La mayoría de las cosas que nos suceden les sucedieron ya a nuestros abuelos y a los abuelos de nuestros abuelos. Tenemos, de la vida, la imagen de una carretera sembrada de túneles y sospechamos que, igual que entramos en ellos, de ellos saldremos; esa asunción de la existencia como un tablero que transitamos supone un juego colectivo del que se extraen reglas, y de ahí muchos de los pedagógicos cuantos y juegos de la infancia, por ejemplo, el terrible de la Oca, donde hasta el más avispado visita un día el calabozo.

 

Pasa con el amor y con el dolor de muelas. Ciertamente, dentro de los huesos el cráneo llevamos una bibliografía, y en esa biblioteca hay también un ambigú y tras la barra un barman batiendo cócteles sin descanso. La bebida que llega a nuestras entendederas es el resultado de un sutil manejo de la memoria personal, los iconos históricos, las mañas propias y la herencia. Todos nuestros viejos se han enamorado y en ello han resultado tan penosos y patéticos como nosotros. Y a todos nuestros viejos les han dolido  las muelas.  Y cuando la hoguera del dolor brama, ya sea entre los velos del alma, ya sea bajo las encías, degustamos el descubrimiento de que el mundo entero ha probado un combinado idéntico; todos somos el jugador que cae en la lobreguez del calabozo de la Oca, o entre los brazos de una amor sublime (generalmente absurdo y condenado al fracaso; hay excepciones, no nos asustemos) o en el sillón del dentista. Ahí no hay diferencias.

Pero centrémonos en las putas muelas. Este hervor dental llevó a actos desesperados a nuestros antepasados; recuerdo que en casa de mis padres había siempre platos viejos para que los dolientes los arrojaran contra las paredes, sin molestar así la vajilla en uso, y leí de niña un cuento en el que un caballero cruzado que volvía de sangrientas batallas con un baúl de indulgencias ganadas, atacado por el dolor de muelas, y tras darse de cabezadas contra un árbol, blasfemó, condenando su alma que con tanto esfuerzo había logrado redimir en los santos lugares. Este caballero ni siquiera tenía en su horizonte a un dentista guapo —como el mío—, sino que profesaba la idea de que luchar contra un sarraceno era infinitamente mejor que un dolor de muelas en todo su apogeo.

Las muelas y los dientes en general, no solo te parten la vida cuando se irritan, sino que esconden significados aterradores. No es raro que los amigos te cuenten que tuvieron un sueño consistente  en que al interfecto se le caían todos los dientes con sorprendente facilidad. Hay una variante de caída de pelo en mechones, pero para mis intenciones ahora no interesa, aunque ambas caídas, en todo caso, presagian la vejez que se acerca y el miedo de la muerte; sobre amores, pelos, muelas y dientes en general tiene nuestra biblioteca muchas páginas escritas y nuestro barman, (al que dejamos batiendo la bebida ancestral en el ambigú de la vida) muchos  cócteles  y de lo más interesantes.

 Pues bien, me he dado cuenta, en la soledad espantosa del dolor de muelas, cuando todo el resto de la existencia desaparece y el universo es sólo un minúsculo nervio inflamado que palpita, de que cientos de generaciones gimen conmigo. La humanidad entera ha hecho un esfuerzo para incluir en la biblioteca central el irremediable sueño de los dientes que se caen, con la intención de avisarnos de que, tras el otoño espléndido, asoma el invierno pelón, y tras los acontecimientos odontológicos, como tras los amores traumáticos, asoma la dentadura postiza y/o, la soledad. Cuánto penar para morirse uno.