Un zángano en el palmeral

Del imperio del cine

Algunas veces daban dos películas y nunca faltaron golosinas, pipas, incluso bocadillos. Era en el cine de Cabanillas del Campo, la primera sala a la que accedí para ver una proyección… ¿Edad? Escasa. Luego, Ya en Guadalajara, al Coliseo Luengo, al Cine Moderno o al Imperio, del que sabemos hace poco necesitó la intervención especializada para derribar el interior, en ruina durante mucho tiempo. He leído en Guadaqué que se mantendrá en pie la fachada, cosa que, como no la adecenten un tanto, supondrá lo mismo que perpetuar la visión de lo que es un cadáver sin ataúd…

Porque, ¿qué más da? Tantos lugares se perdieron en esta ciudad, tantos rastros de lo que era, que, de algún modo, no hay otra solución para el recuerdo salvo apelar a la memoria, a las historias urdidas con el producto de lo registrado en la mente de los que todavía pueden recordar… Recordar o recrear, que es una manera de admitir la invención de un pasado más o menos estimable… Después de todo, es como en el cine, la forja de realidades alternativas, que coinciden más o menos con la realidad y eso suponiendo que pudiéramos llegar a un acuerdo acerca de qué es la realidad. Por ejemplo, la realidad del cine. Para unos, puro descalabro en el que trabaja el gobierno de Mariano Rajoy, capataz de una brigada de derribo cultural que grava con el 21 de IVA el producto del trabajo de los creadores y se resiste a repartir “pasta” para los dichos. Para otros, con el 21 o sin él, precios carísimos y escasa oportunidades de ver buen cine. Incluso, respecto de esto último, buen cine, haría falta consenso. El caso es que, con el auge de las salas situadas en centros comerciales, lugar neurálgico- hasta determinadas horas- del ocio/consumo general, queda poco sitio para esos antiguos recintos como los mencionados al principio. Ahora, en Madrid, durante la “Fiesta del Cine”, cincuenta salas han puesto a la venta entradas a precios verdaderamente bajos y, digo yo que, si no iniciativas tan extremas, seguro que con precios más bajos- porque además del IVA que espero se reduzca para todo lo cultural cuanto antes, ya era carísimo ir al cine- iría más gente y se llenarían las salas. Otra cosa es el cine español que se debate entre “Torrentes”, que tiene derecho a existir y comercialmente son todo un acontecimiento y la casi nada. Porque, desde mi punto de vista, tomándole el pulso a lo que se ve en la tele, de ese cine español, fallan el corazón, los pulmones y el cerebro... Cine aburrido que entretiene poco y poco da que pensar. Claro es que, otras cinematografías tampoco abundan en excelencias. Así pues, los viejos cines se nos acaban y, cual se viene diciendo en la prensa de un tiempo a esta parte, las mejores películas, hoy, son series que se emiten por los distintos canales estatales, autonómicos, comerciales sin cuota y de pago. Nada sin embargo, que nos impida seguir comprando entradas para la esperanza: la esperanza de que, cuando se apaguen las luces se ilumine la pantalla y nos cuenten una buena historia, la esperanza de haber escogido un día de escasa afluencia de espectadores, que la “peli” no sea para niños ni los padres lleven a sus retoños. Es que si no, no dan ganas.

La muerte como opción
Codicia