El blog de la señora Horton

Ciencia para la edad tardía

HAY cosas que fueron místicas y ahora sólo son aburridas, como la senectud. Nuestros antiguos ancianos, profundamente sabios, son ahora maltrechos cuerpos enfermos, cosidos a analgésicos, que dormitan en las esperas de los grandes hospitales acompañados de una hija impaciente que se ha quedado sin  ver "Sálvame" y está de un genio que no se aguanta. Una hija que le reprocha a su padre que no sabe envejecer, como si en esta cultura y con estos políticos que nos roban hasta la respiración, se pudiera adquirir semejante ciencia.

 

 Parece que hubo una edad dulcísima, que aún pervive en libros muy antiguos y en el recuerdo plástico de la leyenda, cuando hombres de luengas barbas blancas, atiborrados de filosofía y paciencia, con enormes almas y sonrisa desdentada, enseñaban el misterio de la vida a jovenzuelos imberbes y medio desnudos, entre la foresta romana o bajo los emparrados de Ática; cuadros en los que la apolillada senectud y la pubertad apolínea, el hombre nuevo y, el viejo, se sentaban bajo un rumor de abejas; el viejo vertía la sabiduría como un chorro de miel entre los dorados rizos del catecúmeno, seguramente con la intención oculta de meterle mano a la menor ocasión. Amor y juventud, nuestros valores occidentales más cotizados.

La ciencia tiene fama de mirar por el bien del hombre. Falso: la ciencia sólo se mira a sí misma, es el Narciso de la pandilla y observa embelesada su propio ombligo. No creo que esto sea un defecto, pues todas las personas y las cosas serias son así,  ensimismadas y circulares; si la ciencia mirase para el bien del hombre no habría existido Hiroshima y los viejos actúales no pasarían, como pasan, un rosario de lágrimas. La ciencia no atiende a la justicia ni a la piedad, pues la justicia y la piedad no son de su incumbencia.

La justicia sería incumbencia de los políticos pero esos están todos comiendo nécoras y la piedad sería cosa de dios, que no se deja ver por más que le reces.

 La ciencia persigue comprender la vida y vencer al destino; roba años a la muerte y roba años a la nada, de manera que le arranca a la Nada con alambicados trucos de ingeniería genética seres que antes no podrían haber nacido; y le arranca a la Parca cuerpos en semiputrefacción que hace mucho tiempo estarían

en la cadena de producción de malvas. Niños que antaño no hubieran nacido y viejos que ya no existirían.

Estos trasiegos de la ciencia traen consigo mucho dolor. El recién nacido tiene un aura dulce que le defiende y cuenta además con el amor de los padres. Lo malo queda para el viejo, que es un ser poco agraciado y, para colmo, huérfano. Nuestros viejos ya no se parecen al anciano sabio de la edad auroral; sus conocimientos no venden, pues están todos sacados de la televisión.  Soledad y vejez van de la mano en este mundo.

 Si no fuera porque no creo en la importancia capital de vivir, ni en la tragedia intrínseca de la soledad, este comentario de hoy sería melodramático; lamento que la filosofía que nos enseñaron aquellos ancianos idílicos de los que hablo, fuera la semilla de esta mala planta.

Fue Warhol quien nos dijo que la vida y el amor son dos cosas en las que «no» piensan los sabios orientales. Pero ese inteligente y refinado pensamiento no es para nuestro zafio paladar occidental. Tras todos nuestros brillantes esfuerzos, nos aguarda el castigo de una creación propia: el miedo, la vejez y la soledad. Nuestra ciencia, fríamente, nos ha colocado sobre este terrible final .

 

 

El verbo se hizo carne
Un canon para la nube (cloud)