Un zángano en el palmeral

De esos días en los que soy feliz todos los años

Casi siempre, al dialogar con amigos o conocidos y llegada la ocasión de intercambiar opiniones acerca de alguna lectura, espectáculos en cartel o cualquier otro supuesto cultural o de recreo que pudiera ser de tanto interés como para recomendarse, recojo los datos por esa vía conseguidos, agradezco que se me faciliten e intento entusiasmarme lo justo… ¿Por qué? Porque lo que otros consideran insuperable- a pesar de las posibles afinidades existentes con las personas que proporcionan la información mencionada- igual acaba por resultar de menos empaque para mí y conviene evitar la desilusión innecesaria y el equívoco sonrojante. Por eso, aunque no disimulo mis gustos y sé compartir el bien que conozco como tal…

 

  … al hablar del Maratón de los Cuentos de Guadalajara ofrezco anticipadamente la salvedad pertinente a fin de que todo fraude quede neutralizado: rendido participante de cada una de las citas que vienen sucediéndose en el Palacio del Infantado en esta “fiesta de la palabra” que con tantos registros y voces celebramos cada año- 23 ya- como soy, he de advertir que acumular expresiones jubilosas para referirme a lo sucedido, también este año, ha de contemplarse como manifestación sujeta al contraste de otros paladares más independientes. Porque el que se siente dentro admitirá mejoras, cambios, incorporaciones, mas, contento con lo perfectamente disfrutado, solo ha de sumar cositas buenas y proclamarlas. Es mi caso, me gusta lo que hay, en la parcela a la que le soy fiel, y comprendo que lo que sigue ha de interpretarse como el rasgo de pasión del que disfruta, de quien, satisfecho, no se detendrá a analizar y ponerle peros o palos en la rueda a la carroza. De modo que, si les aseguro que el Maratón de los Cuentos de Guadalajara, en todas sus formas, en todos sus actos- incluso aquellos en los que excuso mi asistencia porque la edad no perdona y en algún momento de la jornada hay que descansar- con todas sus personas- aquellas que todavía olvidan ser respetuosas y callar, por más megafonía que se utilice, cuando otros hablan, incluidas- con soles y abanicos o con frío y con mantas en el zaguán, es una maravillosa oportunidad de intercambiar emociones, talento, curiosidad, fantasías, buen humor y sensibilidad, digo lo que suelo experimentar. No como un fluido continuo, no con la uniformidad de lo prefabricado: en la confianza de saber que la luna está aunque no se vea, que siempre existirá una oportunidad, un instante, una certeza inolvidable. El azar, cuando se descubre venturoso, es una promesa a la que se quiere tanto porque sus contribuciones llegan de improviso. Y, a pesar de lo bueno conocido, siempre cabe la sorpresa de otro tanto superior. Es lo que ocurre por las noches, cuando me gusta más vivir el Maratón. A esas horas en las que todo pende de un hilo, cuando puede temerse que las voces queden silenciadas y, quienes permanecemos sentados sobre una butaca o en las escalinatas de piedra, sabemos lo dispuestos que estamos a evitar un revés como el nombrado. Aun en el caso de ser narradores y escuchantes. Porque ya no se sabe bien en qué lugar se origina el cuento. Si en la voz del ocupante del escenario o en los ecos de los duendes que modifican con sus comentarios todo lo propuesto. Y así, hasta que uno se asoma y, más arriba de los tejados del Palacio, la noche ya se ha ido: pura magia del alba… Cuando a las ocho y media o las nueve abandono ese fantástico derroche, al sol- porque siempre hay sol- confieso ser feliz. Es lo que hay, amigos.  

La generación del Príncipe
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