Un zángano en el palmeral

DE LOS FRANCOTIRADORES QUE ACECHAN TRAS UNA COLUMNA

Conviene saber quienes son aquellos con los que uno se juega los cuartos. Y, si menciono el dinero por fidelidad a la frase hecha, podría haberme referido a muchos otros aspectos de la vida. Conviene  averiguar, de no advertir el plumero al gallo o a la gallina de turno, quién es quién en realidad, descartando de este modo enojosas sorpresas: las que no supo definir Eduard Punset en un reciente artículo, como neutralizadoras de toda hilaridad en estos tiempos revueltos que, por suerte, no son los de la exitosa novela de televisión.


El caso es que, hace nada, leía un artículo de opinión, no importa en qué medio escrito, consagrado a la crítica descalificante de todo lo hecho por el PP regional en sus primeros días de gobierno. Como, además, lo dicho evitaba la sal gruesa o el insulto, conviene, por supuesto, felicitar al autor. Es poco corriente, por desgracia, una actitud así de elegante... Sin embargo, ¿por qué la verdad, o las verdades, cuando de la pugna partidista se trata, son sólo la mitad de lo cierto? No recuerdo, de parte de los responsables de una tarea de gobierno, ni en voz o pluma de los partidarios de tales actores, el noble ejercicio de la autocrítica, de la asunción de responsabilidades,  de la consideración oportuna mediante la cual atribuirse el error que corresponda, a la hora de valorar lo realizado por los legítimos gobernantes surgidos de una bien querida alternancia, anteponiéndolo a todo juicio porque, como ya dijera Osgood Fieldieng III en CON FALDAS Y A LO LOCO, “nadie es perfecto”. Y esto vale para los de un signo, para los del otro y para los de más allá. Según la costumbre- mala digo yo- encontrar aciertos en la labor de administradores políticos, concejales, alcaldes, diputados, presidentes y dar fe de ella, está prohibido. Algunos, incluso, deben sentir verdaderas náuseas si se les pone en el brete de apechugar con su discurso y con el que completaría un análisis ponderado de todo lo que afecta a una acción de gobierno, iniciativa de ley, sentencia o voluntad de aventurarse por nuevos caminos de mejora o progreso. En la práctica es alimentar un combate cuyo fin no se avizora. Establecer un abismo de incomprensión y encono pródigo en emboscadas, cargas abusivas y toda otra serie de suertes belicosas generalmente realizadas con el respaldo del ingente tropel de la “torcida”, esa hinchada, fanática, que milita o simpatiza con rojos, azules, naranjas y verdes, por poner colores, al final también responsable del sesgo violento con el que se pretenden resolver algunas cosas. No es que haya que ser blanditos y abdicar de llamarle pan al pan. Pero sin olvidar que hay muchas hogazas. Poniendo en juego lo que toque, cuando lo que se observa es o debe ser objeto de inmediato celo, del mismo modo que se glosa con agrado lo acreditado como indiscutible bien. Lo demás son ganas de someter, humillar y sumar innobles imposturas al común de la casa de todos: la sociedad, su riqueza y bienestar. Lo demás, a partir del caso que daba pie a este comentario, es actuar como el francotirador al que, por encargo o motu proprio, se le encomienda abatir, eliminar, destruir. Por muy buenas que sean sus maneras incluso, en el desempeño de esa, a mi modo de ver, sucia manera de conducirse. Por lo tanto, sí, démosle al César lo que es del César y que sea así, sin reservas: tanto para reconvenir como para venir con. Censurando lo que quepa censurar a la vez que se declara la excelencia si se entiende la misma cual asunto demostrable… Y, bien, aquellos que dije, los de la náusea, afirmarán que, si en sus intervenciones abunda el descrédito, sólo se registra la reprobación, es porque nada más que abuso y equivocaciones se dan entre los que se exponen a ser públicamente escrutados. Lo dirán, y dispararán otra bala: a riesgo de equivocarme, eso es lo que hay.







La inercia de los errores
Maniobras orquestales

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