Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.
Destacado 

EL EMPECINADO POR TIERRAS DE GUADALAJARA

En mayo de 1808 el pueblo de Madrid y otras localidades cercanas se rebeló de forma violenta contra los invasores franceses. En ese momento, Napoleón entendió que los españoles no iban a dejarse someter fácilmente. Su estrategia para dominar el país pasaba por controlar a su inoperante clase dirigente, y aprovecharse de la escasa inteligencia política del rey, Carlos IV, y de su hijo, el futuro Fernando VII. Sin embargo, sus intentos de convertir España en un mero estado satélite de Francia en manos de un rey títere (su hermano José), habían chocado con la decidida resistencia del pueblo llano, dispuesto a todo para librarse de los invasores.

Los españoles, de forma más o menos espontánea, se habían ido organizando en juntas locales y provinciales, y habían ido formando un ejército para resistir a los invasores, que acabaría venciendo a los franceses en Bailén, la primera derrota en campo abierto de las tropas napoleónicas, hasta ese momento imbatibles en toda Europa. La derrota de Bailén fue un baño de realidad para Napoleón. España no se iba a dejar vencer sin luchar, y para poder doblegarla debía emplear toda su fuerza. A finales de ese mismo año de 1808, el emperador cruzó los Pirineos con 250.000 soldados, que reforzaban a los que ya tenía en España. La llamada Grande Armée. No había ejército en Europa que pudiera luchar contra una máquina de matar como esa. Pronto, los franceses recuperaron el control del país, y volvieron a colocar a José I Bonaparte como rey en el Palacio Real de Madrid.

¿Estaba todo perdido? Todo indicaba que sí. Ni siquiera la ayuda inglesa pudo frenar al rodillo francés. Las tropas imperiales tomaron todas las plazas fuertes del país, salvo algunas excepciones como Galicia o Cádiz y cometieron todo tipo de atropellos y saqueos, dejando un rastro de destrucción a su paso del que todavía se pueden ver sus huellas en nuestro patrimonio.

Estos desmanes de la tropa francesa, lejos de aterrorizar a la población, consiguieron enfurecerla aun más. Es entonces cuando empiezan a surgir los héroes, que abandonan todo por una causa que consideran justa. Es ahí cuando aparece nuestro personaje: Juan Martín Díez. El Empecinado.

Nació en Castrillo de Duero (Valladolid) en 1775. Dicen que el mote de empecinado viene porque así se llamaba a los de ese pueblo, por la pecina o cieno del arroyo que atraviesa el pueblo. Sea esto cierto o no, tras Juan Martín la palabra cobraría un significado totalmente diferente, que todavía pervive. Comenzó trabajando en el campo, como su familia, aunque a los dieciocho años le pudo la vocación militar y se enroló en la guerra del Rosellón, donde adquirió conocimientos muy importantes…y un cierto rencor a los franceses. Cuando ya había regresado a su pueblo natal, y se preparaba para una vida tranquila de labrador, tuvo lugar la invasión napoleónica, y los posteriores abusos de aquellos soldados que, decían, venían a traer el progreso a una España que perdía el tren de la modernidad. Juan Martín decidió que no podía quedarse de brazos cruzados viendo el sufrimiento de su gente, y montó un pequeño ejército de voluntarios, con amigos y familiares que se echó, literalmente, al monte.

Sus primeras experiencias militares contra los invasores no dieron los frutos esperados. Los franceses estaban mejor armados, contaban con veteranía y eran más disciplinados que los voluntarios españoles. Juan Martín comprendió entonces que no se podía luchar contra ellos en campo abierto, y que la única forma de resistir era mediante la guerra de guerrillas. Cortar sus comunicaciones, interrumpir sus líneas de suministro, sembrar el terror en sus filas, y forzar que su presencia en España les saliera muy cara.

Con esta estrategia consiguió varios éxitos en la cuenca del Duero, que le valieron el ascenso a capitán de caballería del improvisado ejército español, que volvía a recomponerse. Los franceses también le “ascendieron”, a su manera, y dedicaron nada menos que a un general, Joseph Hugo, padre del literato Victor Hugo, a perseguirle. El francés, que no conseguía capturar al Empecinado, apresó a su madre y otros familiares, y amenazó con matarlos si no cesaba sus actividades guerrilleras. Juan Martín, que no se dejaba amedrentar, capturó cien soldados franceses y contestó al general que, si no liberaba a su familia, les fusilaría uno a uno. Joseph Hugo no tuvo más remedio que dar crédito a las amenazas del español, y les soltó a todos. Con el Empecinado habían topado.

Los éxitos de Juan Martín le llevaron a nuestra provincia, donde fue puesto al mando del regimiento de húsares de Guadalajara, con nada menos que 6000 hombres a sus órdenes. Su primera actuación en esta tierra tuvo lugar en Mirabueno, en 1810, donde desbarató a un ejército francés muy superior en número que se encontraba en ruta. Unas semanas después vuelve a derrotar a los invasores en Solanillos, ganándose todavía más fama entre los guerrilleros. En el otoño de ese mismo año, redobló los ataques contra el pobre general Hugo, que seguía intentando darle caza infructuosamente. Cifuentes y Sigüenza cayeron en sus manos.

El invierno de 1811 el Empecinado continuó con sus ataques a los franceses. Venció, entre otros lugares, en Prados Redondos, Sacedón y Auñón, asegurando el paso por la sierra de Altomira y el control del Tajo por esa zona. Tras estas acciones, pasó por momentos complicados de salud, debiendo refugiarse en Sigüenza hasta la llegada de la primavera de 1812, cuando ya se había recuperado plenamente. A partir de este momento, el Empecinado multiplicó sus ataques para minar la moral de los franceses. Venció en Cogolludo y Budia, y posteriormente centró sus actividades en las cercanías de Guadalajara. Aquí, estuvo batallando en Brihuega y en Torija, cuyo castillo mandó destruir para que no fuera tomado por los enemigos (eran otros tiempos, y afortunadamente el edificio ha podido ser restaurado), consiguiendo liberar la capital de la provincia en agosto de 1812 y, en mayo de 1813, la vecina Alcalá de Henares, lo que le valió el agradecimiento de sus habitantes, y el correspondiente monumento.

Al finalizar la guerra contra los franceses, el Empecinado era uno de los grandes militares del momento. Un héroe nacional. Fernando VII, restaurado en su trono, llegó a nombrarle mariscal de campo, intentando atraer su lealtad. Sin embargo, sus ideas liberales acabaron por enfrentarle con el monarca, que buscaba recuperar el caduco absolutismo de épocas anteriores. Fernando VII no supo entender que la España que salió de la guerra de la Independencia era un país donde se multiplicaban las voces que pedían acabar con el Antiguo Régimen, y abrazar las ideas de la Ilustración. El Empecinado, fiel a sus principios, no cedió a los cantos de sirena del monarca, lo que le valió el destierro y, posteriormente, ser apresado a traición. Fernando VII se encargó que su vida quedara en manos de sus enemigos. Esa gente pequeña que suele rodear, envidiosa, a todo gran personaje. Se le juzgó por sus ideas políticas en una farsa de proceso, y finalmente fue ejecutado en Roa, a manos de aquellos a los que, en otro momento, había defendido de los invasores franceses. La moraleja de esta historia no es, precisamente, muy edificante.

UNA ADJUDICACIÓN BAJO SOSPECHA…
LA FERIA DE MATILLA Y…DE LOS MALOS GESTORES

Related Posts