Un zángano en el palmeral

De criminales incendiarios

b2ap3_thumbnail__DM_1047.jpgLo que sigue es un infeliz recorrido. Alfarrás, Portlligat, Valdemorillo, Cartelle, Xixona, Almorox, Villa del Prado, Navas del Rey, Chapinería, El Molar, Camp de Túria, Utiel, El Pardo, Alcoi, Ayora, Mallorca, Los Santos de la Humosa, Vallirana, Cofrentes, Alborache, Dénia, Montserrat, Picassent, Nogueira de Ramuín, Cebreros, Campo Real, Tórtola, Valdepeñas de la Sierra, Yunquera, Albalate de Zorita, Valdeconcha, Garcibuey, Cardeñosa, La Bodera, Sauder, Las Hurdes, Aiguamúrcia… pertenecen al itinerario de la ceniza durante este verano de 2013 al que le quedan jornadas y, no lo quiera Vulcano, más infiernos.

Porque, no sé si, como se asegura en el Vaticano, el diablo existe. No lo sé, mas, me consta que esa idea de un territorio donde las llamas son un poder represivo en sí mismas, un modelo de terror, eso a lo que llamamos infierno- más allá de la vinculación con el crematorio al que acudirán los condenados por Dios- existe.  Es lo que un incendio representa para mí. Una de las formas del infierno. La tragedia natural que más ira y tristeza me produce. Y eso, aunque nunca he residido cerca de los bosques y tierras que se han quemado en la provincia de Guadalajara, admitiendo sin reservas que quienes han tenido la experiencia de ver convertidos en retorcidos centinelas de ceniza lo que antes fueron orgullosas frondas albergan dentro de sí, seguro, un dolor que ni siquiera puedo imaginar, me espanta, además, como pocas cosas. Estoy sensibilizado con la fuerza conmovedora de ese padecer y contemplo como mi pérdida lo que es quebranto de todos. Percibo los árboles, esos gigantes sin cuya participación la vida sufriría un golpe tal vez definitivo,  como la compañía, historia, tiempo, alimento, sombra, renovación, refugio y multiplicador de vida que, con la manifestación de la alegría y el misterio que es la mar, constituyen un bien indispensable, íntimo. Y, aunque otros, comprensiblemente, tendrán una escala de valores distinta, u otras prioridades, u otro orden, entiendo la quema de árboles originada en la desidia, el egoísmo, el negocio, el nulo respeto o la porfía demencial, asuntos todos propios del ser humano y la sociedad, uno de los principales crímenes contra la existencia. Algo que ha de suponer, a los responsables de tamaña felonía, un coste mucho mayor: la medida que equivalga al tiempo en el que tarda en restituirse lo que nunca volverá a ser igual. Y, a los que propician con la falta de dedicación y cuidado- administraciones, propietarios y demás encargados de habilitar lo que corresponda para que, cuando surge una catástrofe de mayores o menores dimensiones puedan minimizarse sus efectos, porque la naturaleza también juega y es imprevisible, por ejemplo, la caída de un rayo que lo prenda todo- a esos que bien pueden estar en la mente de todos- incluso en la de ellos mismos- una ración del mismo jarabe. Porque debe pagar el que tira un cigarro encendido, el que hace una barbacoa donde no debe, el que quema rastrojos sin control, el que arroja desperdicios que puedan dar lugar- por inducción (vidrio) o combustible- a un disparate del averno y debe pagar el que desde un despacho mira hacia otro lado. Deben pagar aunque no vayan a hacerlo… Es lo que hay.

Individual y colectivo
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