Leo la revista AMBIENTUM y me entero del origen de una enfermedad que sufren los olmos: LA GRAFIOSIS. Parece ser que procede de Asia y se registra por primera vez en Europa, a través de Holanda, durante la primera guerra mundial. Es una enfermedad que se desencadena luego de la infección por unos hongos que se instalan en el tejido leñoso que transporta agua y minerales hasta marchitar las hojas y dar muerte al árbol… Es justo lo que padeció fatalmente la OLMA DE BEJANQUE.

Y, muerto el gigante, caído aunque permanezca en pie, mutilado porque se creyó que, aplicada esa traumática poda, podría salvarse la vida y conservar la presencia amable de aquel, “más fiel que el vidrio del espejo”, en verso de Nicanor Parra, ahora, con la intención de inmortalizar lo inmortal, por ofrecer honores al “amigo”, “el de la brisa perfumada, / el del follaje amparador”, cual concibiera a los príncipes del reino de las plantas Gabriela Mistral, por reconocer al testigo de tantos años en la historia de Guadalajara, digo que creo es así, van a poner la madera ya “sin latido” del titán, en manos de artistas especializados en dicho material para, según cuenta GUADAQUE, convertir la OLMA en una escultura… Aparentemente no parece mala idea, aunque, también pudieran considerarse los restos mismos del bicentenario coloso, como lugar de referencia, visita y gloria que merece uno de esos que, como dijera Borges, de tan hermosos dan miedo. ¿No podría hacerse un jardín, acotarse una alegría verde, promocionar un recinto de sosiego en ese mismo sitio? No lo sé, pero temo del arte y de los artistas, un alarde de modernidad. No hay más que ver el muestrario de calamidades al que se puede acceder visitando las rotondas de la ciudad. Porque el arte en estos días supera, incluso, las fronteras de lo admisible. No hace nada, se daba la noticia de un hecho así. El caso del conceptualista inglés Martin Creed quien presentaba entre las piezas que constituían la exposición THINGS- cosas- que se puede visitar hasta el 26 de febrero en la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid, una bola de papel arrugado. Tal cual. Esto da para tertulias y tertulias, sí. Porque consideramos irresistible una nadería y cedemos fácilmente a la tentación: aprobar o denigrar sin medida lo que carece de sustancia. Por eso mismo, sería bien triste, conocer que los años de historia vividos por un compañero incondicional acaban en exaltación de lo indiferente. Aquí, en Elche, existe un monumento a la Palmera que es una Palmera en sí misma. Se llama LA GOLONDRINA y, desde el año 2008, por iniciativa de la CAM, entidad de ahorro que ahora pertenece al Banco de Sabadell, dentro de un apartado de su OBRA SOCIAL al que se denominó ÁRBOLES MONUMENTALES, la palmera datilera de doscientos años de edad y veintiocho metros de altura que se haya detrás de la oficina de turismo en el parque municipal, es, como otros árboles de la provincia, emplazamiento de recuerdo y honor todavía capaz de cumplir con los ciclos naturales. Ojalá a la Olma le suceda otra y la Golondrina quede a salvo del PICUDO ROJO gracias a los versos de Miguel Hernández: “La palmera levantina, / la columna que camina. / La palmera… la palmera… / La palmera levantina, / la que otea la marina, / la mediterránea era”.