El verano es ciertamente una impostura. Ni los cuerpos que se abrasan en la playa son los verdaderos cuerpos del invierno, ni las voces que nos llegan por la radio son las voces a las que imitan, ni esa alegría es la nuestra, ni siquiera es nuestro el coche puesto a punto con el que salimos a la carretera; tampoco son los nuestros esos hijos encantadores y recién suspendidos que alqui­lan pistas para jugar a un tenis que no es el tenis.



De todos modos hay algo siempre artificial en ser feliz. En el fondo del corazón, hay razones para sospechar que lo natural, el estado básico, es la desdicha, de la misma manera que el sexo básico es el femenino; y esa sospecha vaga, a la que no damos del todo crédito, nos hace resumir en unos pocos días lo que nuestra vida tiene de bueno y dejar el invierno para lo que hay que soportar. A veces el mun­do muestra algún sentido que de ordi­nario nos es inaccesible; asoma por cualquier roto una inesperada inteligibilidad: que el mismo sol brille en Ucrania y Gaza y nos broncee en Marbella sería una infa­mia, si no fuera porque lo uno nos parece cierto —la desdicha— y lo otro una impostura —la felicidad.

Este carácter dual de la vida suele mantenerse misericordiosamente disi­mulado y eso la hace soportable, pero hay épocas —especialmente el verano, cuya ontología es el lujo— en que se convierte en un agravio comparativo. Mientras los africanos se cuecen junto con el ébola en Sierra Leona, los yates fondean en azules calas de tarjeta postal. Mientras el lumpen convicto se hacina en los cuarenta grados peni­tenciarios, los honorables pujoles toman cocolocos en las costas bravas de su comunidad autónoma con destino en lo universal. Y bajo ese mismo sol, los Gobiernos y los Estados provocan y consienten guerras, ruinas y corrupción. Incluso aviones abatidos en medio de una borrachera de odio, a cargo de una pandilla de asesinos gilipollas… ¡A cambio de trescientos muertos les ponen una multa a los amigos de Vladimir Putin, y a un par de bancos!

Dualidad e impostura que sólo se soporta con una dosis doble de cinismo: disimulemos pues,  y después volvamos al seno dorado y fragante del verano. En ese paisaje de colorines, nuestro falso cuerpo bañado en protección 50 (no sea que ande por ahí suelto un melanoma despistado) parece más inmortal y amable, pero no debemos olvidar que en otro paisaje sombrío, otro cuerpo también nuestro  yace cubierto de moscas y podrido de diarrea a una cuarta de la fosa común.

En fin y a lo que voy después de esta reflexión: que en ese refugio cínico que no podemos evitar, pues no somos tan fuertes como para soportar todo el dolor del mundo, me recluyo durante unos días. Me voy de vacaciones a una impostura dorada.

Dicen los técnicos que cuando se pre­senta un obstáculo irresoluble en una obra, el arquitecto se limita a decir al aparejador y éste al maestro de obras y éste a su vez al peón de albañil: «¡No quiero ver mañana esto aquí!» Pues bien, a mi vuelta no quiero ver ni una de las cosas de las que más arriba hablo. ¡A ver si hay suerte y alguien me escucha!