Un zángano en el palmeral

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Jueces, jueces, jueces

Publicado por en en Un zángano en el palmeral

Dice el refranero: “La conciencia es, a la vez, testigo, fiscal y juez”. Tanto como que conviene tener en la razón, medida y respuesta a todo intento de engañarnos, sin olvidar, por cierto, la inflexibilidad con la que nos tratamos…

Sin embargo, dicen también las paremias populares: Justicia es agravio cuando no la aplica el sabio. Nada más y nada menos. Conforme con la definición que de justica podemos encontrar en el diccionario de la Real Academia, “Principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”, han de ser las personas que saben, que se han preparado durante un largo periodo de su vida, quienes pueden dirimir lo que cumpla ante un desacuerdo, discusión o disputa. Por eso necesitamos hombres sabios para ser jueces.

Así pues, existen personas cultas, bien instruidas, expertas en leyes a las que recurrimos para dirimir las constantes diferencias que entre ciudadanos se dan a tanta velocidad como laten los corazones. Unos acertarán a la hora de interpretar lo dispuesto por el legislador, otros, tal vez, carezcan de la misma pericia sin por ello faltar a sus obligaciones. Mas, se espera de los tribunales una meridiana observación de los principios jurídicos, sea el opulento o el menesteroso a esas instancias convocados.

Admitimos, entonces, que los jueces hablan con palabra de ley y que es esa su opinión a la hora de decantarse y dictar sentencia. Porque los jueces opinan, sí. Tienen en el ejercicio de su trabajo, opinión pública. Y deben tener, además, opinión los jueces, porque la tienen, opinión privada. Les gustan unas cosas y otras les disgustan, valoran menos esto que aquello, prefieren, descartan, reconocen, honran, consienten, desaprueban, olvidan, como cada hijo de vecino. Opinión privada, salvo en ocasiones, como cuando un juez deja de ser juez definitiva o temporalmente. Pueden en ese momento ampliar sus opiniones, y, de hecho, lo hacen. Opinan, por ejemplo, políticamente. Nada que deba extrañar. Manifestarse públicamente y declarar una inclinación partidista no ha de originar desconfianza, siempre y cuando, lleve aparejada la suspensión de las funciones de quien hubo de abordar asuntos como representante de uno de los tres poderes básicos en democracia. Y si la opinión se torna militancia e intervención en el juego político, también es algo protegido por la ley. No obstante, ¿qué pasa cuando los jueces que se fueron, porque pueden, deciden regresar a sus antiguas responsabilidades? ¿Cómo acreditar al tiempo imparcialidad sin mácula? ¿Cómo probar científicamente que ese pasado político militante no deja rastro en el día a día de un tribunal?... Por eso habría que tomar en consideración lo oportuno de la abstención y la renuncia de esos hombres sabios a intervenir en la vida pública si se puede colegir que comprometen el propio ejercicio de su conocido magisterio. Y tener por dudoso si, al abandonar el asiento desde el que son autoridad para intervenir en empeños relacionados con la lucha por el poder o la gestión de la vida común, como un hecho temporal, pues, al cabo, piensan en regresar a lo suyo, que esto pueda suceder automáticamente.

No es un debate nuevo y se seguirán tratando temas como este. Pero para eso está quien hace uso de la palabra hablada o escrita, para proponer. Y, como por proponer que no quede, regresando a lo que estima el refranero, dícese: “Buena es la justicia si no la doblara la malicia”

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