Un zángano en el palmeral

DE LA BENEFICENCIA ANTES DEL FIN

Leo en GUADAQUE la siguiente noticia: “El Banco de Alimentos de Guadalajara ha repartido hasta noviembre 1,3 millones de kilos de comida”… Esto supone tanto como decir que no todos los bancos son una representación del mal. Sin embargo, conocer esto abunda en el contradictorio sabor de lo agridulce: la asunción de lo benéfico como paliativo de la tragedia…

Porque, aunque hubo tiempos peores, y la memoria de la gente es vaga muchas veces, no se puede negar la evidencia: el empobrecimiento de la sociedad, originado en erróneas actuaciones políticas, empresariales y ciudadanas, castiga a los más humildes y a los notablemente temerarios. Los afectados por la crisis recurren a su entorno- familiares y amigos- y, cuando este refugio falla, queda la beneficencia. Y menos mal que existe. Es la última oportunidad antes del desastre definitivo. Un cobijo que habla del lado bueno de la humanidad, del lado más favorable. El que pretende equilibrios en constante pugna con el lado contrario. No digo del mal, no digo del crimen: me refiero a lo éticamente reprobable. En innumerables ocasiones resolver un conflicto lleva a los que se sienten perjudicados por disposiciones o mandatos de toda índole a ejecutar medidas que contrarían el espíritu de justicia que se pretende. Es el caso de reivindicaciones que buscan en la noticia o en la toma de rehenes la relevancia y el impacto disuasor capaz de reconducir satisfactoriamente lo puesto en juego. Por ejemplo el desperdicio de algunos alimentos- leche, verduras, hortalizas y otros productos del campo- porque sus productores creen que, con un gesto así y su difusión, consiguen dotarse de razones obteniendo el respaldo de una mayoría social. Y es así puesto que toda iniciativa ideada para impedir lo que se considera abusivo en el mundo económico y laboral, se frustra si no cuenta con la amplificación que proporcionan los medios de comunicación. Que llegue al mayor número de personas posible como antesala de las maniobras de agitación popular que correspondan: si no hay tele, si no hay periódicos, si no hay redes sociales, no hay modo de hacer propaganda. Desde luego, utilizar las plataformas de comunicación para explicar claramente lo que está ocurriendo no interesa. Conviene lo que escandaliza. Y si con ello “hay que llevarse por delante a otros, que apechuguen esos otros”. En vez de convencer a los ciudadanos con argumentos, de manera que el crédito de los actos anteriores sostenga la bondad de aquello a lo que se apela, someterlos al bombardeo de lo que debe asemejarse a la disyuntiva moral, al enfrentamiento político, racial, étnico o territorial. En vez de presentar los hechos con firmeza y armarlos con gestos que prescindan de todo daño a terceros, arramblar contra quien sea a la voz de: “Hoy por mí, mañana por ti, amigo”… Dirán algunos que no hay otra manera. Que violentar a las personas es el único modo de lograr una fuerza de rechazo con la que enfrentarse a los muchos abusos que se vienen produciendo en estas difíciles fechas. Y, lo triste, es que deben tener razón. Nadie se escandaliza, ni siquiera en los hogares de cada uno de nosotros, de los que todavía no formamos partes de la cola que espera turno en un Banco de Alimentos, cuando los cubos de basura llevan comida que algunos querrían aprovechar. Cuando tanto se protesta por salarios bajos, impuestos que no hacen sino subir, desahucios, cierre de empresas, corrupción y desempleo, da igual. Da igual, como ocurrió hace poco en Arzúa, Galicia: los ganaderos tiraban parte de la leche producida para protestar por los bajos precios que obtienen a cambio de la misma. Da igual. Cada uno estamos a lo nuestro. Las reclamaciones que nos mueven son las más importantes y las resolvemos caiga quien caiga. Pero nos queda la beneficencia. Pues bien.

Pobres pobres
Ubicuidad