Un zángano en el palmeral

DE LA ALEGRÍA DE CURAR

Los hospitales son recintos dentro de los cuales pueden escucharse risas y en los que se asiste a emocionantes momentos de alegría, pero, por desgracia, abunda el dolor y la desgracia. Acudir a ellos, en muchísimas ocasiones supone ponerse en el sendero de recobrar la salud y, desde ese punto de vista, son un destino recomendable.


A fe mía, sin embargo, que son muchos los afiliados a la Seguridad Social, habitualmente demandantes de atenciones, en perfecto estado de revista a partir del día mismo que empiezan las vacaciones. Lo saben en las consultas primarias, en los despachos especializados y en las urgencias, esa ventanilla de rápida intervención generalmente saturada. Es verdad que, considerando las larguísimas esperas que se padecen para acceder a tal o cual prueba diagnóstica o la simple cita con un médico especialista, existe un porcentaje grande de enfermos que atajan valiéndose de ese resquicio. No debe extrañar por tanto cierto abuso. Mas, como pecamos siempre de lo mismo y si nos dan una mano nos tomamos hasta el brazo, la clavícula y el esternón, la picardía prefiere sol y arena, y peregrina a los aglomerados puntos de baño de la costa como legión obrera ocupando los transportes públicos en hora punta... Bueno, pues, en el caso de la obligada estancia en un hospital, por ejemplo, parece esencial- o es la opinión que algunos tenemos- encontrarse a profesionales que, además de llevar  a cabo las prácticas que correspondan según el área del que se responsabilicen en sintonía con lo mejor de su ciencia, sepan transmitir alegría. No digo una expansión cual la manifestada durante los días feriados, pero sí la auténtica disponibilidad de corazón y mente a fin de despertar confianza en el paciente. Confianza en el equipo que atiende su caso, de tal modo que, ese estar tranquilos porque quienes están al frente de la propia salud lo están, se haya fundado en la ausencia de tensión y exigencia vana. El rigor no ha de combatir a la cordialidad y no siempre los profesionales de la medicina añaden humanidad a sus actos de sanación. Por eso es magnífico saber que algunas de estas personas sobresalen- digo de los que se conducen con probada calidad sin escatimar bondades- y son premiadas. Es el caso de Eliana Rubio, Ester Cid y Nerea López, bajo la supervisión de Gema Arriola (neuropediatra) y Alfonso Ortigado (cardiólogo pediátrico), equipo de residentes  del Hospital Universitario de Guadalajara, segundo premio  2011 obtenido durante la reunión de la Sociedad de Pediatría de Madrid y Castilla-La Mancha… Lo contaba GUADAQUE hace unos días y, observando la fotografía que ilustra los detalles del galardón y las circunstancias que se valoraron a la hora de certificar lo realizado por la mencionada formación sanitaria, apuesto a que son inteligentes, diestros, responsables y sin aspavientos de notoriedad. Gente normal que sirve a sus semejantes sin necesidad de un altillo al que encomendarse igual para ejercer que para recibir reconocimientos… En fin, sin interponer batallitas, sé lo que es tratar con gente como ésta de la que hablo- especialistas en otras materias médicas, claro-  y conozco también el rostro de los que nos hablan desde el otro lado de un abismo abierto a base de prepotencia y caudillismo. Así pues, líbrenos Hipócrates de galenos engolados, que nos matarán, y pónganos en manos de esos otros “matasanos”, de esos, digo, que, si han de entregarnos a las parcas, lo harán con un tranquilo gesto, un afable y cierto mirar.

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