Un zángano en el palmeral

DE ALGUNAS INCLINACIONES AFECTIVAS

Algunas cosas pueden ser esclarecidas. Suele apelarse para ello, sin embargo, a lo enigmático. “Es algo que no se puede explicar. Hay que vivirlo”, dicen. “Se nace con ello”, sostienen. Por lo tanto, enterarse de lo que supone, por ejemplo, la emoción experimentada al contemplar el paso de una escultura religiosa, implica haber nacido entre los propios de una comunidad que funda su razón de ser en esa nebulosa impenetrable pero, según insisten los aludidos, cierta…

Y esta es la parte que más me extraña. Cual virtud de origen, corresponde atribuir los efectos de ese “por qué”, cuya sustancia carece de detalle hablado que lo defina, a la partida de nacimiento que certifica el vínculo entre individuo y territorio. Sólo los que vieron la luz, porque así lo dice el libro de familia, en una determinada localidad, están exentos de conocer qué es lo que acontece para quien lo percibe cuando de ritos, costumbres o comunidades se trata porque, por el hecho mismo de sus datos natalicios, ya lo saben. Pero, ¿qué es el madridismo? ¿Qué es el sentimiento “culé”? ¿Qué proporciona la afición a las festividades taurinas populares? ¿Qué conmociona para bien cuando retumban los petardos como andanada de artillería? ¿Qué interioridad emana en el ser, incluso entre los que acuden a los templos nada más en Navidad, Semana Santa, bodas, bautizos y comuniones, para declarar a un Cristo o a una Virgen, como objeto de devoción extrema? Como mucho se recurre a la fe. O, por lo menos, nunca he conocido argumentos más certeros que los que llevan acompañados la insustancialidad misma para dar a entender tanto y tan bueno. Y, si la fe remite a lo sagrado, se dan en muchas de estas oportunidades de entusiasmo, también, el ánimo forofo o la pasión fan. Una especie de misticismo idólatra que bien pudiera equipararse al diseño y propaganda que se necesite para postular nuevos becerros de oro. Un algo en lo que creer, en torno a lo que agruparse y de lo que pertenecer, que tiene su valor de prosperidad, su vigente razón de futuro, en ese escudo de lo hermético. No es que no pueda codificarse, ocurre que las claves son una llave disponible, nada más, para quienes están en comunión con ese algo y con los que forman parte de tal beneplácito. Y, aunque se interrogue a los dichos, sólo se alcanzará a saber, “que hay que vivirlo”.  Por lo tanto, despojados de piezas tan útiles como recurso para resolver el puzle, lo emprendido, lo conservado, permanece a salvo dentro de una fortaleza en verdad segura. No puede ser contestado. No tiene refutación… Pienso en todo esto mientras sé de cierta desorganización en las estaciones de penitencia del Viernes Santo en Guadalajara- que nunca hay que dejar de leer este portal de noticias- y de la irrespetuosa participación de observadores y curiosos. Público en general, vecinos de la ciudad o forasteros en nada silenciosos cuando de la procesión del Santo Entierro se trataba. Y digo también, que si encuentro dificultades en comprender cómo alguien que desatiende los deberes religiosos durante el año entero se muestra militante del paroxismo durante una semana, que si me choca el gusto extremo por deportes, manifestaciones costumbristas, culturales o personales, si dudo ante lo carente de razones bien argumentadas, no puedo sino reprobar la suma de la masa a acontecimientos en los que conviene ir a favor de obra. Nadie osa comentar los diálogos de los actores en un teatro, aunque siempre existen adoradores del teléfono móvil incapaces de retener sus apetencias. Y si es así, ¿para qué van a demostraciones como la reseñada quienes con su falta de civismo solo pueden molestar? ¿Por qué?  Pasa igual, cada año en algo tan distinto como el Maratón de los Cuentos, que ya está al alcance, en unos meses, de producirse de nuevo: acuden todos, también estos irreverentes titulares de una escalera de vecinos dónde se habla y se habla sin propósito alguno de escuchar, sólo escuchar que es lo que, precisamente, cuenta.

Sin trabajo, sin casa, sin comida
La relatividad del tiempo