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Zoociedad

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Buscaba un título y me he inventado una palabra: zoociedad. Al principio suena mal, pero si relajas su pronunciación tiene un aire andaluz que me suena bien. Y, sobre todo, me sirve para referirme a lo que pretendo con este escrito: una reflexión sobre cómo ha evolucionado a lo largo de la historia la relación entre humanos y animales, o sea, la zoociedad.


Al principio de los tiempos la relación entre humanos (homínidos) y animales era de total competencia. Nuestros ancestros se afanaban cada día en disputar sus alimentos (frutos, raíces…) a otros competidores y en evitar servir de alimento a sus depredadores.

La evolución, el desarrollo de su inteligencia y el cambio en su alimentación dieron algunas ventajas a nuestros antepasados que, con el tiempo, fueron convirtiéndose en depredadores capaces ya de competir con sus más peligrosos enemigos. Así, se hicieron cazadores y pescadores comenzando una nueva relación con el mundo animal: la alimentaria.

Con la llegada del Neolítico se hacen ganaderos. La zoociedad avanza hacia la domesticación. Los animales empiezan a convivir con las personas, pero con un fin totalmente gastronómico: crían y cuidan a los animales para obtener de ellos alimentos.

También comienza la utilización de animales como ayuda en el trabajo, en los desplazamientos, en las guerras: caballos, camellos, bueyes, perros, elefantes… colaboran con sus amos a cambio de su alimentación en lo que podría llamarse una relación “laboral”.

Va pasando el tiempo y la utilización de los animales ocupa nuevos ámbitos, como la diversión. Las peleas entre animales o de éstos contra los humanos hacen las delicias de romanos y sucesores.

Es muy curioso que según va avanzando la civilización y cambiando con ello la relación entre humanos y animales, no se van abandonando las relaciones anteriores, sino que se suman. A esas alturas de la Historia, los romanos no sólo utilizan a los animales para la diversión sino también para ayuda en el trabajo, como alimento, o como competidores. Incluso hasta nuestros días han llegado todas y cada una de estas relaciones.

Y se han ido añadiendo otras. Al descubrirse nuevos continentes y con ellos nuevas especies, aparece la necesidad de su estudio y exhibición. Aparecen los zoológicos, la taxidermia y las colecciones de bichos, para que niños y adultos disfruten de la variedad animal que ofrece la naturaleza: fieras disecadas o sus pieles, colecciones de insectos… tanto en casa como en establecimientos especializados llegan a ser un símbolo de modernidad.

Con el refinamiento de los siglos siguientes, la necesidad de poseer animalitos vivos llega al hogar y se pone de moda la jaula con el pajarito, los acuarios con peces de colores o la caseta del perro en el jardín.

Las relaciones se van estrechando hasta el punto de que ambas especies, humanos y animales, se acostumbran a vivir juntos y de ese roce nace el cariño. Cada vez más gente empieza a referirse al perro como “el mejor amigo”, al mismo tiempo que se aumentan los cuidados a los animales domésticos (que también se van haciendo más variados).

Y llegamos así hasta nuestros días, en los que la zoociedad se ha hecho mucho más compleja, como la sociedad misma. Así competimos con unos animales (lobos, ratas, palomas…); otros nos sirven de alimento a los carnívoros; algunos ayudan en muchos trabajos (invidentes, policías, laboratorios…) o nos sirven de entretenimiento (toros, circo, carreras…) y otros muchos conviven con nosotros.

Esta convivencia ha dado un salto cualitativo con la aparición de la mascota. Una nueva relación “zoocial” que supone pasar de la amistad a formar parte de la familia.

Una mascota es un miembro más de la familia. Y, a veces, uno de los más importantes. La mascota vive en casa, come como todos, se baña, se pasea, se cuida su salud y estética… se visten, se les hacen regalos y se les acaricia y besa como a tiernos bebés. Se ha humanizado. Hasta el punto de que en los países más avanzados se legisla para el bienestar animal y sus derechos. Y provoca serios enfrentamientos entre humanos por el trato que unos y otros dan a los animales. Para muchos sigue siendo un signo de modernidad.

Lo que antes eran peluches, pasaron a ser tamagochis y después seres vivos que se les regalan como juguetes a los niños para que después tengan que cuidarlos los padres.

No sé hasta dónde llegará la zoociedad.

Pero si analizamos esta relación histórica, veremos que siempre se ha caracterizado por la explotación de los animales por parte de los humanos. Y por una tendencia, más o menos refinada de sacarlos de su medio natural.

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