Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

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EL MAYOR EVENTO JAMÁS VIVIDO POR GUADALAJARA: LA BODA DE FELIPE II

Publicado por en en Historia de Guadalajara
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El desfile de las Fuerzas Armadas que hemos vivido recientemente en Guadalajara es, sin duda, uno de los acontecimientos más relevantes que ha organizado nuestra ciudad en las últimas décadas, pues la presencia del jefe del Estado, de las principales autoridades militares del país, de altos cargos del gobierno y la retransmisión por televisión dieron al acto una relevancia a la que nuestra modesta capital alcarreña está poco acostumbrada.

El desfile de aquella jornada y la presencia del rey Felipe VI me ha hecho recordar otro acontecimiento, lejano en el tiempo, pero que quizá pueda ser considerado como el evento social, diplomático y político más importante que haya tenido nunca lugar en la historia arriacense. Me refiero a la boda del soberano más poderoso del mundo, Felipe II, con la princesa francesa Isabel de Valois, que se celebró en el soberbio palacio del Infantado en 1560. Un evento que por su magnitud y su repercusión en toda Europa debió ser inolvidable para los guadalajareños que pudieron disfrutar de él, a tenor de las crónicas que han llegado hasta nuestros días.

Felipe II, dueño del imperio más extenso del mundo, lo tenía todo, salvo la felicidad. Había casado dos veces, y las dos enviudó muy pronto. Su único hijo, el infante Carlos de Austria, era débil, enfermizo, poco inteligente y de tendencias sádicas, por lo que no gozaba de la confianza de su padre, que necesitaba volver a casarse para tener un heredero digno de la Corona. La ocasión para volver a contraer matrimonio se dio gracias a la recientemente conseguida paz con Francia, país que había firmado con España el tratado de Cateau-Cambresis de 1559, por el que se reconocía la superioridad hispana en Italia. El rey de Francia, Enrique II, negoció con Felipe II ratificar el tratado mediante la boda de su hija Isabel con el soberano español, de manera que la paz fuera duradera. Los reyes, como todos sabemos, y salvo pocas excepciones, no solían casarse por amor, sino por política. En ese sentido, las princesas eran más bien piezas en el tablero diplomático que eran ofrecidas en matrimonio a cambio de alianzas. Ni siquiera el soberano más poderoso del mundo podía permitirse el lujo de buscar el amor, pues la amistad existente entre Francia y España en aquel momento debía ser confirmada mediante una alianza matrimonial.

La futura reina de España, Isabel de Valois, era apenas una niña de 14 años, que veía su vida unida a un hombre de 32 al que no conocía. La boda se celebró en París por poderes, pues Felipe II no pudo viajar, siendo representado por el duque de Alba. En los festejos posteriores en la capital francesa el padre de la novia decidió batirse en un torneo lúdico con el conde de Montgomery, con la mala suerte de que la lanza del conde le hirió gravemente en un ojo. A pesar de los esfuerzos de los médicos, el soberano francés murió a los pocos días.
Tras la boda, y a pesar de este trágico accidente, se debía organizar el encuentro entre los cónyuges, que seguían sin conocerse. Felipe II decidió honrar al IV duque del Infantado, don Íñigo, con la misión de recibir a la reina a su entrada en España, y llevarla hasta Guadalajara, donde debía preparar un evento digno de su importancia, al que estarían invitados todos los grandes del reino. El duque aceptó, a cambio de que se le nombrara padrino de la boda, y se le permitiera dirigir todos los preparativos a su gusto, sin que nadie de la Corte pudiera llevarle la contraria. Era, sin duda alguna, la ocasión del duque de mostrar toda la grandeza de los Mendoza, que ya comenzaba a declinar, aunque para ello tuviera que endeudarse más de lo aconsejable.

La reina Isabel, acompañada por su séquito, se dispuso a cruzar los Pirineos en dirección a Guadalajara, y el día 3 de enero de 1560 llegó a Roncesvalles en medio de una fuerte ventisca, donde se encontró con una comitiva liderada por el duque, que traía consigo a lo más selecto y granado de su familia y de los caballeros de Guadalajara. Tras un par de días en los que tuvieron que permanecer allí por el mal tiempo, la reina y su séquito marcharon hacia la Alcarria, parando frecuentemente para recibir los agasajos de los lugares por los que pasaban.
Mientras tanto, en Guadalajara el concejo se esforzaba por engalanar la ciudad, arreglar caminos y calles, y comprar vestimentas de lujo para que sus oficiales recibieran a los reyes de la manera más elegante posible. Se construyó un bosque artificial en el acceso a la ciudad desde el camino de Hita, compuesto de encinas traídas desde el monte Alcarria, donde se hizo una especie de pequeño zoológico con aves, conejos, liebres y venados. En el camino por el que vendría la reina se instalaron puestos de comida y bebida para servir a todo su séquito, y dentro de las murallas se colgaron pendones amarillos, rojos y marrones de muchos balcones y ventanas, y se construyeron tres arcos triunfales de materiales perecederos en el trayecto desde la actual plaza de Santo Domingo (antigua puerta del Mercado) hasta el Infantado, que era el que debía recorrer la reina para encontrarse con el monarca español, quien la esperaría en el magnífico palacio de los duques. Los gastos no se redujeron a eso, pues también se compraron diez toros para una corrida, y se vistió lujosamente a treinta y seis caballeros para que organizaran justas y juegos de armas con los que entretener a los invitados. Para poder costear todo esto, el concejo de la ciudad debió recurrir a varios préstamos, que endeudaron significativamente a los arriacenses para los años siguientes.

La comitiva llegó a Guadalajara el 28 de enero de 1560 después del mediodía tras haber pernoctado en Heras de Ayuso y almorzado en Taracena. Antes de atravesar las murallas, salieron a su encuentro todos los nobles y caballeros de la ciudad con sus mejores galas, acompañados de doscientos soldados, que les escoltarían hasta la entrada por la plaza del Mercado. Por allí entró la reina en medio de los vítores de la población, escoltada por el arzobispo de Burgos y el duque del Infantado, y seguida por la numerosa comitiva.

Al cruzar la reina la puerta del Mercado y entrar en la ciudad se sumó a su cortejo el concejo en pleno vestidos para la ocasión, así como la corte de sirvientes de los Mendoza, que la esperaba con un palio lujoso, bajo el cual transitó todo el itinerario. El cortejo comenzó a descender la calle Mayor hasta llegar a la desaparecida iglesia de San Andrés (calle Miguel Fluiters), donde el cabildo de clérigos de la ciudad ofició una misa antes de proceder a descender con ella el último tramo hasta el Infantado, donde a la joven francesa le esperaba un impaciente Felipe II, que solo conocía a su esposa por retratos. Se dice que el monarca la vio primero a través de unas cortinas, y quedó prendado por la belleza de la joven. Durante todo el recorrido no cesó de sonar la música dispuesta a tal efecto, y los vítores de los vecinos de la ciudad, que se volcaron con su nueva reina.

La pareja, no obstante, no pudo conocerse hasta el día de la ceremonia, el 2 de febrero, que se celebró en el salón de linajes del palacio, tristemente destruido durante la Guerra Civil. Allí, los cónyuges se vieron por primera vez frente a frente. Ante la mirada asombrada de ella, Felipe II le preguntó “¿Qué miráis? ¿Por ventura si tengo canas?”. Ella era una niña, y el ya un hombre maduro. El salón, a pesar de su gran tamaño, se quedó pequeño para la ocasión, y se decidió que solo pudieran acceder a él los varones, lo que provocó la ira de la duquesa, a la sazón anfitriona del palacio. Allí estaban los hombres más poderosos de la Castilla de la época, así como diversos representantes de la corte francesa. La ceremonia fue oficiada por el obispo de Burgos, y tras el acto se procedió a los festejos, donde las damas ya sí pudieron participar. Hubo abundante comida y baile, con el que españoles y franceses pudieron compartir tan importante evento.

Al día siguiente los monarcas se dirigieron a San Francisco a oír misa. Por el camino pasaron por la plaza Mayor, donde estaba ubicada la cárcel municipal, y ordenaron liberar a todos los reos como medida de gracia. Ese mismo día, frente al palacio del Infantado, se soltaron los diez toros que había comprado el concejo, y que fueron lidiados por nobles a caballo. Tras la corrida, se celebraron los juegos de cañas, que venían a ser pretendidos combates entre grupos de caballeros, que en vez de lanzas se lanzaban inofensivas cañas a modo de simulación. Toda Guadalajara asistió para disfrutar con estos eventos, que eran observados por los soberanos desde una ventana del palacio del Infantado. En el descanso entre los toros y los juegos de cañas el concejo de la ciudad obsequió a los cortesanos con abundante comida, que el rey agradeció personalmente. No contentos con esto, los regidores decidieron invitar a comer a todos los presentes en los festejos, independientemente de que fueran vecinos o forasteros, ricos o pobres.

Al día siguiente los reyes marcharon a Madrid, y luego a Toledo, donde estaban reunidas las Cortes del reino, dejando a una ciudad y a un duque del Infantado tan satisfechos como endeudados. Felipe II e Isabel de Valois vivieron felices juntos durante ocho años, en los cuales tuvieron dos hijas. Al tercer embarazo, y cuando apenas contaba con 23 años de edad, la reina comenzó a sufrir desmayos, vértigos, fiebre y entorpecimiento del brazo izquierdo. Poco a poco su salud fue empeorando, y el 3 de octubre de 1568 falleció después de sufrir un aborto espontáneo, dejando al poderoso monarca viudo por tercera vez. Isabel de Valois había sido su gran amor, y su pérdida le dejó destrozado.

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Javier Plaza de Agustín (Guadalajara, 1980) es licenciado en Historia por la UNED y en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Alcalá. Compagina su trabajo de economista con los estudios de doctorado por la UNED, siendo su campo de investigación la Edad Media en Guadalajara. Fruto de su pasión por la historia y su cariño por su tierra surge esta página, en la que se irán publicando distintos artículos sobre la historia de Guadalajara y sus pueblos, siempre con un estilo sencillo, así como la máxima rigurosidad y respeto a la verdad, con el objetivo de acercar al lector el conocimiento de la historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

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