Hieles y mieles

¡Dios ha muerto! En paz descanse

No se ofendan los creyentes. Este Dios al que me refiero no es el Padre Eterno, sino un individuo que ya nos ha demostrado que era mortal, aunque muchos delirantes lo hayan considerado con la suprema categoría de Dios.

Sí. Maradona ha muerto y, según dicen muchos, ha pasado a la historia como el mejor futbolista de todos los tiempos e incluso como una persona ejemplar.

Reconozco y respeto el derecho que tiene cualquier ciudadano a ser fanático de lo que considere oportuno, del mismo modo que pido que se me reconozca a mí el derecho a pensar que ser fanático es una gilipollez producida por un desequilibrio mental; pero el fanatismo me resulta extremadamente peligroso, cuando veo en televisión escenas de extrema violencia o leo en la prensa comentarios como los siguientes:

Sigue habiendo disturbios en las inmediaciones de la Casa Rosada. Hay personas lanzando botellas de cristal y objetos a una policía que se ha visto obligada a intervenir. Los antidisturbios cargan también con pelotas 

Se ha llegado, incluso, a tirar gas lacrimógeno dentro de la Casa Rosada, lo que ha provocado que la situación se haya ido de las manos. Han tenido que llegar antidisturbios para reforzar las medidas.

Comienza a desbordarse todo en la Casa Rosada. La gente trata de entrar en avalancha y a la fuerza para despedirse de Maradona. Demasiada gente para tan poca policía, que está empleando gases lacrimógenos.

Eso no es precisamente dolor por la pérdida de un ídolo, sino una descarga descomunal e inoportuna de violencia injustificada.

Por otro lado, a mí Maradona me parece un pobre hombre que cayó o, mejor dicho, se lanzó de la gloria al infierno. Por mi ignorancia futbolera, no discuto que haya sido un genio con la pelota; pero ha sido un desastre con su vida.

Hay dos cosas que nos demuestran hasta donde llegó su exiguo nivel de sindéresis: su zambullida en el mundo de la droga y su admiración por los mayores criminales de la América del siglo XX: Fidel Castro, cuya imagen llevaba tatuada en su pantorrilla, y el Che Guevara.

Y, si alguien se considera molesto u ofendido por mi mención a estos sangrientos revolucionarios, pueden cerciorarse de la realidad, buscando la verdad en Internet o, mejor aún, haciendo lo que hice yo: vivir en Sudamérica e ir a Cuba varias veces y hablar no con los gerifaltes del partido, sino con el pueblo llano.

De todas formas, que descanse en paz y, si es verdad que hay una gloria, le deseo que esté en ella.

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