Apuntes de un becario

Cuando la ley electoral deja de tener sustento democrático…

Desde el alcalde de Guadalajara, Antonio Román, al secretario provincial del PP, Juan Pablo Sánchez. Desde Javier Arenas a Mariano Rajoy. Parece que la mayor parte del partido en el gobierno  se ha lanzado a defender en los últimos días su idea de reformar la ley electoral de cara a los comicios municipales. Y digo idea porque no hay nada concretado negro sobre blanco.

 

Desde el PP dicen querer que los ayuntamientos  sean dirigidos por la lista más votada. A partir de ahí, todo son elucubraciones, propias del estilo Rajoy, basado en la improvisación. Se comenta la posibilidad de implantar una segunda vuelta para la elección de alcaldes, de que al partido que obtenga más del 40% de los sufragios se le conceda la mayoría absoluta, o que los responsables consistoriales puedan ser elegidos directamente, como en los regímenes presidenciales. Y todo ello bajo el argumento de “regeneración democrática”.

Sin embargo, habría que preguntarse por las verdaderas intenciones de Moncloa para impulsar este cambio. ¿Quizá porque temen perder muchas alcaldías? ¿Los datos del último CIS, en el que se auguraba un descalabro del PP, tienen algo que ver? ¿La posibilidad de no gobernar en ciudades como Madrid o Valencia está relacionada con la idea electorera? ¿Por qué, en lugar de presentar candidatos diferentes a las ínclitas Ana Botella o Rita Barberá, desde la formación conservadora quieren cambiar las reglas de juego?

Cuando toda la oposición se une en contra de una medida, es por algo. Desde Podemos a UPyD, pasando por el PSOE, IU, Equo o los nacionalistas –de derecha y de izquierda–, han criticado la medida. Y, además, con argumentos muy parecidos, señalando que lo que realmente quiere el PP es mantenerse en gobierno a cualquier precio, sin hacer caso a las normas básicas de la democracia parlamentaria.

Pero, quizá, lo más perjudicial de todo es la tergiversación del debate que, diferentes dirigentes populares, están desarrollando para justificar su hipotética propuesta. En favor de una “regeneración democrática” pésimamente entendida, quieren cambiar todo para no cambiar nada, con el fin de preservar el poder y sus prebendas. En consecuencia, la pregunta no es si hay que variar la ley electoral, sino cómo hay que hacerlo.  Y es en esta cuestión donde el PP y Rajoy están emponzoñando todo.

Por ello, y si desde el gobierno quieren conservar algún resquicio de credibilidad –cosa complicada–, lo que tienen que hacer es postergar la reforma electoral para después de las elecciones de 2015. Pero, sobre todo, deben hablar y dialogar hasta la extenuación con los que no piensan como ellos –créanme, señores del PP, se puede–. Así, se podrá aprobar una norma más duradera, democrática y con apoyo social. De lo contrario, se redactará una ley sin  sustento democrático, y que durará cuatro días. Porque cuando llegue otro partido al poder, hará muy bien en cambiarla.

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