Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

ARRIACA: ¿LA ANTIGUA GUADALAJARA?

El origen de muchas ciudades españolas se remonta a los tiempos anteriores a la llegada de Roma a la península ibérica. Algunas fueron fundadas por los fenicios, como la antigua Gades (hoy Cádiz), o por los cartagineses, como Cartago Nova (Cartagena), mientras que en otros lugares podemos hablar de fundaciones celtíberas, como Segontia (Sigüenza) o Pallantia (Palencia), por poner varios ejemplos. Los historiadores clásicos, sobre todo aquellos que escribieron antes de mediados del siglo XX, nos han dejado muchas obras en las que rastreaban, a través de documentos, mitos y leyendas, el origen de sus respectivos municipios de nacimiento. Este tipo de estudios solían tener muy buena acogida entre el público local, orgulloso de conocer el pasado noble y remoto del lugar en el que habían nacido. Así, encontramos historiadores que nos hablan de orígenes basados en personajes casi legendarios, actos heroicos o en batallas lejanas, y cuando estos inicios gloriosos no se encontraban, algunos autores no tuvieron problema en inventárselos, sabedores de que iban a contar con el beneplácito de sus agradecidos lectores. En el caso de Guadalajara no podíamos ser menos, y ya que el origen musulmán de la ciudad nunca fue del agrado de nuestros historiadores tradicionales, hubo que buscar otro pasado más añejo que nos diera mayor empaque.

Hasta donde sabemos, el emplazamiento de Guadalajara se debe a la decisión de los emires cordobeses, tras la conquista del territorio en el siglo VIII, de fortificar el valle del Henares para protegerse de los ataques de los reinos cristianos del norte. La loma donde se asienta el casco antiguo de la ciudad, bien protegida por dos barrancos, comenzó a urbanizarse en torno a una torre de vigilancia o pequeña fortaleza, que con el tiempo se fue transformando en alcazaba, construyéndose a la vez una muralla que daría cobijo a una población cada vez más numerosa. Parece que los musulmanes levantaron la ciudad desde cero, pues no tenemos constancia de que existiera ningún poblado anterior que pudiera haber sido usado para tal fin. Sin embargo, nuestros historiadores encontraron una escueta referencia en un documento de época romana, que nos habla de la existencia en la zona de un pequeño lugar, de origen celtíbero, y de final desconocido, llamado Arriaca. Ahí es donde se buscó el origen de la capital alcarreña.

Poco sabemos de esta “primera” Guadalajara, a la que debemos el gentilicio de “arriacenses”. La única prueba documental la encontramos en el llamado Itinerario de Antonino, de los siglos II-III d.C, que describe la calzada romana entre Mérida y Zaragoza, dos de las ciudades más importantes del Imperio en la península. El itinerario, una especie de guía de viaje, enumera los lugares más importantes por los que pasaban las vías de comunicación principales de la época, y nos dice que entre Complutum (Alcalá de Henares) y la “mansión” de Arriaca había 22 millas siguiendo el curso del Henares. Para los romanos, una mansión era un pequeño poblado con hospedería y servicios básicos para los viajeros (baños, herrería, establos, etc), contando a veces con un reducido destacamento militar. Así, Arriaca sería un equivalente romano a una gran estación de servicio, que podría haber evolucionado hasta transformarse en una pequeña ciudad, y que según los historiadores más optimistas, habría sobrevivido a la caída de Roma, la llegada de los visigodos, y finalmente la invasión musulmana.

¿Qué relación hay entre la Arriaca prerromana y la Wadi-l-Hiyara árabe, más allá de la pura cercanía geográfica? La identificación entre ambos se la debemos a Francisco de Medina y Mendoza, el historiador más antiguo de la ciudad, quien en el siglo XVI elaboró el primer libro de historia local. Esta obra, que no llegó a ser impresa, y que no ha sobrevivido hasta nuestros días, ha quedado sin embargo plasmada en los trabajos de otros historiadores, ya en el siglo XVII, que se basaron (por no decir que copiaron) en el trabajo de Medina, lo que nos ha permitido rescatar muchas de sus conclusiones. En lo que respecta al origen de la ciudad, Medina sostenía haber visto inscripciones latinas en las obras de reparación del puente del Henares, lo que significaba, en primer lugar, que este edificio tendría origen romano y, en segundo lugar, que se construyó en ese emplazamiento precisamente por la presencia allí de una ciudad relevante, que no podía ser otra sino la mítica Arriaca del Itinerario de Antonino.

La identificación del documento romano con un edificio todavía en pie como el puente fue suficiente para establecer el binomio Arriaca-Guadalajara que se ha mantenido presente hasta la actualidad. A esto se han sumado las opiniones de grandes historiadores, que han alimentado esta idea al establecer relación entre el significado de Arriaca y el de la Wadi-l-Hiyara árabe. Nombres de prestigio como Menéndez Pidal o Criado del Val, sostienen que el nombre del lugar indica un origen anterior a la conquista romana, y proviene del término “arria”, que en íbero se traduciría por “piedra”. Este significado sería transmitido a los musulmanes cuando tomaron control de la zona, pues al río Henares, y posteriormente a la ciudad de Guadalajara le darían la denominación de “río de piedras”.

La realidad, sin embargo, es que no se han encontrado en el puente los vestigios romanos que Medina dijo haber visto. Tampoco hay restos de esa época en el emplazamiento actual de la ciudad, cuyo origen arqueológico ha demostrado ser, como se esperaba, de la época musulmana. Además, haciendo caso de la única fuente razonablemente fiable con la que contamos, que es el Itinerario de Antonino, las 22 millas entre Complutum y Arriaca situarían la mansión arriácense, no en Guadalajara, sino en el triángulo que forman Fontanar, Marchamalo y Usanos. Demasiado lejos como para considerar que ambas son lo mismo. Es más, los únicos restos romanos que se han encontrado en las cercanías de Guadalajara corresponden al término de Marchamalo, concretamente los parajes conocidos como El Tesoro y Marchamalillo. En ellos, los arqueólogos han hallado restos de edificaciones, así como lápidas funerarias y varios objetos de la vida cotidiana de la época: cerámicas, monedas o agujas para tejer, que podrían darnos la pista de dónde estuvo realmente la mansión romana de Arriaca.

¿Significa esto que la asociación entre Arriaca y Guadalajara es incorrecta? Nuevamente tenemos que especular un poco dada la falta de información documental y arqueológica, pero si bien queda claro que Guadalajara no se construyó sobre ningún resto celtíbero, sí que existe la posibilidad de que, a la llegada de los musulmanes, la pequeña Arriaca fuera desmantelada, y que sus pobladores fueran trasladados a la loma sobre el Henares donde se edificó la Guadalajara musulmana. Esta teoría es coherente con lo visto en otros lugares en esta misma época, como Alcalá de Henares, donde la población que estaba cerca del río, dedicada a la agricultura, pasó a vivir en una zona alta, de fácil defensa, en un momento en el que la necesidad de seguridad estaba a la orden del día. Si esto fuera así, sí que podríamos hablar de que Guadalajara es, en cierto modo, heredera de Arriaca, a pesar de que ambas no son lo mismo. La arqueología, en cualquier caso, tiene la última palabra.

Con pocas palabras
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