Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

El alcázar de Guadalajara, origen milenario de la ciudad

 

La reciente polémica sobre el alcázar de Guadalajara me hace ser optimista porque, por un lado, parece que todavía existe cierto interés en la clase política local por su restauración, y por otro, ha llegado por fin algo de dinero para comenzar a hacerlo. No me siento cualificado, por falta de conocimiento en la materia, para decir si el proyecto de actuación del equipo de gobierno municipal es el más adecuado o no, pero sí que comparto la frustración de la plataforma que se ha creado al ver que los escasos euros van a emplearse en meter más hormigón gris en el casco histórico arriacense, en forma de rampas y plataformas, en lugar de empezar a levantar lo que debería ser la joya de la corona de nuestro patrimonio.

Y es que, donde ahora solo vemos un solar, hierbas y restos de muros, estuvo el edificio que marca el origen mismo y la razón de ser de Guadalajara. Una ciudad y un edificio milenarios, que han visto pasar demasiadas cosas como para que nadie venga con el cuento de que somos una ciudad dormitorio. Tenemos que viajar al siglo VIII para entender a aquellos musulmanes, recién llegados a la península ibérica, que veían cómo el valle del Henares, al que bautizaron como Wadi al-Hayara, era una ruta natural que unía las dos mesetas, y por tanto un punto a fortificar para protegerse de ataques cristianos. En ese valle, que plagaron de atalayas y pequeñas fortalezas, era necesario que hubiera una capital, un punto de referencia desde el que gobernar el territorio y que pudiera acantonar tropas suficientes para poder lanzar ataques y organizar la defensa para evitar que los enemigos llegaran al valle del Tajo. Para instalar aquel enclave eligieron bien, pues encontraron una loma, elevada sobre el Henares por auténticos acantilados infranqueables y protegida por dos barrancos, que ahora conocemos como el Alamín y San Antonio, que creaban un espacio triangular, en uno de cuyos vértices había un vado que permitía cruzar el río. Esta loma controlaba perfectamente los movimientos de tropas en la vega del Henares, por donde cruzaba la antigua vía romana que unía ambas mesetas, así como las importantes ciudades de Toledo y Zaragoza, capitales del nuevo poder andalusí.

La nueva ciudad, que comenzaría siendo seguramente un conjunto apiñado de viviendas alrededor de una precaria torre dotada de algunos soldados como guarnición, tenía un punto débil en su diseño defensivo, pues si los barrancos y el río hacían de foso natural en tres de sus cuatro costados, no es menos cierto que el flanco sur era de fácil acceso, y por tanto muy vulnerable. Por ello, estos primeros habitantes de la ciudad, apoyados por los califas cordobeses, decidieron construir en la parte alta del terreno una alcazaba, suficientemente fuerte como para defenderse de cualquier ataque desde ese punto y que también fuera un símbolo del poder andalusí en esta zona fronteriza. Algo que al verlo de lejos intimidara a cualquier cristiano que osara cruzar la sierra para buscar botín. Con la construcción de esta fortaleza árabe, la ciudad o medina arriacense original quedaba ya plenamente configurada a lo largo de un eje que iba desde el río hasta el alcázar, en una estrecha franja que tradicionalmente ha sido conocida como el barrio de Cacharrerías. Este castillo se convertía así en el corazón militar, político y económico de la nueva ciudad andalusí, capital del valle del Henares.

El primitivo alcázar musulmán terminó de construirse en el siglo X, pasando desde la conquista cristiana de 1085 a ser propiedad de los reyes castellanos. Desde ese momento el edificio evoluciona más hacia un elegante palacio que hacia una fortaleza, pues Guadalajara había perdido su finalidad defensiva. En él residieron varios monarcas, llegando al máximo esplendor en el siglo XIV de la mano de Alfonso XI, cuando el alcázar arriacense ya es todo un ejemplo del lujo mudéjar. Tal fue su prestigio, que en el año 1390 se celebraron en él nada menos que las Cortes del reino.

El declive comenzaría en el siglo XV. La ciudad, en manos de los Mendoza, va dejando abandonado poco a poco el edificio, que apenas sigue siendo usado como almacén, y que es sustituido como centro de la vida política y cultural por el nuevo y lujoso palacio del Infantado, mucho mejor adaptado a los gustos de la nobleza de la época. El primer golpe serio para el alcázar llegaría en 1460, cuando tropas leales a Enrique IV tomaron la fortaleza por sorpresa para expulsar de la ciudad a los Mendoza, lo que dejó el edificio ya seriamente tocado. El segundo episodio del que salió mal parado fue la revolución comunera de 1520, cuando fue asaltado por los rebeldes tras alzarse contra Carlos V.

Tras la guerra de los comuneros el alcázar ya estaba prácticamente en ruinas, pero el verdadero desastre llegaría en el siglo XVIII, cuando Felipe V, agradecido por el sacrificio de Guadalajara en la guerra de Sucesión, ordenó crear una fábrica de paños en la capital alcarreña para reactivar su economía. Inicialmente, la fábrica se instaló en el palacio de los marqueses de Montesclaros, frente al alcázar, y para ella se utilizaron materiales de la ya arruinada fortaleza. Finalmente, cuando se juzgó necesario ampliar la fábrica, se decidió hacer uso del solar del alcázar, demoler los pocos muros interiores que aún sobrevivían, y construir allí la ampliación. De esta desafortunada decisión solo se salvaron los muros perimetrales del edificio medieval. Tras la guerra de la Independencia contra los franceses, este espacio pierde su uso, y pasa a formar parte del complejo de la nueva Academia Superior de Ingenieros de Guadalajara, y posteriormente como expansión del llamado “taller de globos”. El golpe de gracia llegaría durante la Guerra Civil, cuando tuvieron lugar varios combates entre las ruinas, en los que se usaron bombas incendiarias. También sufrió los brutales bombardeos perpetrados por la aviación del bando sublevado contra objetivos civiles, y que destruyeron parte del casco antiguo. Tras estos hechos, el alcázar quedó en la situación que vemos actualmente y que, décadas después no hemos sido capaces de revertir para devolver la dignidad al edificio que dio origen a una ciudad con pasado milenario.

 

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