Una consideración temporal que carece de correspondencia con el espacio consumido entre la fecha de mi última participación por escrito en Guadaqué y la de mi retorno. Es verdad que, desde el año pasado, de mi parte, todo ha sido silencio, pero narrando las circunstancias que expliquen tal mutismo abundaría en la banalización de las cosas: razones más importantes tienen otros y, sin embargo, perseveran, permanecen. Eso sí, existen muchos argumentos, motivos suficientes para regresar a Guadalajara, para que yo regrese y, hoy, ayer para ser más exactos, otra más: esta vez, absolutamente triste…

 

Entonces, diez años hace, mis compromisos laborales se desarrollaban por la noche y, aunque a la hora en que los asesinos terroristas destriparon la vida de aquel jueves once de marzo debiera estar acostado, ni siquiera vestía pijama. Conocí la noticia, imaginé los trenes reventados, pues escuchaba la radio, y pensé, inmediatamente, en un amigo, usuario del servicio de ferrocarril entre Guadalajara y la capital del reino… Por suerte, no viajaba en ninguno de los convoyes. Luego, durante tres días o alguno más, especialmente por la noche, aún bendito por el azar, satisfecho porque no hube de experimentar el duelo, surgió en mí una dolorosísima aflicción- poca cosa, sin embargo, comparada con el dolor que estarían soportando los directamente atañidos- el lamento más amargo, la insuficiencia de la razón y las palabras… Tal vez, además de la impresión por lo cercano, además del horror, la ira, el miedo- porque podría haber sido uno de los fallecidos, rotos o violentados y porque, quiero pensar ahora que era así, porque pesaban las cifras, el número, altísimo, de los muertos que el terrorismo había ido alojando en los cementerios anteriormente- tal vez, tocaba, solo, llorar… Hoy, el lagrimal está seco, pero el dolor no ha finalizado. Y, aunque no estoy en persona, recorro Guadalajara pensando en los otros. En las personas de nuestra ciudad- y en las de otras ciudades- que, diez años después, siguen sin conocer su turno. Muchas personas que, como las escuchadas hoy, ayer, en la radio, esperan que les sea concedida la palabra pues carecieron de oportunidades para ocupar un sitial en la tribuna de oradores y confiar a los asistentes, a quienes atendemos la vida como ciudadanos, toda su experiencia, o su tormento, o su memoria. Y si camino por las calles que conocemos, hoy, ayer, oyendo esas voces con respeto, con cuidado, en un muy distinto silencio a aquel que dicen cundió tras el estallido bárbaro originado por la más infame de las delincuencias, diez años después, tengo una pregunta, o varias, distintas de las que muchos se formulan aún, no contrarias, no parejas, no aproximadas. Preguntas para un buen grupo de empresas y profesionales… ¿No podrían los responsables de los medios de comunicación, cuando se revisten de solemnidad para oficiar el servicio de correspondencia que comienza con la noticia y finaliza al ser esta recibida, cuando la naturaleza de la emisión dicha supone familiarizarse con la sagrada gravedad de la desesperación por unas vidas que fueron vilmente arrebatadas, evitarnos la frivolidad de los anuncios, de la publicidad, entre testimonio y testimonio? ¿No podrían los dueños de esos medios, de la prensa, de la radio, de la televisión prestarse nada más que a la palabra durante el tiempo que estimaran oportuno facilitarla? ¿No podrían los anunciantes abstenerse de recitarnos la bondad de sus productos en esos instantes? ¿Tanto cuesta?... Hace ya diez años y aunque no resido en este lugar de Castilla, estoy en Guadalajara. Con mis preguntas.