Charo y Tomás, lo más entrañable del Bar Club. Charo y Tomás, lo más entrañable del Bar Club.

Bar Club, una tasca de las de siempre

La etiqueta de entrañable para un bar puede que sea demasiado subjetiva, pero cuando se habla del Bar Club en Guadalajara, no hay otra más apropiada para describir como una cantina puede llegar a ser un lugar íntimo y afectuoso. Es muy probable que muchos de nuestros lectores jamás hayan reparado en esta tasca, a pesar de que su ubicación a escasos metros de la Plaza Mayor de Guadalajara, pero es que si decimos que está en la calle Cristo de Rivas, tampoco sabrían ubicarla. Es ese pequeño callejón que nada más ascender por la calle Mayor desde la Plaza del Ayuntamiento, queda a mano izquierda para dar paso a la plaza del Concejo, donde el tiempo de la modernidad parece detenido.

El Bar Club es de esos bares de verdad, en los que todavía existen parroquianos, de vermut y tapa, que le cuentan su vida a la tabernera, casi como en un confesionario. Y la tabernera no es otra que Charo, que junto a Tomás, se apegó a este pequeño negocio de hostelería, allá por el año 83, casi como regalo de bodas, tomando el relevo de otro hostelero de Guadalajara de toda la vida, Graciano Romo. Y en él Charo derrocha sus dotes de cocinera y hostelera, esperando una merecida jubilación. Antes, Tomás, su marido, también atendía muchas horas el bar, pero ahora se ha jubilado y es el hijo quien le echa una mano a Charo.

Es todo un espectáculo ver cocinar a esta tarbernera en vivo y el directo, con un pequeño fuego al chup chup, en la propia barra, de la que salen aromas inigualables para el mejor master chef. Sus raciones hay que degustarlas, aunque no se hayan pedido, pues la boca se hace agua, y Charo, que con mérito ha puesto su nombre a algunas recetas, se aplica a conciencia en la premisa del antiguo hostelero: quien come, además bebe, y es bastante generosa con el pincho.

Hace un pollo al ajillo que ya lo quisiera para sí la Pantoja, o un cuchifrito que corta el aliento, por no hablar de las "pelotas" de Charo, que no se pueden llamar albondiguillas o las manitas de cerdo. 

Es más corto en este bar el recorrido de la barra que el paseo subterráneo hasta los aseos, y quizás por ello, y por el común denominador del afecto, uno se siente en familia, y hermana fácil con los parroquianos, donde la anécdota se convierte en historia común, como aquella en la que a principios de los noventa tanto ofendió a la tabernera, porque las páginas amarillas decidieron que un bar con este nombre, debía ser Club de alterne.

No es este un bar para abrevar, ni enguillir, sino para disfrutar del chato o el botellín, sin importar mucho si uno quiere cantar una copla, o dar un mitin en la barra, donde el bocado es franco y natural y el rato amable. 

 Y a pesar de estar impecablemente limpio,  el Club tiene su olor rancio, como todos los bares entrañables, es como ese olor más fuerte de lo que perdura en el tiempo, pero que no se ha echado a perder, como el olor rancio del buen vino. Es este bar testigo fiel de otras muchas tascas que ya desaparecieron en Guadalajara como la Palentina, La Palma o el Ventorrero, por recordar algunas. Un bar afable y nostálgico.

 

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