Un zángano en el palmeral

Del Maratón de los Cuentos y Blanca Calvo

Con un poco de ingenio, mediante el pretexto de la teoría de los seis grados de aproximación- una persona tiene relación con otras muchas gracias a una serie de enlaces que tampoco han de ser masivos- se pueden poner en relación mundos aparentemente lejanos. Es lo que hubiera hecho quien esto redacta de habérselo propuesto. Sin embargo, algo así ocurrió el día en el que participé en las actividades de un club de conversación bilingüe, en Alicante, al titular mi parlamento La Fiesta de la Palabra…
Dicho lo anterior, la cita de la que les hablo supone la ejercitación y aprendizaje de destrezas oratorias propias de quienes pretenden dirigirse así a terceros durante conferencias, congresos, reuniones y demás. Y en esas estábamos cuando decidí hablar del Maratón de los Cuentos de Gudalajara, precisamente, sirviéndome de un cuento: una versión libre de la historia de ese patrimonio de la ciudad y sus singularidades. Como no podía ser de otra forma, tras los saludos de rigor se escuchó, de mi parte, lo que sigue… “Érase una vez una ciudad. Y en la ciudad un palacio. Y en el palacio una biblioteca. Y en la biblioteca una mujer.  Una mujer luminosa. Una mujer menuda pero interminable que no era reina, ni princesa, ni hada, ni heroína. Una mujer entre libros, nada más… Pues bien, la mujer de la que les hablo, ideó, con algunos de sus iguales, una modesta carpa blanca. Y, el día 23 de abril del año de la Expo en Sevilla y los Juegos Olímpicos en Barcelona, en la plaza del ayuntamiento de aquella ciudad, bajo el techo de aquella modesta carpa blanca, reunió a gentes de todas las edades… Enseguida resonaron vocales, consonantes, sílabas… ¡palabras!… Y estaba bien leer y leer tanto.  Leer poemas, cuentos, hasta novelas famosas. Novelas como aquella protagonizada por “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”… Novelas famosas… pero interminables para la ocasión.... Y, como hubo que interrumpir al narrador, aprovechando que respiraba, con vítores y aplausos, porque si no, no se iba, aquella mujer residente entre libros y sus iguales comprendieron que leer era siempre un acierto pero podía ser también un inconveniente.  Una dificultad que resolvieron acordándose de los antiguos. Porque habían pensado en los abuelos y en aquellas viejas historias narradas al amor de la lumbre… Así que se reunieron al año siguiente, en el palacio llamado del Infantado. Acudieron vecinos y forasteros persuadidos de un único propósito: se comprometieron a contar cuentos, solamente de viva voz. Y, al año siguiente, contaron más cuentos, durante más horas. Y al año siguiente más. Y al año siguiente más. Y al año siguiente más…Y de aquellas reuniones, de aquellos compromisos, de aquel cariño entre todos, surgió el amor. Y gracias al amor, mediante inseminación verbal, tuvieron un Maratón: El Maratón de los Cuentos de Guadalajara…”… Hice algunas consideraciones que actualizaban la idea del Maratón y, por último me referí a “aquella mujer luminosa, menuda pero interminable”. Porque aunque no estuvo sola en aquel parto, merece hoy- y en esta edición del Maratón- más que nunca, todos los honores, todos los afectos: “… Se celebrará La Fiesta de la Palabra y festejaremos que no se va porque, aunque concluyan sus “oficios de timonel”, permanecerá para recordarnos que las historias impresas también tienen vida fuera de los libros y las leyendas que nunca fueron escritas lograrán acomodo de lectura en las páginas de los volúmenes encuadernados y en los dispositivos tecnológicos que correspondan. Y todo será para bien,  y todo será para la buena vida… “… De modo que, gracias Blanca, gracias alcaldesa, gracias directora y, en ese compromiso de gratitud, desde esta tribuna que en Guadaqué me proporcionan, gracias a todos los que de un modo u otro hacen y harán posible este triunfo humano. He dicho.

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