Un zángano en el palmeral

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EL CUENTO NO CUENTO DE NAVIDAD

 

Unas veces antes, otras después. El caso se cierra siempre que pueda presentarse la pieza en tiempo y en hora. Me refiero, en esta ocasión, a las navidades y al rito de entregar una ficción cuya naturaleza suponga, cuando menos, la confrontación y el rechazo en todo certamen de cuentos llamados “de Navidad”. Por lo tanto, enseguida, con todos ustedes…

 BOMBONES DE SANGRE

Caminar sin oposición supone un agradable suceso cuando la voluntad de desplazarse es cumplimentada dentro de los límites del confín urbano. La concentración de sapiens, sea a pie o acorde con la modalidad de tráfico que se prefiera, evita, por lo general, ideales como el aludido. Por eso hay que madrugar o tener en mente un horario próximo a ese periodo de la noche en la que solo los empleados de todos aquellos servicios que se dan ininterrumpidamente o los que culminan, a su pesar- porque termina, desgraciadamente- alguna juerga, hacen acto de aparición en las calles. De los dos supuestos, elegí el primero. Y tampoco es que fuera a cumplir con rigurosidad la encomienda. Al fin se trataba de la mañana del día de Navidad y la tropa, en días así, anda reunida al abrigo de las sábanas, en los hogares dotados de bien pagada calefacción o bajo las mantas, en aquellos otros, sin duda, deudores. Por lo tanto, ancha es Castilla y más ancha es África de un extremo a otro del Sahara. No obstante, hube de reparar en algo que, aun evitándome incómodas interrupciones, hizo de mi paseo curiosa observación. Allí donde se mirara, comercios cerrados; algunos dueños de mascotas o encargados de las mismas, obedientes a su función de recaderos. Es decir: responsabilizándose de las necesidades de los animales o satisfaciéndolas en conforme compañía. Muy pocos bares con terraza para desayunos, operativos. Y, ¿en los coches? ¡Por las barbas de “la barba”*! En los coches, sujetos por los limpiaparabrisas, esos envoltorios de bombones. Digo “esos” aunque en aquellos precisos instantes nada sabía. Eran los envoltorios de unos pedazos de chocolate rellenos con una mixtura mágica. Un contenido dulce y sabroso, perfectamente elaborado para gustar incluso a quienes ese tipo de golosinas obran efectos contrarios. Pero, había que comerlos. Y aquí está el detalle: ¿cómo hacer que los interesados se agolparan en casas y comercios, demandando imperiosamente la fuente de un placer pequeño y reiterativo, puesto que las cajas, finitas en su contenido, podrían ser sustituidas por otras cajas repletas de joyas para paladares universales? ¿Cómo conseguirlo? A falta de medios, ingenio. Voluntad, artesanía y propaganda bien… dopada. Estos envoltorios pródigos en escenas icónicas de las navidades pasadas, presentes y futuras, llamaban mucho la atención y movían a la contemplación simpática. ¿Quién puede resistirse a las escenas familiares más conmovedoras, a los sucesos evocadores capaces de derretir los corazones forjados en los hielos inmortales? ¿Quién? Además, estaban hechos a mano. Uno a uno, dibujados por el mismo pastelero que confeccionaba los extraordinarios dulces. Toda una demostración de arte, una exposición sugestiva, magnética, capaz de acaparar la atención e indicar, de manera automática, todo lo que fuera necesario para seguir el rastro de las baldosas de cacao hasta el horno donde se originaba el deseo.  Lo peculiar, no obstante, la sustancia con la que amarrar a los automovilistas, unas horas más tarde, contentos de utilizar su auto para continuar las celebraciones en otros domicilios, en otras localizaciones, era, la sangre del pastelero. Gracias a un pacto satánico, el fluido precioso, manando de un corte, de un leve, levísimo, casi imperceptible tajo originado por un beso del enviado diabólico, obraba todos esos prodigios, toda vez que se mezclaba con la tinta y estaba presente en el trazo artístico. Era esta la única forma de hacer del día de Navidad de ese año un triunfo de futuro… Yo no lo sabía, lo juraré ante quien sea y por lo que se me reclame. Y si lo sé ahora, es porque me doy cuenta. Leo en un periódico que se ha encontrado el cuerpo sin vida de un varón de mediana edad, desangrado, sin que se hayan advertido señales de violencia evidentes y, ante su casa, un bajo dedicado a la fabricación de panes y repostería, una multitud de personas preguntando cuando se abría la tienda, pues necesitaban urgentemente unos bombones que dicen allí se hacían. Yo no lo sabía, pero, hoy, lo sé.

James Harden, jugador de baloncesto norteamericano perteneciente a Philadelphia 76 ers, también conocido como “La barba”.

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