El blog de la señora Horton

Alabanza del crimen

Hay un género literario –la literatura policiaca– sobre el que pesan dos baldones realmente injustos. No solo el considerarlo como género menor sino  considerarlo una mera copia de la realidad, de una realidad marginal y sórdida que ocupa páginas traseras en los periódicos.


La vida y una pequeña atención al libro o la película que nos traemos entre manos -si es que son policiacos- desmienten las dos ideas: en cuanto a la primera, si el escritor o cineasta son buenos, nos damos cuenta de que se trata de un género muy sofisticado al que son adeptos espectadores y lectores inteligentes y muchos escritores prestigiosos. Fue Sábato, gran aficionado, el que dijo que entre el género policiaco y el resto había la diferencia de que estos últimos siempre se refieren al reino de la contingencia, mientras que el policiaco se refiere al mundo de la razón, de la necesidad. Y es muy cierto: el detective organiza a partir de pistas incoherentes un horizonte matemático que se asemeja mucho al que buscaban los más serios filósofos antiguos. Véase Leibniz.

Por otra parte los detectives más famosos, como el gordo asombroso Nero Wolfe, cultivador de orquídeas, o el elegante Vance o el cosmopolita Poirot, o el mágico padre Brown, o Holmes que se hacía "rayas" sobre un Stradivarius, son señores superdotados e interesantes  y, si persiguen el crimen, no es por amor al Código Penal, sino porque la muerte es el último desafío de la vida y su secreto es el máximo enigma. Y aún más: quieren saber qué paso en ese acontecimiento luctuoso esencial a fin de instaurar el orden lógico de la vida ya que el desconocimiento de las cosas provoca agujeros en la realidad por donde desaparece la sustancia del mundo. La inteligencia siempre quiere saber qué pasa, por qué pasó y para qué se hizo. Y esa sabiduría restaña, por así decirlo, el orden sagrado de la existencia que se rompió con la aparición del misterio.

Y en cuanto al segundo sambenito, nada más falso: en la literatura policiaca hay charada, lógica matemática y fantasía mientras que en las páginas de sucesos solo hay sangre. La sangre abunda en cosas tan reales como el telediario de las tres.

Toda esta alabanza viene a cuento de que he estado viendo apasionadamente este verano una de esas cumbres de la inteligencia en forma de serie televisiva.  Sus guionistas deben ser unos tipos sorprendentes que manejan la emoción, el peligro y el análisis psicológico de los personajes como si fueran magos. No solo las incidencias de la historia son im–presionantes  (dicho en las dos  famosas palabras) sino que los personajes de la narración van virando de forma de ser y personalidad según la historia avanza, dejando constancia en sus cinco temporadas (que me he tragado prácticamente de golpe) de cómo somos los humanos y en qué nos convertimos según actuamos en y sobre nuestras vidas. Esa sensación de seres moldeables queda tan lúcidamente descrita que a veces me quedo con la boca abierta tras alguno de sus estupendos episodios. Pues nadie acaba siendo quien era cuando empezó a ser, ni en la vida real ni en la de ficción, si esta es sagaz y acertada.

O sea, a la verdad por la ficción. Un asesinato dispuesto como un laberinto o jeroglífico sobre el papel o el celuloide es un reto a la inteligencia. Un asesinato con carne y sangre es una invitación al sufrimiento, pues el crimen en la realidad sí que es un género menor que se suele denunciar por su simpleza ruda, que solo conduce a la desazón y a la infelicidad.
El crimen en la fantasía es un ejercicio de la razón que conduce al conocimiento y, por él, a la sabiduría.
Señora Horton

Aprovechar para esclavizar
Errores históricos