Un zángano en el palmeral

DE TAURINOS Y ANTITAURINOS

No me gustan los toros. Me refiero a la fiesta taurina, a la tauromaquia, a la llamada Fiesta Nacional. No me gusta porque no la entiendo. He visto fragmentos de lidia en televisión con todas las suertes- nunca en la plaza- y me parece una actividad incomprensible. Como lo es para mí la Semana Santa, los actos pirotécnicos- en especial los que hacen hincapié en el ruido y la humareda- y otras manifestaciones populares- muchas- que no me detendré a enumerar ahora. Pero, a pesar de lo dicho, ni pretendo la prohibición de todo esto que supone un hecho al que prestaría tanta atención como ruido hagan quienes lo combaten, ni me sumaré a los esfuerzos- violentos- de muchos de estos “ejércitos” de abolicionistas…

¿Por qué? Con gusto me explico, pues es lo que pretendo… El principal demérito que encuentran los detractores de la fiesta taurina a la misma es la muerte. La tortura y la muerte, según los animalistas- no simples descontentos con lo que ocurre en las plazas de toros sino personas que creen y demandan se cumplan lo que ellos creen derechos de los animales- que, comprendo, hacen extensivo a lo que ocurre en los mataderos donde se sacrifica al ganado. Yo no tengo información definitiva a la que recurrir para asegurar si los toros sufren- a algún torero le he escuchado decir que sí- porque entre los profesionales que mejor pueden conocer a los animales, los veterinarios, no hay unanimidad. En cuanto a la muerte, es sombrío, ciertamente pensar, advertir, que sea un componente, al menos, emocionante, de la suerte que experimentan seres humanos que acuden a una plaza, que van en busca de una ceremonia artística. Sin embargo, las personas, llaman arte y se entusiasman con la utilización de la muerte en otros actos. No digo que se mate para algo sublime, pero sí se emplea la imagen, el detalle, las circunstancias de una muerte, de todas las muertes, para trascender. Por otra parte, el fallecimiento de seres humanos y animales, por activa o por pasiva, se da todos los días y, no hay manifestaciones en las calles ni vestiduras rasgadas desde los púlpitos de la palabra- salvo actos testimoniales- para demostrar escándalo. Conforme a todo esto, entonces, pude decirse que existe un doble lenguaje, tal vez triple. Una bandera tras la que se alinean aquellos que rechazan la muerte y tortura de un determinado animal, pero callan cuando, por ejemplo, en cientos de hogares españoles, se maltrata a diversos animalitos, en especial perros. Mascotas encerradas, abandonadas la mayor parte del día, a su suerte durante los veranos, que viven una existencia contraria a la libertad y los derechos que se suponen tiene la fauna, objeto de manipulaciones a gusto de los dueños- ornamentación, peluquería, vestimenta- enjauladas- los pájaros- reducidas a una vida minúscula- la de los peces- etcétera.

Para la defensa de esos animales, también torturados, muchos muertos, sino directa indirectamente, la defensa es silencio. A ver quién se mete con ellos. Con los dueños de las mascotas.

Por lo tanto, existe un trasfondo truculento, plagado de intereses políticos. De intenciones ideológicas que podrían culminar en la obligación legislativa de suprimir la muerte del ganado que se sacrifica para la alimentación humana, antes de concluir- creo yo- que tampoco se podrán comer vegetales porque- muchos especialistas y me refiero a científicos lo precisan- porque los vegetales también son seres vivos.

Dicen algunos de los detractores de “La Fiesta” que está próxima a su extinción. Que cada vez interesa a menos gente. No sé si será así, pero, en un vídeo que ofrecía la edición digital de el periódico El Mundo, con opiniones para todos los gustos, se facilitaban dos datos estadísticos: el número récord de manifestantes en contra de la tauromaquia, 80.000 personas en Madrid, según los organizadores, y la cifra de asistentes a las ferias taurinas de Madrid en mayo, 600.000 personas… Atendiendo a estos datos no parece que las plazas se vayan a quedar vacías mañana.

Finalmente… Creo que los antitaurinos tienen razones admisibles y también los taurinos para defender lo que defienden. Pero no existe un lenguaje claro del que fiarse. Una argumentación limpia y concluyente. Nada que impulse a sostener una posición o la contraria, aunque, por mi parte he de decir que desconfío y mucho de aquellos que permiten entre sus filas a gentes, a militantes, capaces de alegrarse de la muerte de un ser humano porque, a su vez, mató toros. Probablemente estos sujetos, jalearían al verdugo que llegara a ejecutar a todo aquel que no estuviera de acuerdo con sus ideas.


AL RALENTÍ AGOSTIZO
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