El blog de la señora Horton

Arrecifes de coral

Bajo este título, cálido y marino, se precisa un esfuerzo para escribir sobre el nacionalismo catalán. Arrecifes de coral llamó un filósofo a la cultura, bonita manera de hacer ver que la cultura es exosomática, igual que el coral. La cultura es el paisaje que se divisa por encima del lenguaje, esa skyline que nos hominiza, que nos abre los grilletes, como dijo Novalis. La cultura, para entendernos, "consiste tanto en artefactos como en mentefactos".

Todo lo que somos y lo que es, está en el lenguaje. Todo: ideas , valores y emociones. Y nunca hay dos lenguajes idénticos como nunca hay dos pueblos iguales. Hablar es expresar y comunicar y también entender y ubicarse en una sociedad; el lenguaje constituye el mundo real para el individuo, pues toda la objetividad está montada sobre una lengua.

Una vez sabido esta verdad de perogrullo hay que saber que aprender otra lengua significa que se ha decidido una de estas dos cosas: o integrarse en ella o instrumentalizarla, (es decir usarla para fines de prosperidad porque es la lengua del poder).

La Generalidad explicó desde el principio sus intenciones, pero hizo truco diciendo a los hablantes del español que vivían dentro de las que ella considera sus fronteras, que la normalización lingüística consistía en una gran ventaja para ellos ya que así acababan conociendo dos idiomas. Sabían muy bien que cuando se obliga a una persona a expresarse en una lengua que no es la suya, se le está pidiendo que acepte de buen grado un lavado de cerebro con efectos hacia adelante y hacia atrás. Un idioma, especialmente el inoculado a un niño, cambia el punto de vista y convierte a ese hablante que llegaba de un patria, en un apátrida primero y en un exiliado después. El hablante terminal no es consciente de ello, pues el cambio de códigos se hace de forma no traumática, subliminal, pero el resultado de esa normalización lingüística no es un hablante bilingüe, sino un hablante instalado en una realidad que no era la suya ni respondía a sus intereses propios. Es la de un hablante colonizado.

¿Por qué? porque los bilingües saben que poseen dos idiomas: el del poder y el que los lingüistas llaman "de la solidaridad". El del poder es un instrumento, y el de la solidaridad incluye ingredientes como etnia, espontaneidad, familiaridad, etc. ¿Cuál sería para un andaluz que vive en Cataluña el idioma del poder? ¿El catalán quizá? Evidentemente no, ya que el idioma del poder es el impuesto por el éxito, o en una batalla o en un negocio. Entonces ¿el catalán es para un andaluz residente en Cataluña el idioma de la solidaridad? De ninguna manera; el idioma de la solidaridad para un andaluz (extremeño, castellano o donde quiera que haya nacido) es el español. Aquí está el truco. El idioma del poder es para cualquier hablante del mundo (y la Generalidad lo sabe) el inglés -quizá pronto sea el chino- y el de la solidaridad es para cualquier español, el español.

¿Qué coño pasa entonces? Los nacionalistas catalanes, envalentonados en este momento histórico de baja moral y penuria nacional, no solo exigen  dinero sino que imponen la lengua. Ninguna de estas cosas se las debemos consentir.  Paso de hablar del dinero y vuelvo a lo que hoy me importa, el lenguaje: un idioma no es un inventario de palabras, es una organización simbólica, creadora y concreta. Es la guía de la realidad social y condiciona todo el pensamiento. Así que el idioma materno, el de la solidaridad, es intocable.

Y yendo al grano: hay que escapar de esos cepos que son las etnias y los Rh. Hay que subir a beber a la alta fuente de la actitud crítica, que es lo único que se sobrepone a las tradiciones. Hay que acudir a la actitud crítica incluso con las cosas más queridas. La actitud crítica es salud, es honestidad y es esa cosa práctica y necesaria para conducirse por la vida, ya que se trata de un silencioso texto complementario inseparable de la verdad.

Del Maratón de los Cuentos y Blanca Calvo
Nuestro primer premio