Un zángano en el palmeral

DECIBELIOS ANTISOCIALES

No importa la fecha pero era domingo. Más cerca de la una de la tarde que de las doce y media. Un grupo de motoristas circulan por una vía céntrica de la ciudad. Supongo que es uno de esos desfiles o manifestaciones que interrumpen el normal desarrollo de las cosas.
¿Porque una manifestación o desfile no son normales? No. Porque son infrecuentes y, esto es lo importante, a menudo, deliberadamente ruidosas. Ocurre cuando informo y durante el tiempo- no cronometrado- que dura la tormenta: truenan los motores sin justificación alguna.
¿Respeto? Por parte de los que ocupan así la calle, de ningún tipo.
Quieren ser admitidos y se sienten en su derecho, pero bufan como vándalos a punto de atacar, si es que los vándalos bufaban…
Pues bien, ahora que la intervención ciudadana, masiva –porque, a partir de diez son multitud- se hace patente en las calles de cada ciudad, aunque una reivindicación no es tal, sobre todo, si no se produce en Madrid, sean con razón o sin ella convocadas, legales o ilegales, porque siempre lo han sido así, innecesariamente tóxicas en lo que al sonido respecta, cabe pensar que, los que participan, por acción o por omisión, son partidarios del estruendo como arma percutora. Al igual que aquello que se atribuye al ex presidente de los Estados Unidos de América, George, W. Bush- para acabar con los incendios, talemos los bosques- pareciera que su objetivo es arrastrar a todo el mundo mediante su ensordecedora cólera para torcer el brazo de aquellos a quienes pretenden someter. Con razón o sin razón todos a la hoguera. Y, digo yo, que se puede transitar por las calles de manera civilizada, sin molestar a nadie, sin interrumpir el tráfico- en países como Inglaterra los ciudadanos de a pie van por donde van los ciudadanos de a pie y escoltados por la policía- sin provocar rupturas de tímpano a voz en grito o golpeando objetos o entonando cánticos sonrojantes. Para eso hay una pancarta encabezando la protesta o la propia presencia de los asistentes, por su “uniforme”
denota la intención con la que se marcha. Claro es que, como una de las cosas que se pretende es llamar la atención, salir en la tele, triunfar y, por ofuscación o impotencia, no parece quedar otra que arrancarle a algún prójimo- no presente- de sus particulares tribulaciones aunque sea a costa de molestar gravemente, adelante con los faroles. La ira, como toda emoción humana, debe ser modulable, de lo contrario, incluso cuando unos se lavan las manos durante las demostraciones de la misma a cargo de terceros en el mismo bando, deviene en violencia. La que generalmente se suele rechazar denominando pacíficas experiencias lo que, al final, de paz, no tienen más que una falsa rotulación… Con todo, las pirotecnias gratuitas, los tubos de escape de las motos a reacción, son ofensas y trastornos que dicen bastante, para mal, de lo que es una sociedad, la nuestra, carente de todo civismo. Como he dicho en otras ocasiones, respetar al vecino debiera ser un deber, un acto de suprema democracia, un compromiso humano. Algo que hoy, es la asignatura pendiente de todas las reformas de educación y de todos los hogares.

DE VUELTA AL BLANCO Y NEGRO
Como el Cola-Cao