Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

DEMOCRACIA EN LA GUADALAJARA MEDIEVAL

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Ruinas de la Iglesia de San Gil donde se hacían asambleas de vecinos.

Castilla fue, en sus orígenes, uno de los territorios de la Europa medieval donde más peso tuvieron las decisiones tomadas por la gente de manera democrática. Si bien no podemos hablar de democracia al estilo contemporáneo, sí que es cierto que los vecinos de los pueblos y ciudades de Castilla gozaron de una libertad en la toma de decisiones que otros reinos europeos, sumidos en un feroz feudalismo, ni siquiera podían soñar.


Castilla surgió a partir de comunidades campesinas situadas en las montañas al norte de la Meseta, cuyos modos de vida primaban lo colectivo sobre lo individual, y la igualdad sobre el elitismo. Esta mentalidad fue expandiéndose a medida que lo hacía el reino, y fue la que creó la base de la convivencia en ciudades como Guadalajara.

Los municipios castellanos deliberaban alrededor del consilium o asamblea, palabra que luego fue transformándose en la voz castellana de “concejo”. Estos concejos eran reuniones de los vecinos del lugar, que tomaban por mayoría aquellas decisiones que afectaban su vida en comunidad, y en el caso de ciudades con voto en Cortes, como nuestra Guadalajara, podían elegir a quienes les iban a representar en ellas, e instruirles acerca de los temas que debían tratar allí. Todos podían votar, independientemente de su riqueza y poder, y la voz de todos ellos contaba. La palabra “vecino” era el equivalente actual de “ciudadano”, pues esa condición era la que daba derecho a una persona a participar en los debates, así como a optar a ser elegido en los distintos oficios públicos. Esta forma de gobernarse se puede considerar, para los estándares de una época feudal, como un avance democrático sin comparación entre los principales reinos europeos, y algo muy alejado a esos tópicos malintencionados, propios de la leyenda negra, que dibujan al pueblo castellano con una mentalidad autoritaria. Por supuesto, como hemos dicho, no era una democracia plena como las actuales, pues de ella estaban excluidas las mujeres y aquellos más pobres que no podían formar un hogar. Además, la sociedad castellana distinguía entre aquellos que eran caballeros, que tenían unos derechos especiales, como el de no pagar impuestos, respecto al resto de la población.

No obstante estas limitaciones democráticas que comentamos, ciudades como Guadalajara mantuvieron durante siglos una gran autonomía (autogobierno, se diría en la jerga política actual), tomando colectivamente tanto decisiones cotidianas como trascendentales. Esto no implica que fueran plenamente independientes, pues los distintos monarcas, así como la nobleza y el clero en el caso de que las ciudades fueran de señorío, trataron de controlar la vida municipal en la medida de lo posible. Por otro lado, a medida que la sociedad castellana se fue haciendo cada vez más compleja, el gobierno municipal de las ciudades y pueblos de mayor tamaño tuvo que empezar a ser delegado en ciertos oficiales, llamados regidores, que tenían responsabilidades similares a las de un alcalde y concejales actuales. Estos oficios de regidor fueron poco a poco cayendo en manos de las clases más acomodadas de cada lugar, que usaron su dinero para acceder a estos cargos e incluso en algunos casos comprarlos y hacerlos hereditarios. Así, las asambleas ciudadanas fueron siendo poco a poco controladas por estos grupos poderosos, quedando el derecho a decidir acerca de la política local cada vez más restringido.

Guadalajara no fue ajena a este proceso por el cual la primitiva democracia castellana fue poco a poco siendo sustituida por el dominio de los linajes de caballeros. En el caso de nuestra ciudad, las asambleas de vecinos tenían lugar bien en la actual plaza del concejo, en el pórtico de la derruida iglesia de San Gil, o en la también derruida iglesia de Santo Domingo, que se encontraba en la actual plaza Mayor. Estas asambleas fueron perdiendo su carácter democrático tras la llegada a la ciudad de la familia Mendoza a mediados del siglo XIV, cuyo objetivo, desde el principio, fue tomar el control de Guadalajara. Así, la poderosa familia proveniente de Álava, consiguió silenciar la voz de la comunidad mediante el control de estas asambleas, especialmente las que tenían lugar el día de San Miguel, cuando se elegían los oficiales del concejo (los cargos públicos), de manera que los elegidos fueran gente de su confianza.

Este control llegó a ser pleno a partir de 1395 cuando, según el cronista fray Hernando Pecha, al ser preguntada la asamblea por parte del escribano acerca de quién debía ocupar los puestos de responsabilidad del concejo, el procurador general, hombre de confianza de los Mendoza, sugirió que para evitar conflictos lo mejor era preguntar a Diego Hurtado de Mendoza, almirante del reino, y padre del futuro marqués de Santillana. La multitud congregada en la plaza consideró que la idea tenía sentido, pues el almirante era un hombre respetado (y que daba trabajo a mucha gente en la ciudad), por lo que tomaron la decisión de dirigirse al palacio del magnate, que se ubicaba donde hoy se erige el Infantado. Allí, el secretario del almirante tenía ya preparada la lista con los nombres, que fueron aceptados por la muchedumbre. Con el tiempo, esta forma de actuar se convirtió en una costumbre, y cada día de San Miguel la ciudad se reunía para elegir los oficios del concejo, sabiendo que al final todo iba a ser una farsa, pues tras un debate un tanto ficticio, dirigido por gente poderosa afín a los Mendoza, iban a acabar dirigiéndose al palacio, donde se les iba a dar una lista, en la que solo aparecerían nombres de gente de confianza del poderoso noble, que ya sabían que iban a ser nombrados. Así, la ciudad era gobernada por hombres con teórica legitimidad democrática, pero que actuaban claramente bajo las órdenes de su patrón. Toda una estafa, pero al estar todos los caballeros y gente importante de la ciudad bajo las órdenes de los Mendoza, no había nadie con peso suficiente como para oponerse a esta forma de actuar.

El padre Pecha, que relata estos hechos hacia 1632, cuenta este asalto al poder municipal de manera mucho más amable para los Mendoza, como no podría ser de otra manera, considerando que era confesor de la duquesa del Infantado: “En este Año (por 1395) huvo tan gran discordia en las elecziones de estos offiçios, tan reñidas contiendas y dissensiones entre los electores, tanta contradiçion de los Pretendientes, que nunca les podían alcanzar, que por Bien de Paz acordaron entre sí todos los del Ayuntamiento, ir a los duques del Infantadgo que tomasen a su cargo, y corriese por su quenta la elecçion de todos los offiçios (...)fueron a él, le dixeron, Señor esta República se halla tan benefiçiada de V.S. y ha experimentado tan grandes merçedes, y benefiçios, que no pudiendo pagar tan buenas obras, reconociendo a V.S.por padre de su Patria, ponemos en su mano la election de todos los offiçios de Guadalaxara, fiados que quien sin obligaçion forzosa así a mirado y mira por los particulares de ella con tanta honrra y provecho nuestro; mirará mejor por lo commún de las cabezas que nos han de governar, y pues Dios se la dió a V.S.tan lleno de prudençia y rectitud, para la recta administraçion de la justiçia, ponemos en manos de V.S. las baras y el derecho de nombrar los Ministros y offiçiales de esta Republica”

En definitiva, un golpe de estado muy bien tramado, que anuló la voz del pueblo en las decisiones locales, y que supuso el final de la Guadalajara más igualitaria, sustituida por lo que historiadores como Layna Serrano denominaron, quizá un tanto ingenuamente, como “paternal cacicato” de los Mendoza sobre la ciudad.

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