Pie a tierra

Antes morir que pactar

Se veía venir y ha venido. Los ciudadanos han diseñado con su voto un nuevo mapa político: los partidos mayoritarios pierden espacio, que es ocupado por partidos de nuevo corte. Se ha roto el bipartidismo que ha controlado la política española desde la transición y se abre un nuevo periodo que va a estar marcado obligatoriamente por el diálogo, el acuerdo y los pactos. Aunque estaba cantado, a muchos de nuestros viejos políticos les ha descolocado. Quizá su prepotencia, quizá su lejanía a los ciudadanos les hacían pensar que mantendrían gran parte de su poder y la nueva situación les incomoda.

 Acostumbrados a tener todo el poder, a no contar con nadie en su toma de decisiones, acostumbrados al rodillo, arremeten contra el nuevo mapa político, desprecian la negociación y defienden que debe gobernar la lista más votada, dando a entender que es lo más democrático (o lo único). Como si el diálogo y el acuerdo no tuviese nada que ver con la política.

Y desprecian también a las “minorías” (¡Qué cosas les dicen!). Es curioso que en una democracia que ha basado muchos de sus gobiernos en el apoyo de las minorías (las nacionalistas especialmente) sienta y haya sentido tanto desprecio por ellas. Solo se han acordado de ellas cuando las han necesitado, ignorándolas cuando no les eran necesarias. La ley electoral ya castiga bastante a las minorías, les pone difícil llegar y, si lo consiguen, son considerados como simples objetos manipulables según el interés de los grandes. Izquierda Unida sabe mucho de eso.

Tras cuarenta años de dictadura y casi otros cuarenta de democracia autoritaria, parece que entramos en una nueva época de democracia participativa. Ojalá.

Sí, ojalá; porque no veo que se esté produciendo un verdadero cambio de mentalidad ante los necesarios pactos. No percibo una cultura del diálogo y del acuerdo, sino más bien una incapacidad de ceder y acercarse a las posturas de los demás. Los demás solo interesan si actúan en mi beneficio, si no, que se callen y desaparezcan.

Se está viendo en Andalucía, donde el PSOE presentó por sorpresa el “divorcio” a su socio de gobierno y anticipó sin contar con nadie las elecciones para aprovechar el bajón de unos y pillar desprevenidos a los otros. Consiguió lo que buscaba: ganar las elecciones. Y se puso a la altura del PP: ahora nadie quiere pactar con ellos y ellos solos no pueden gobernar; ahora hablan de diálogo, acuerdos… pero solo cuando interesa…

Más que el deseado cambio de cultura, percibo una especie de “postureo”, de posicionamientos tímidos provocados más por las ganas de poder que por convicción. Durante la campaña electoral nadie ha querido mostrar sus cartas y han echado mano de numerosas evasivas cuando se les preguntaba por los posibles pactos o buscaban frases ingeniosas para eludir unas respuestas que podrían restarles votos o hipotecar su futuro. Casi todos rechazaban de entrada las coaliciones. Algunos, en un alarde de demagogia, decían que ellos gobernarían “en coalición con los ciudadanos”; qué idea de coalición tendrán, más aún cuando algunos de los que así hablaban les sale urticaria cada vez que oyen “participación ciudadana”, incluso legislan para “amordazar” a los ciudadanos, esos con los que quieren coaligarse para gobernar. ¡Qué país!

Una vez conocidos los resultados vuelve a ponerse de manifiesto esa falsa cultura negociadora. Así, unos y otros, comienzan a decir que “lo importante es el qué, no el quién”; que “vamos a negociar en beneficio de los ciudadanos, no para ver quién ocupa las sillas”… en vez de abrirse a las propuestas ajenas, se afanan por marcar “líneas rojas”, en un intento de contentar por un lado a sus afiliados más críticos y por otro dar imagen de fortaleza hacia el exterior. Como en el fondo no confían en el diálogo, la participación, el consenso… comienzan poniendo límites, con una precaución no exenta de cobardía para salir de esta airosamente, pero sin comprometer su futuro en próximas citas electorales; nadar y guardar la ropa.

Además, los compromisos son los mínimos, no vaya a ser que metamos la pata. Anuncian pactos de investidura, para aupar a los cargos a una u otra fuerza. Nada de pactos de legislatura, ni programas conjuntos, ni mucho menos pactos de gobierno, aceptando cargos de responsabilidad. Nada de pactos a largo plazo que consigan la estabilidad que este país necesita. Acuerdos, pero de baja intensidad.

Los optimistas dirán que algo es algo; pero yo creo que hace falta más compromiso, más sinceridad, más valentía, mojarse más si de verdad queremos que cambie la política en este país. Simplemente que se crean lo que dicen y gobiernen pensando en los ciudadanos y en lo que éstos les han dicho con su voto.

Y los que aborrecen los pactos, que no pacten; que se queden solos.

Porque yo lo valgo
Caprichos