Cuando el rey Alfonso VIII visitó aquella parte de la Alcarria, bañada por el Tajo, no quedó indiferente. La zona, conquistada no hacía muchas décadas por los castellanos, era un lugar idílico y agreste, donde el silencio invitaba a la meditación. El Tajo, con sus aguas limpias, rodeado de un paisaje moldeado por el paso del tiempo, le pareció el lugar perfecto para mandar construir una abadía, que sirviera para impulsar la economía de la zona, y que atrajera gentes de otras partes de sus dominios. Era también una forma de dar gracias al cielo por haberle permitido conquistar Cuenca a los musulmanes.

El lugar elegido se llamaba Murel. Un despoblado en Carrascosa de Tajo, que el rey adquirió en 1182 a cambio de unos terrenos en Toledo. Allí comenzó a edificar la primitiva abadía, que entregó a la humilde orden de los monjes cistercienses, muchos de ellos procedentes del monasterio de Valbuena, en Valladolid. Un año más tarde, a la nueva comunidad llegó la bula papal que les permitía convertirse en colegio, lo que sin duda contribuiría a captar vocaciones en la comarca y a dar el impulso definitivo al monasterio.

Sin embargo, algo debía tener aquel emplazamiento que no acababa de convencer a los monjes, quienes en 1186 decidieron moverse unos kilómetros (ellos y el monasterio) y asentarse en el actual término de Trillo. Sería la primera mudanza del edificio, pero no la última, como veremos. Desde ese momento, comenzó el esplendor del monasterio, que recibió grandes donaciones de reyes y nobles arrepentidos por sus pecados, que los religiosos invirtieron en mejorar y ampliar los edificios. Algunas obras fueron rápidas, y otras tardaron décadas en llevarse a cabo, lo que tuvo como resultado un monasterio de forma peculiar y diversidad de estilos arquitectónicos. Una joya medieval a su manera.

Sin embargo, en el siglo XV a los monjes les sale un rival en la zona: los condes de Cifuentes, que se fueron haciendo poco a poco con el control de las tierras. Además, las guerras entre la nobleza castellana de la época castigaron mucho a la comarca, impactando de lleno en la economía de los monjes. Éstos, además, habían comenzado a actuar de forma bastante negligente, olvidando todo decoro y observancia de su regla, y descuidando la gestión del monasterio, que se fue empobreciendo poco a poco. Tal era la situación, que los vecinos de los pueblos cercanos habían comenzado a apropiarse de las tierras de Óvila, sin que los monjes hicieran nada por impedirlo.

Los siguientes siglos fueron de agonía. Cada guerra empeoraba aún más la situación, agravada por un incendio que se cebó con la biblioteca. Los monjes eran pocos y pobres, y apenas podían mantener los edificios. Tras la invasión de los franceses en el siglo XIX aquello apenas era una sombra de lo que había soñado Alfonso VIII, y era cuestión de tiempo que la comunidad acabara desapareciendo. La sentencia de muerte llegó en 1835, cuando el monasterio, casi abandonado, sufrió la desamortización de Mendizábal. La pesadilla de cualquier orden religiosa de la época.

Es entonces cuando comienza uno de los expolios más vergonzosos del patrimonio alcarreño. Un ejemplo de cómo destrozar sin pudor el legado de nuestros antepasados. Una vez se certificó el abandono, las iglesias parroquiales de la zona fueron las primeras en repartirse las obras de arte que atesoraban sus muros. Coleccionistas de todo tipo se hicieron con los libros de su biblioteca y los antiquísimos documentos de su archivo, que pasaron de mano en mano a cambio de importantes sumas de dinero. Solo quedaron por expoliar las piedras, silenciadas ya para siempre.

Aquello parecía el punto final de la historia. El momento en el que las hierbas comenzaran a crecer tapándolo todo y sumergiéndolo en el olvido. Pero la codicia no tiene límites, y hay personas especialmente dotadas para sacar dinero literalmente de debajo de las piedras. En 1928 el Estado vendió los terrenos donde su ubicaba el monasterio abandonado a Fernando Beloso, director del Banco Español de Crédito. El banquero, con la característica falta de escrúpulos que abunda en el gremio, consiguió lo imposible: sacarle dinero a aquellas piedras que despreciaba, vendiéndolas a un magnate de la prensa estadounidense: William Randolph Hearst.

Hearst era el típico rico de principios del siglo XX que se parecía al que aparece en las cajas del Monopoly. Tenía tanto dinero que no sabía qué hacer con él, y poseído por la vanidad decidió construirse una casa con algo que no existía en Estados Unidos: un monasterio medieval castellano. A través de un intermediario, que se llevó su correspondiente comisión, se puso en contacto con el banquero español, y le compró las piedras de aquella joya, para transportarlas una a una, hasta su mansión. Al enterarse los medios de comunicación hubo cierto alboroto entre algunos intelectuales, como el historiador alcarreño Layna Serrano, que pidieron que la venta se paralizara. El gobierno español, con el conde de Romanones entre sus filas, podría haber hecho algo, sin duda, pero prefirió mirar para otro lado.

Las piedras se marcaron, una a una, y se embarcaron rumbo a San Francisco. Sin embargo, la mercancía, ciertamente exótica, encontró problemas legales para ser importada en Estados Unidos, y acabó desperdigada por varios almacenes de la ciudad, sufriendo un continuo deterioro. Desencantado por lo desastroso de su compra, el magnate decidió finalmente vender las piedras a la ciudad de San Francisco, por un precio casi testimonial. Así pasaron las décadas hasta que, en el año 2000, los monjes del cercano monasterio de New Clairvaux descubrieron aquel tesoro olvidado. Gracias al asesoramiento de José Miguel Merino, catedrático de la Politécnica de Madrid, pudieron reconstruir aquel rompecabezas, y montar de nuevo parte del monasterio en su abadía. Allí, como si hubieran sido transportadas por arte de magia, podemos encontrar la sala capitular, el refectorio, las celdas de los monjes y la portada manierista de la desdichada Óvila. Mientras tanto, en la Alcarria, escondidos dentro de una propiedad privada, todavía quedan algunos restos del monasterio que son testigo de la vergüenza: los cimientos de la iglesia y del claustro renacentista, junto a otros muros a punto de caerse. Un pobre reflejo de lo que fue una joya arquitectónica a orillas del Tajo ¿qué pensaría Alfonso VIII si levantara la cabeza?