Un zángano en el palmeral

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BLANQUISTAS

Algunos ciudadanos deben haber recibido en sus domicilios las tarjetas en las que aparecen consignados los datos de los colegios electorales a los que deberán dirigirse para votar el próximo 28 de abril. Es sorprenderte que, puesto que la vida política es un inacabable desfile de profesionales y aficionados cuyas evoluciones e iniciativas responden a las mismas prácticas que son propias de un periodo como el que acaba de emprenderse, choca que parte de esas personas que han encontrado en sus buzones el documento censal, y otros que aún esperan tal certificación, mediten a quien votarán. La duda, tal vez, se origine, precisamente, en el interminable horario de apertura del mercado de promesas, autoafirmación y descrédito de las fuerzas rivales y enemigas.

 Las encuestas y su interpretación son un conjunto de datos que intentan adivinar el futuro. Nada que no sepan los profesionales del tarot. Los partidos, según esos estudios, ganan y pierden partidarios y realizan sus cálculos a fin de anticipar todo lo que pueda suponer el resultado definitivo de las elecciones e introducen en el discurso diario las variantes destinadas a modificar las preferencias de los votantes. Pretenden fidelizar a su clientela y conseguir una comunión duradera con parroquianos de otras confesiones. Nada que no se conozca. Un escenario, como se dice ahora, en el que faltan actores casi siempre. No porque la disponibilidad de variantes ideológicas y surtido de ofertas constituya un muestrario escaso, sino a causa de la poca consideración de otras alternativas. Tadeu, nombre profesional que corresponde a la identidad de un periodista que firma sus textos de opinión en el diario El Mundo, mediante material escrito el pasado 9 de marzo, hablaba de esos otros intérpretes que digo suelen comparecer cuando los focos de la alfombra roja se han apagado o casi. Me refiero a los “Blanquistas”. Una candidatura llamada de esta manera que aglutinaría el voto en blanco o una lista “como movimiento cívico transversal” que respaldara estos dos puntos:

  1. Reforma de la ley electoral para que un voto valga lo mismo en todo el Estado (con listas totalmente abiertas).
  2. Libertad de voto (voto secreto en algún caso) para los electos, que nunca habrán de responder ante el partido o lista de que procedan ni ser penalizados por estos. Igualdad para el votante, libertad para el votar; así se podría tal vez volver a votar.

Tal vez convenga pensarlo. Yo estoy en ello. En materia de votación, desde hace tiempo, el blanco me viene bien. Corresponde, desde mi punto de vista, es preciso, negar el voto a VOX por las mismas razones que funcionan en contra de Unidas Podemos. Evitar el voto al PSOE por idénticos detalles a los que justifican la falta de inclinación por el Partido Popular. Votar sin tener en cuenta a Ciudadanos porque lo que crees carne puede ser pescado y viceversa. Excluir a nacionalistas y localistas porque son parte de lo mismo, del mismo fracaso, de la misma involución, del mismo egoísmo… Por lo tanto ¿blanquistas?

Se equivocaron las nubes; se equivocaron...
Cuando la alternativa, puede no ser la alternativa...