Un zángano en el palmeral

CIUDAD AL AGUA

Hará unos días tan solo. Le entrevistaban en un espacio de Radio Nacional, un programa de los que sirvieron para entretener los días del estío mientras los profesionales, sobre todo del fútbol- era fin de semana- descansaban. Es Catedrático e investigador en la Universidad Autónoma de Madrid. Se llama José Antonio Corraliza Rodríguez y respondió mencionando significativos detalles de aquello que tiene que ver con los entornos naturales y su influencia en el ánimo y los comportamientos del ser humano. Durante la pequeña charla a la que me refiero- de la periodista que dialogó con él solo recuerdo que se llamaba Pilar, pido perdón- manifestó algo que por su propio enunciado parece simple, de cajón, y, sin embargo, se sostiene con argumentos científicos…

 

 Los seres humanos, sabemos, nos sentimos atraídos, en general, por hábitats en los que predomina la vegetación y el agua. Es un rasgo de nuestra evolución y supervivencia como especie. Pues bien, esto que parece una inercia necesitada de pocas aclaraciones tiene una explicación científica avalada, por ejemplo, por el entomólogo y biólogo Edward Osborne Wilson, estadounidense conocido por sus trabajos en evolución y sociobiología quien goza de distintos e importantes premios internacionales. El señor Wilson explica en un libro titulado la Hipótesis Biofilia la raíz de lo que José Antonio Corraliza expuso en la pequeña conversación radiada a la que vengo aludiendo. Biofilia es el enlace que se manifiesta genéticamente entre el ser humano y la naturaleza, rudimento de un pasado en el que vivíamos mucho más cerca de lo que es nuestro planeta y la ciudad, que es un artificio residencial a menudo carente de territorios en los que pueda ejercitarse ese anclaje que nos proporciona bienestar y salud cual son la vegetación y los remansos húmedos, fomenta un buen núnero de barreras que impiden o hacen más difícil cualquier expansión de índole naturalista. Guadalajara, por suerte, no es un mal sitio para vivir conforme a los supuestos dichos, aunque su crecimiento no parece proporcional en reductos naturales verdaderos salvo en lo que concierne al cupo de lugares simbólicos que todo despliegue urbanístico exige. Todavía me acuerdo, era bien pequeño, residente en Cabanillas, cuando íbamos a la capital… recuerdo la playa del Henares. Un agradable lugar de esparcimiento que se perdió- al menos para mí- como de la noche al día. Y como nunca pregunté la razón o razones que motivaron su abandono mantengo vivo ese misterio y cierta añoranza. En otras ciudades existen esos arenales de rivera y sirven al ciudadano que no desea o no puede desplazarse a otros lugares para disfrutar de esa comunión natural tan propia del ocio humano… En todo caso existen fuentes, árboles, parques, zonas ajardinadas, y se sucederán los nombres a nada que la memoria y la costumbre digan su mejor palabra. No hace falta que ofrezca aquí ese rol porque los que viven, sean o no nacidos en Guadalajara, conocen de sobra cual es su lugar favorito respecto a lo dicho en clave “biofílica”. Tenemos río, nunca suficientemente adecentado, e inmejorables vistas. Así que, si no tenemos tanto, tenemos bastante: ¿habrá más?

La política no es un oficio para cínicos
Tamerlán