Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

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¿POR QUÉ MOLINA ES “DE ARAGÓN”?

Publicado por en en Historia de Guadalajara
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Los nombres que nuestros antepasados pusieron a los lugares en los que vivimos no son casuales. Siempre encierran algún tipo de significado, que a veces es evidente, otras se puede tratar de adivinar, y en la mayoría de los casos se ha perdido a través de la degeneración de la palabra original, surgida quizás de idiomas ya olvidados, anteriores a la llegada de Roma a nuestras tierras. En nuestra provincia tenemos muchos ejemplos en ese sentido, como el propio nombre de la capital alcarreña, que evoca un origen árabe, igual que la denominación de Chiloeches sugiere una posible repoblación vasca, o Sigüenza nos permite remontarnos a un pasado romano. Estudiar la etimología, no solo de poblaciones, sino también de accidentes geográficos, permite al historiador conocer un poco más de las comunidades humanas que poblaron y dieron nombre a esas tierras.

Entre las denominaciones ilustres de nuestra provincia destaca por su “error” geográfico el de Molina de Aragón, que suele causar no poca extrañeza entre los foráneos que visitan aquella comarca, y que nos obliga, a aquellos que solemos con insistencia recomendar su visita, a explicar que sí, que se llama Molina de Aragón, pero que, si bien históricamente ha sido un territorio de frontera, con las particularidades que eso implica, su pertenencia a Castilla es, y ha sido durante siglos, incontestable.

La historia del territorio molinés se remonta a la época de dominación árabe de la península. Debido a la singular situación fronteriza del lugar, Molina pudo constituir un pequeño reino o taifa, dependiente del de Toledo, cuya historia se confunde a veces con las leyendas, como sucede con la figura del rey molinés Abengalbón, amigo de Rodrigo Díaz de Vivar en el poema del Mío Cid. El final del control árabe de Molina llegó en 1128, cuando la ciudad fue conquistada por Alfonso el Batallador, rey de Aragón. Cuenta la leyenda que, tras la conquista, el rey castellano y el aragonés estuvieron a punto de entrar en guerra por el dominio de Molina, y que uno de los nobles más poderosos de la época, Manrique de Lara, se ofreció a mediar entre ellos quedándose con el señorío de manera independiente. El relato no deja de ser una invención destinada a justificar la autonomía molinesa en la Edad Media, y lo más probable es que la toma de Molina por parte de los aragoneses no llegara a traducirse en el control efectivo de la zona al no realizarse la repoblación de la misma con familias cristianas. Ésta sucedió gracias a la labor de la poderosa familia Lara, que tras controlar Medinaceli con permiso real, comenzó a expandirse hacia el sur. El monarca castellano, al ver que los Lara, que eran sus vasallos, aumentaban sus dominios controlando una tierra de nadie, les permitió ejercer la jurisdicción sobre el territorio, desde 1139 de manera informal, y ya en 1154 de manera oficial una vez redactado y concedido el fuero de Molina a la villa y sus pueblos cercanos. La comarca molinesa, desde un primer momento, se configura como un señorío de linaje, dependiente siempre en última instancia del rey castellano, al que rendía vasallaje el titular de Molina, pero con grandes dosis de autonomía en su funcionamiento interno. Desde aquel momento, Molina fue conocida con el apellido “de los Caballeros”, por las familias nobles que apoyaron a los Lara en el desarrollo del territorio.

Así las cosas, Molina permaneció en poder de los Lara de manera ininterrumpida hasta 1293, cuando la condesa María de Molina casó con el rey de Castilla Sancho IV, quedando el señorío molinés ya dentro de los títulos de la Corona castellana, como un territorio más de la extensa lista de los que formaban los dominios de Castilla, pero siempre con personalidad propia, pues el rey en Molina nunca ejerció allí como monarca, sino como señor, sujeto al fuero de 1154, al cual los soberanos debían prestar debido juramento, hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX.

En el siglo XIV ascendió al trono de Castilla Pedro I, apodado “el cruel” o “el justiciero” dependiendo de si se preguntaba a sus partidarios o detractores. Los enemigos de Pedro I se agruparon en torno a su medio hermano Enrique, quien reclamaba el trono para sí. Enrique sabía que para atraer a la nobleza debía ofrecerles grandes recompensas en el caso de que finalmente se alzara con el poder. La guerra fratricida que estalló entre ambos finalizó con el asesinato de Pedro en Montiel, y el comienzo de la hegemonía de la dinastía Trastámara en Castilla.

El nuevo monarca comenzó su reinado con muchas deudas que pagar a todos aquellos que le habían apoyado (lo que la historia denominó como “mercedes enriqueñas”). Entre ellos destaca la figura del capitán francés Bertrand Du Gesclin, quien recibió como recompensa por su apoyo a Enrique nada menos que el Señorío de Molina, que debía ostentar con el título de duque.
Du Gesglín era un mercenario bretón conocido por su carácter violento, cuya fama en el combate le había procurado la lealtad de soldados bretones e ingleses, conocidos como las Compañías Blancas, que luchaban únicamente por dinero. Participó en la guerra entre Francia y Navarra, y una vez concluida ésta, se convirtió en un problema para el rey francés, toda vez que sus hombres, desocupados, comenzaron a dedicarse al saqueo en el reino vecino. Para solucionar este problema, el monarca galo envió a Du Gesclín a intervenir en la guerra civil castellana entre Enrique II y Pedro I. El mercenario se mantuvo en todo momento del lado de Enrique II, llegando a ser un actor decisivo en la muerte de Pedro I, pues cuando éste estaba sitiado en el castillo de Montiel, Du Gesclín le prometió en secreto que le facilitaría la huida, siendo tal promesa parte de un engaño para llevar a Pedro a la tienda de Enrique. Allí ambos se enzarzaron en un combate personal, y cuando Pedro tenía a su hermano a su merced, Du Gesclín intervino tirándole al suelo y pronunciando la famosa frase de “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”, perpetrando así el regicidio.
Los molineses, al enterarse de la noticia, mostraron su preocupación, pues no querían tener como señor a un mercenario extranjero del que nada sabían, salvo su violencia e historial de saqueos, así como su decisiva intervención en la muerte a traición del rey legítimo de Castilla. Así las cosas, deciden en 1369 ponerse bajo la protección del rey Pedro IV de Aragón, única persona con poder suficiente como para garantizarles su autonomía. Estos hechos son relatados por el cronista Zurita en sus Anales de Aragón: “Con la nueva de la muerte del rey don Pedro los del concejo de Molina embiaron al rey que fue entonces a Valencia, a suplicarle los recibiesse por sus vasallos, y sus procuradores le hizieron pleyto homenage como a su rey y señor y de serle leales; y el rey les offrecio de incorporar aquella villa, que era de mucha importancia, en su corona real, y concedioles que fuessen francos en todos sus reynos y señorios, como lo eran los vezinos de la ciudad de Daroca”. Lo cierto es que Enrique II, al donar Molina al francés, estaba regalando algo que no le pertenecía, pues durante la guerra civil, y en vista de su débil posición estratégica, Enrique II había llegado a prometer al monarca de Aragón, no solo Molina, sino también otros lugares como Soria, Cuenca o Medinaceli, a cambio de que no interviniera en la guerra con su medio hermano.

Pedro IV de Aragón, tras aceptar el vasallaje de los molineses, ofreció al francés diversas compensaciones para que se olvidara de su asunto, pero éste se negó, y siguió reclamando la ciudad del Gallo y su tierra sin éxito alguno. Mientras, el rey de Aragón, sabedor de la dificultad de retener este territorio contra la voluntad de su poderoso vecino, decidió usarlo como baza de negociación en el acuerdo de 1375, en la que ambos reinos sellaron su reconciliación, y Molina volvió íntegramente al dominio de la Corona castellana, con sus privilegios intactos. De aquellos años queda como testigo la denominación de la torre más alta de su castillo, así como el apellido “de Aragón”, que aún permanece de manera oficial tras su nombre.

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Javier Plaza de Agustín (Guadalajara, 1980) es licenciado en Historia por la UNED y en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Alcalá. Compagina su trabajo de economista con los estudios de doctorado por la UNED, siendo su campo de investigación la Edad Media en Guadalajara. Fruto de su pasión por la historia y su cariño por su tierra surge esta página, en la que se irán publicando distintos artículos sobre la historia de Guadalajara y sus pueblos, siempre con un estilo sencillo, así como la máxima rigurosidad y respeto a la verdad, con el objetivo de acercar al lector el conocimiento de la historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

Comentarios

  • Invitado
    pilitas lopen Domingo, 30 Julio 2017

    Me ha encantado el articulo..si bien Molina de Aragón ,es de Aragón mas que manchega...cuando decidieron repartir las comunidades autónomas no supieron que hacer con Guadalajara, en vez de dejarla com Madrid la pusieron con la mancha...donde ni por raices,historia etc tiene nada que ver con Ciudad Real o Albacete...Para muestra ese cartel que han colocado en la A2 despues de Meco dirección Guadalajara ..es de chiste...llegamos a la tierra del Quijote ..por favor :( asi umado este desproposito , a las comunicaciones tan pauperrimas que la provincia de Guadalajara tiene ...y por no hablar de esa autovia prometida cuando el ncendo de Saelices..:( no vamos a extrañarnos que los de Molina se sientan de Aragón...son de alli los que acuden en su mayoria al mercadillo que les abastece de fruta y verdura cada jueves...hasta el acento molinés es baturro ..hasta Zaragoza y Teruel se van los escasos pobladores de esda zona a hacer sus compras mas exquisitas y muchos a buscar trabajo ...yo soy consciente de ello alli les conocen mas..en Guadalajara solo miran al corredor del Henares y desde Alcolea del Pinar poco les importa

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Invitado
Invitado Domingo, 22 Octubre 2017

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