y se lleva a cabo una gran ampliación que supuso una transformación arquitectónica de la Real Fábrica y de la ciudad.

Esplendor

Así, se construyó la Real Fábrica de San Carlos en 1777, una actuación propuesta por Diego García para usar los muros del Alcázar. Esta ampliación se llevó a cabo porque se había cerrado la fábrica de San Fernando. Para que no perdiera el nombre la fábrica primera ubicada en Montesclaros tomó este nombre, mientras que la ampliada se denominó de San Carlos.

Paralelamente, también se amplió la Rotonda de Brihuega componiendo ya un gran complejo, aunque menor que el gran complejo fabril de Guadalajara. Las ampliaciones también llegaron a los Reales Batanes, que no se pueden precisar cómo fueron porque la documentación no es precisa. Lo que sí está documentado es cómo se restauró en 1776 el puente árabe sobre el Henares porque hubo una gran riada que desplazó los pilares.

Pradillo se refería también a cómo el rey expulsó a los jesuitas que estaban en el convento de la Trinidad, actual San Nicolás. Parte del monasterio se alquiló para usarlo también en el negocio textil que ya contaba con más de 600 telares y unos 1.500 trabajadores directos -en 1786, en Guadalajara, había 6.700 habitantes- más otros tantos de oficios indirectos como carboneros, canteros, herreros, hortelanos o carreteros entre otros.

Con Carlos IV, se amplió un poco más, construyendo el laboratorio de los ingleses, realizado por Diego García, en 1778. El proyecto de los ingleses no cuajó y se transformó en Reales Tintes. En 1791, Carlos IV visitaba Guadalajara para pasar unas vacaciones y para conocer la Real Fábrica. Bromeaba Pradillo que debió enamorarse de una alcarreña, porque mandó construirse un palacete. En esos momentos, las reales fábricas contaban con 600 telares, 190 escuelas y más de 20.000 personas trabajando, no sólo en la ciudad, sino en los alrededores. Era un gran emporio.

Cierre

Llegó la guerra de Independencia, Carlos IV abdicó a favor de su hijo Fernando VII que terminó decidiendo que no era rentable la Fábrica para la Corona y la cierra. Trató de vender todos los edificios y logró deshacerse de todo salvo de las dos grandes fábricas de Guadalajara, que se terminaron transformando en la Academia de Ingenieros y el Cuartel de Globos.

El primero, fue derruido cuando se decidió construir la avenida del Ejército y el segundo fue bombardeado durante la Guerra Civil porque ahí se refugiaron unos soldados republicanos. Los Reales Batanes y los Reales Tintes están en proceso de ruina. Y la Rotonda de Brihuega, sobre la que existía un proyecto de reconstrucción y transformación en spa, que la crisis económica echó por tierra, también está en un estado lamentable.

Por otra parte, entre las curiosidades que comentó Pradillo, destacamos el origen de la estatua de Neptuno que adorna actualmente la plaza del Jardinillo. Relataba que fue un regalo de la Academia de Ingenieros al Ayuntamiento en agradecimiento por la ayuda para construir la Academia y que estaba originalmente en el Palacio de Montesclaros, que se guardó para que adornara la plaza de la Real Fábrica. Cuando ésta se transformó en Academia, la estatua se la encontraron los ingenieros.

La charla terminó con un animado turno de preguntas, donde incluso un investigador mantuvo, para enfado y risas -a partes iguales- de los asistentes, un debate sobre la realidad histórica de algunos de los detalles que ofrecía Pradillo en su intervención.

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