Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.
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EL DÍA QUE GUADALAJARA FUE NOMBRADA CIUDAD

El 25 de marzo de 1460 Enrique IV dio a la entonces villa de Guadalajara el título de ciudad.

En la Edad Media, en Castilla, las poblaciones se diferenciaban entre lugares, aldeas, villas y ciudades. El último grupo estaba reservado para aquellos municipios de importancia que, además, habían realizado méritos suficientes para recibir el privilegio de ser considerados como ciudad por los reyes (haber resistido un asedio, haber apoyado al pretendiente al trono adecuado, o haber aportado tropas para lograr alguna victoria relevante, por poner varios ejemplos). En ese sentido, la diferencia entre ser una ciudad o una villa era principalmente una cuestión de honor, un aspecto que no era menor entre los castellanos de la Edad Media, sobre todo entre los que formaban las filas de la nobleza.

Guadalajara, durante gran parte de los siglos medievales, fue un municipio de cierta importancia en el reino, llegando a tener voz y voto propios en las Cortes de Castilla, pero siempre por detrás de otros lugares más poblados y políticamente más influyentes, como Toledo, Burgos o Segovia. La diferencia de peso político entre estas grandes urbes y Guadalajara se evidenciaba en que nuestra capital no había conseguido el rango de ciudad que las otras sí ostentaban.

La oportunidad para lograr este honor nos la dio la disputa entre los Mendoza y el rey Enrique IV en el siglo XV. Ya en aquel momento, los hijos del marqués de Santillana tenían Guadalajara totalmente controlada: elegían a los regidores, los oficios de justicia, controlaban las sesiones del concejo, gestionaban una gran cantidad de impuestos y eran dueños de muchas aldeas alrededor del municipio, de manera que se podía decir que eran los señores de facto de una Guadalajara sobre la que el rey no tenía apenas poder efectivo. Solo les quedaba consumar esta situación y conseguir que el rey acabara nombrándoles señores de la villa, para poder hacer y deshacer a su antojo.

Cuando Enrique IV sucedió a su padre, Juan II, intentó recuperar para la monarquía el control de Guadalajara. La relación entre el joven rey y los Mendoza nunca había sido buena, porque éstos se habían negado a entregarle la ciudad cuando todavía era príncipe, y le habían cuestionado la manera de gastar el dinero recaudado para la guerra de Granada, por lo que Enrique IV esperaba deseoso la ocasión de vengarse de los aristócratas alcarreños. 

El momento adecuado llegó un año después de la muerte del marqués, en 1459. El poder de los Mendoza lo ostentaban ahora sus hijos, entre los que destacaban Pedro González de Mendoza (el futuro Cardenal Mendoza), y Diego Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Santillana y futuro primer duque del Infantado. Este último era la cabeza de la familia, y quien dominaba la ciudad desde su palacio.

Aquí la historia se confunde bastante con la novela, debido al afán por el cotilleo de los historiadores locales del siglo XVII, que nos refieren estos hechos. Según estas fuentes la excusa perfecta para que el rey interviniera en Guadalajara la dio Fernando (o Francisco) de Gaona, alcaide del alcázar, quien alegaba que el marqués había tratado de reunirse a solas con su esposa Constanza, con intenciones poco honestas. Gaona se presentó en el palacio del marqués para exigir explicaciones, recibiendo el desprecio del Mendoza, por lo que recurrió al rey para buscar justicia.

Enrique IV recibió la queja del alcaide (suponiendo que esta parte de la historia fuera cierta) cuando estaba en Madrid, y decidió intervenir para echar al marqués de la ciudad y así castigarle por sus acciones. Para ello mandó por sorpresa durante la noche al comendador Juan Fernández Galindo al mando de seiscientos jinetes hacia Guadalajara. Una vez llegaron al puente del Henares, un nutrido grupo de caballeros locales, conocedores de los planes secretos del rey y contrarios a que los Mendoza acabaran dominando Guadalajara, les abrieron las puertas. El pequeño ejército se presentó rápidamente frente al alcázar, entregando a la guarnición una carta firmada por el rey ordenando su rendición, tras lo que se dirigieron, todavía de noche, al palacio del marqués, rodeándolo antes de que éste se diera cuenta de su llegada. Cuando el Mendoza se despertó, encontró su casa asediada por cientos de soldados, que le ofrecían salvar su vida a cambio de que reuniera a toda su familia y sirvientes y huyera rápidamente de la ciudad con lo puesto.

Así, la villa volvió al dominio del rey, quien puso una fuerte guarnición para mantener la paz, mientras los Mendoza se refugiaban humillados en Hita. Tras controlar la situación, el propio rey se desplazó a Guadalajara en persona en 1460, donde decretó una serie de medidas que buscaban potenciar el municipio. En primer lugar, sustituyó al alcaide del alcázar, Fernando de Gaona (el que en teoría había comenzado todo con su queja al monarca), por Rodrigo de Medina, hombre de su confianza. Poco después, una vez escuchadas las quejas de los vecinos, mandó investigar la usurpación de tierras comunales por parte de “personas poderosas”, y nombró regidor por el estado de los pecheros (los que no eran de la nobleza) a Fernando López de Aguilar, otra persona de su confianza. Este control político del concejo se reforzó con el nombramiento de Fernando de Rojas como su asistente en la villa, con atribuciones de corregidor. 

A estas medidas de tipo político se sumó la provisión real de ese mismo año por la que eximió de impuestos por doce años a todos aquellos que se desplazasen a vivir a la Tierra de Guadalajara. Esta medida fue muy importante, pues la comarca había sufrido la despoblación debido a los efectos de las guerras, especialmente a la devastación realizada por un pequeño ejército navarro que había tomado el castillo de Torija durante el reinado de su padre Juan II, desde el que se habían hecho incursiones por la comarca. 

Más simbólica, pero no por ello menos importante, fue la última de las medidas tomadas por Enrique IV. El 25 de marzo de 1460 dio a la entonces villa de Guadalajara el título de ciudad, con todas las honras y privilegios que ello conllevaba. De esta manera, el rey fortalecía el carácter del realengo del municipio, frente a futuras apetencias de los Mendoza, y nos colocaba a la misma altura que los más importantes municipios del reino.

Sin embargo, Enrique IV era un rey débil, y su impulso duró poco tiempo. En 1462 se vio obligado a reconciliarse con los Mendoza, cuyo apoyo político necesitaba. Éstos ya habían ido “convenciendo” a los caballeros alcarreños de que, en el fondo, no deseaban ser señores de Guadalajara, y que a todos les convenía ser amigos, así que las disputas entre unos y otros acabaron olvidándose. Esto permitió a Diego Hurtado de Mendoza volver a su palacio en la ciudad, desde donde volvió a controlar indirectamente el municipio. La nueva alianza entre los próceres alcarreños y el rey se tradujo en la boda en Guadalajara del favorito real, Beltrán de la Cueva, con Mencía de Mendoza, hija del marqués, a la que asistieron los monarcas. Desde ese momento, los Mendoza ostentarían una enorme influencia sobre Enrique, quien en una muestra de su errática política respecto a la nobleza, ofreció en 1464 a Diego Hurtado de Mendoza el privilegio de nombrar a los alcaldes, alguaciles y escribanos de padrones de la ciudad, y no contento con esa merced, llegó a ofrecer a don Diego el señorío mismo de Guadalajara, a lo que este se negó, sabedor entonces de la firme oposición de los vecinos. Como dijo el propio marqués, era preferible “tener a los guadalajareños más como amigos que como vasallos”.

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