Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

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El Doncel de Sigüenza

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Sigüenza, una de las joyas de la corona del patrimonio histórico, artístico y cultural de España, es conocida por su fuerte castillo, reconvertido en Parador, y por su recia y sobria catedral, que le otorgan ese carácter medieval propio de las villas de la Castilla de frontera, que crecía a la sombra de un peligro inminente al sur, cada vez más lejano pero nunca del todo olvidado. De su patrimonio siempre se ha reconocido que el sepulcro del Doncel era una de las más elevadas representaciones artísticas del gótico castellano.

Mucho se ha hablado de la escultura en sí, pero muy poco se sabe de la persona a quien representa, y en la que nos gustaría centrar la atención en estas líneas. El Doncel, Martín Vázquez de Arce, no era seguntino, a pesar de todo lo que se ha dicho de él (leyendas nunca faltan cuando la historia verdadera está envuelta en brumas), pues todo parece indicar que nació en Guadalajara, o al menos allí pasó su infancia. Su familia, perteneciente a la pequeña nobleza originaria de Sigüenza, fue fiel servidora de los poderosos Mendoza en la capital alcarreña, recibiendo su padre, Fernando de Arce, una casa cerca del antiguo convento de Santa Clara (del que hoy solo queda la actual iglesia de Santiago, entre la calle Teniente Figueroa), de manos del Conde de Priego, Diego Hurtado de Mendoza. Don Fernando sirvió, posteriormente, al primer y segundo duque del Infantado, y muy especialmente a éste último, de quien fue secretario y persona muy cercana, recibiendo a cambio la encomienda de Montijo, perteneciente a la Orden de Santiago.

El Doncel de Sigüenza siguió los pasos de su padre, y creció como paje en la casa de los Mendoza, que residían ya en el recién construido palacio del Infantado de Guadalajara, donde se formó en las letras y la guerra. La familia Mendoza se caracterizaba por su potencial bélico, en un siglo marcado por las continuas luchas entre facciones nobiliarias, así como por su interés por el conocimiento del arte y las letras. Su oficio de paje implicó que Martín participara en los principales hechos de armas de la Castilla de finales del siglo XV, al servicio del clan mendocino. Arriesgó su vida en la famosa batalla de Toro, donde los Reyes Católicos expulsaron al rey de Portugal y a su esposa, Juana la Beltraneja, hija de Enrique IV y pretendiente al trono castellano. También participó en las campañas andaluzas contra el reino de Granada, siempre al servicio de los Mendoza, liderados por el gran cardenal, Pedro González de Mendoza, conquistando Loja, Illora, Moclín y Montefrío.

Sin embargo, a pesar de su gran carrera militar, la suerte se truncó para el Doncel de Sigüenza, cuando en la campaña granadina de 1486, cerca de la Acequia Gorda de Granada, socorriendo a cierta gente de Jaén, el joven Martín, con solo veinticinco años de edad, perdió la vida en una desafortunada batalla en las cercanías de la ciudad nazarí. Los cronistas contemporáneos al Doncel narran que, mientras el ejército cristiano marchaba cerca de la mencionada acequia, los granadinos abrieron las compuertas dejando que el agua inundara los campos atrapando por sorpresa a los enemigos, muriendo una veintena de hombres de las mesnadas mendocinas. Martín nunca llegó a ver la caída del último reino musulmán de la Península.

Aunque la historia es algo confusa en este punto, todo indica que el apelativo de Doncel, no se ajusta a la realidad, pues parece que estuvo casado con una mujer de la que se desconoce su nombre, y con la que tuvo una hija, llamada Ana, única heredera de sus escasos bienes. Parece ser que en principio fue enterrado en las cercanías de la batalla, en Granada, pero poco después la familia pidió que los restos del joven yacieran finalmente en la catedral seguntina, a lo que el Cabildo de la ciudad accedió, siendo trasladado su cuerpo en 1491. Quizá su muerte hubiese sido una más de las muchas que dejan las guerras, que no entienden de jóvenes ni viejos, de buenos ni malos, de no haber sido porque el arte le inmortalizó para siempre, gracias a su hermano Fernando, que sería obispo de Canarias. Éste, movido por su amor fraternal, utilizó una capilla que su padre había fundado en honor de San Juan y Santa Catalina en la catedral de Sigüenza y mandó crear la que Ortega y Gasset describiría muchos siglos después como “una de las esculturas más bellas del mundo”.

Posiblemente creado por Sebastián de Almonacid, el sepulcro de Martín Vázquez de Arce es una de las grandes joyas de la escultura gótica española. Enmarcado en un arco de medio punto, la estatua del difunto no se muestra yacente, como es típico en la Edad Media, sino leyendo un libro recostado de perfil, con actitud serena y una expresión que transmite paz y sosiego, aceptando la muerte con la tranquilidad de quien ha cumplido en vida todo lo que debía hacer. Su ensimismamiento intelectual contrasta con la indumentaria bélica del Doncel, ataviado con armadura, espada y puñal al cinto, sobre la que destaca la cruz de la Orden de Santiago, de la que su padre era comendador, y que aporta el contrapunto entre el hombre de letras y el de armas que se unen en esta figura, única en su época, que va ya introduciendo los nuevos tiempos del Renacimiento, del Humanismo, que comenzaba a asomar por la Península Ibérica de la mano de los Mendoza. La figura está escoltada por un león y un pajecillo que llora, única representación que nos recuerda la tristeza de la muerte.

En la parte inferior del sepulcro, se puede encontrar esta inscripción, que refleja lo poco que se sabe de la vida y las circunstancias de la muerte de este joven:

Aquí yaze Martín Vasques de Arce
cauallero de la Orden de Sanctiago
que mataron los moros socorriendo
el muy ilustre señor duque del Infantadgo su señor
a cierta gente de Jahén a la Acequia
Gorda en la vega de Granada
cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arce su padre
y sepultólo en esta su capilla
año MCCCCLXXXVI. Este año se tomaron la ciudad de Lora
las villas de Illora, Moclin y Monte frío
por cercos en que padre e hijo se hallaron

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Javier Plaza de Agustín (Guadalajara, 1980) es Doctor en Historia por la UNED, especializado en el estudio de la Edad Media en Castilla. También es licenciado en Historia por la UNED y en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Alcalá. Fruto de su pasión por la historia y su cariño por su tierra surge esta página, en la que se irán publicando distintos artículos sobre la historia de Guadalajara y sus pueblos, siempre con un estilo sencillo, así como la máxima rigurosidad y respeto a la verdad, con el objetivo de acercar al lector el conocimiento de la historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

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