Un zángano en el palmeral

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ALLEGRO

 

Me rondaba la idea de escribir algo acerca del otoño- el que aligera los rigores del verano y los suspende después- e inmediatamente tuve una pregunta a la que dar respuesta: “¿Decir otoño es tanto como pormenorizar, dar detalle de todos los lugares conocidos que aluden a la estación? Porque acabo de ver el enésimo vídeo con música de Vivaldi- Concierto número 3 Allegro- mientras se ofrecen imágenes de parajes en los que predominan los efectos de este periodo del año, y no hago sino evitar artículos en prensa y en internet con referencias a la melancolía. Igual ya se ha dicho todo lo que cabía acerca de este mes y de la ruptura del estío y empezamos a repetirnos…

Por lo tanto, podría ser que cayera en lo mismo de lo que advierto, aunque no es ese mi deseo. Primero porque nunca siento melancolía. Tampoco en otoño. Si contabilizo días alegres o medio despojados de todo brillo, lo haré como en cualquier otro tiempo. De hecho, tengo un recuerdo de mi época infantil- llovía en la plaza de Santo Domingo, pisaba los charcos mientras iba de la mano de mi madre, era noche cerrada, no rememoro frío y podría ser que fuera octubre o noviembre- una escena que me resulta de lo más estimulante. No más que otras, pero sí, positiva, nada decadente. Tampoco, al retroceder en el tiempo noto especial necesidad de frecuentar esos pasajes so pena de ansiedad y desamparo. ¿Seré una persona excepcional, rara? No lo creo. Puede, eso sí, que las estadísticas jueguen en mi contra. Las estadísticas siempre apuntan algo que supone el menoscabo de terceros. No diré que lo más común es mantener una postura como la mía, pero cabría sostener la particularidad de que muchos se inclinen por experimentar lo que declaran quienes se sienten afectos por este asunto del devenir tristón en aras de no dejar de pertenecer al grupo de los que enarbolan la bandera de lo sobresaliente. Dejarse persuadir por el gran pelotón es bastante habitual. Hay personas que observan conductas de las que pueden dar fe, convencidos de que es imposible sentir otra cosa distinta a la que perciben sus semejantes más cercanos… Sea como fuere, no tengo empacho en dejar aquí por escrito que me gusta abrigarme a la hora de dormir, la caída de la hoja, los colores del campo- bendito oro viejo y encarnado y amarillo- y todo ello no me produce otra cosa que no sea el mismo equilibrio que pretendo para las demás jornadas. Si me apuran, por preferido, lo disfruto hasta el punto de quererlo para las 365. De modo que no me apuren y habrá para todos. Habrá invierno, primavera y verano. No lo duden. O dúdenlo si creen que el cambio climático ya lo arruinó todo. Y si la duda les atrapa: ¡venga cava!

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