Pie a tierra

Brihuega ama el espliego


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Brihuega, “El jardín de la Alcarria”. El espliego, la flor alcarreña por antonomasia. La flor y el jardín estaban llamados a entenderse, a amarse, y así ha sido siempre.
Llamo “siempre” a los años que me separan de mi infancia (ya bastantes) en los que ya existía ese amor entre Brihuega y el espliego. En los días más importantes del año, las fiestas de agosto, la gente de Brihuega siempre ha necesitado y ha buscado el contacto con este arbusto aromático. En esos días, el espliego cubre las calles y su aroma penetra en la gente, impregnándola de Alcarria y creándole una dependencia que añorará año tras año.

Y ese amor va en aumento. La que se ha liado en los últimos años con la fiesta de la floración de la lavanda, no es más que una nueva expresión del cariño que en mi pueblo se le profesa a esta planta.

Les aseguro que es digno de ver. Una fiesta nueva, participativa, original, popular, basada en la belleza de los campos cuando florece el espliego, acompañada de la colaboración de un pueblo enamorado que desea expresar, a la planta y al mundo, ese amor que “siempre” le ha profesado.

Desde hace unos años, una serie de actos de lo más variado, con la lavanda como motivo principal, hacen las delicias de alcarreños y visitantes, incluso de países muy lejanos.
El pueblo, con el Ayuntamiento a la cabeza, participa para dar más realce aún a la fiesta. Las calles, las plazas, los balcones se engalanan para prolongar hacia el casco urbano la explosión morada de los campos de la Alcarria…

Pero hay algo más detrás de esta “manifestación amorosa”. Hay toda una revolución económica. Los campos de lavanda en Brihuega son un ejemplo de que existen otras posibilidades en nuestros pueblos.

Desde hace años, unos hermanos de Brihuega decidieron salir del monocultivo del cereal y buscar otras alternativas económicas. Significaba romper con la tradición, en una zona rural, conservadora, y en una profesión, la agricultura, más conservadora aún.

Tuvieron que trabajar mucho y luchar contra todo su entorno; contra quienes no creían en aventuras y preferían seguir haciendo lo que “siempre se ha hecho” y seguir, como sus antepasados, sembrando su trigo y su cebada porque “aquí no se da otro cultivo”.

Arriesgaron su dinero, su trabajo, su reputación… y salieron adelante. Los felicito porque sé lo difícil que es esto en la España profunda.

El Festival de la Lavanda no es sólo una fiesta, que lo es; es también un proyecto económico muy interesante como alternativa económica; y es también una revolución, para quien la quiera ver, que ha cambiado no sólo el paisaje de una parte de la Alcarria, sino también (y me parece lo más importante) ha cambiado  mentalidades y ha demostrado que otra Alcarria es posible: en lo económico, en lo cultural y en lo festivo.

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