Un zángano en el palmeral

10 VECES GUADALAJARA

La última vez que comparecí al servicio de ustedes en Guadaqué, estaba redactando una carta a los Reyes Magos. Di pública noticia en este medio que acoge mis comunicados y me tolera como, durante muchos años, me soportó Guadalajara. Que es un verbo. ¿Por qué? Porque vive en marcha y su conjugación, en lo que a este servidor respecta, es un arte que no sé decir en un pretérito completo: sea perfecto, pluscuamperfecto, imperfecto o indefinido. Debo aprender más historia…

Pero las cosas son como son. Incluso cuando desde este cajón al que me subo para hacerme oír ofrezco palabras que en apariencia abundan en la ausencia de Guadalajara, seguramente todo es aplicable, aunque obligue la máxima: todos pertenecemos a la comunidad de no sé cuantos miles de millones de personas en el planeta Tierra. Esfera azul. No tan refulgente. No tan estupenda. En el porcentaje que corresponda, gracias a nosotros, los sapiens. Sin embargo, Guadalajara. Ya he escrito cuatro veces el nombre de la capital y de la provincia: una, en el título de esta pieza. Este nombre propio castellano que es el de un organismo vivo que tiene sus problemas, sus dolencias y sus alegrías. Soy consciente de estos detalles, como ustedes, y no perseguiré, ahora, la enumeración de unos o de otros. Para eso están los periodistas, capaces de tomarle el pulso a la actualidad de Guadalajara y, si no facilitar diagnósticos, recomendar tratamientos o proponer terapias. Luego quien esté en condiciones de escuchar que escuche y quien pueda disponer, si lo cree conveniente, que disponga. Es lo que ocurre en todos los sitios. Y si existe alguno en el que las cosas no son así, lo admitiré de buen grado y concederé que soy un ignorante. No halla bulla por eso. Muchos son los que saben de esta ciudad; mucho más que yo. Por eso mismo, desde esta atalaya que me proporcionan los altos ejemplares de “palmera levantina”, como cantara Serrat entonando los versos preciosos de Miguel Hernández, veo Guadalajara, recorro sus calles- las que conozco- y respiro sus aires. Mucho más fríos y secos que estos otros a los que, a pesar de los años, empiezo a acostumbrarme. Una contradicción. Guadalajara también las tiene. Como toda capital pequeña viste a diario el corsé de las sociedades pequeñas, siempre atentas a la salida y a la entrada del vecino- o de la vecina- para tomar nota de la hora, la compañía, el destino, las pertenencias, los conflictos… Pura humanidad. Como es registro de nuestra especie, en las grandes ciudades, desentenderse del prójimo así resulte posible, cosa que en Guadalajara no se aprecia con tan singular crudeza. Es un equilibrio desequilibrado. Una alternancia difícil de digerir. Lo que es deseable en ocasiones sin número, naufraga por el imperio de la imposibilidad de ser en similares proporciones. Pareciera que estamos construyéndonos y dinamitándonos un poco cada día. Empezando y finalizando la edificación que, después, decidimos que no vale. Vea cada cual si esto no es común. Comprueben solteros y casados si los emparejamientos que acabo de detallar son irreconocibles tras las puertas de los domicilios privados, en el interior de las enrarecidas oficinas, en la obra o en la plaza y en las calles. Por tanto, Guadalajara está en Guadalajara. Una obviedad: si se me dice no lo niego. Tan cierta, sin embargo, como para indicar virtud. Calidad de ciudad única. Cada uno sabe por qué. Y no voy a consentir que se diga que derribo los puentes con la crítica, con la denuncia, porque esto parezca una carta de amor. Entre otras cosas porque no lo es. Se trata nada más de constatar lo evidente ahora que lo evidente se nos pasa por alto… o por bajo. Depende.

La Federación Taurina Provincial de Guadalajara y ...
LEYENDAS DE GUADALAJARA: LA ALAMINILLA