Castilla a la intemperie

Bitácora de Guadalajara sobre nuestra región castellana con sus luces y sus sombras. Cultura al plato con aroma de identidad y emulsión de sociedad al toque de política. Disfruten vuestras mercedes.

El merecido homenaje a los comuneros de Castilla

El merecido homenaje a los comuneros de Castilla

Hoy, 23 de abril, es un día para recordar a unos héroes que tuvieron la valentía de luchar por su tierra. Unos héroes que se alzaron contra el cesarismo de un imberbe pretencioso que llegó a Castilla rodeado de flamencos, regaló las instituciones del Reino a voluntad y exprimió a las Cortes para comprarse una corona imperial. Pues ese era el Carlos de 1520 y no otro. Con los años cambiaría, estimando cada vez más sus Estados peninsulares, pero el daño ya estaba hecho y la herida de muerte en el alma combativa de los castellanos también, fruto de la brutal represión tras la derrota en 1522.

 

En los últimos tiempos hemos podido ver una serie de televisión, “Carlos”, que yo tuve que dejar de ver en un momento determinado pues no me era posible soportar tal cúmulo de imprecisiones y falsedades históricas en aras a construir un discurso benévolo de Carlos (y por consiguiente malévolo de todos los que se le opusieron). Concretamente en el tema que hoy nos atañe, hay que leer la Ley Perpetua de la Santa Junta de Ávila (nombre que recibió un documento lleno de peticiones a modo de punto de partida para reformar profundamente el sistema político, redactado por los líderes comuneros reunidos en Junta en la catedral de Ávila durante el verano de 1520). Hay que leer dicho documento para darse cuenta de que lo que estos hombres pedían era justo, y no solo era justo, sino que era un salvavidas para el Reino en aquellos momentos.

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No voy a glosar los hitos de una guerra que el lector probablemente conozca y que en cualquier caso están al alcance de una búsqueda en la red. Pero sí quiero hablar de ese documento, que los comuneros denominaron Ley Perpetua. Algunas de las frases de dicho documento, considerado por muchos juristas el primer embrión de un texto constitucional en la Era Moderna:

Ítem, que Sus Majestades y los Reyes que después dellos fueren y sucedieren en estos sus Reynos no les envíen poder ni instrucción ni mandamiento de qué forma se otorguen los poderes ni nombres de las personas que vayan por procuradores, y que las tales ciudades y villas otorguen libremente los poderes a su voluntad a las personas que les pareciere.

Ítem, que las Cortes donde así fueren los procuradores tengan libertad de se ayuntar, y conferir y platicar los unos con los otros libremente cuantas veces quisieren.

Item que los procuradores que fueren enviados y nombrados a las Cortes no puedan recibir mercedes de Sus Altezas de cualquier calidad que sea. Porque estando libres los procuradores de codicia y sin esperanza de recibir merced alguna entenderán mejor lo que fuere servicio de Dios y de su Rey, y en lo que por sus ciudades y villas fuere cometido.

Ítem, que de aquí adelante perpetuamente de tres en tres años las ciudades y villas que tienen voto en Cortes se puedan ayuntar y se junten por sus procuradores, que sean elegidos de todos tres Estados. Y lo puedan hacer en ausencia y sin licencia de Sus Altezas y de los Reyes sus sucesores.

Ítem, que acabadas las dichas Cortes, los dichos procuradores dentro de cuarenta días continuos sean obligados a ir personalmente a su ciudad y dar cuenta de lo que hubieren hecho en las dichas Cortes, so pena de perder el salario y de ser privados del oficio.

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Estos artículos son toda una declaración de defensa del parlamentarismo que había regido Castilla desde los comienzos de la Reconquista, de la participación popular en el Gobierno y la defensa del poder de las Cortes frente al arbitrio del monarca.

Ítem, que ninguna moneda se saque ni pueda sacar destos Reynos y Señoríos; oro ni plata labrada ni por labrar, pues está prohibido por leyes destos Reynos con pena de muerte.

Ítem, que en la Casa Real de Su Majestad ningún Grande pueda tener ni tenga oficio que tocare a la Hacienda y Patrimonio Real.

Ítem, que se revoquen y que Sus Majestades hayan por revocadas cualesquiera mercedes que se han hecho después del fallecimiento de la Catholica Reyna Doña Isabel.

En este caso los comuneros hacen Ley el apartamiento de los Grandes de España del Gobierno, asumiendo que han de ser los concejos, regidores locales y funcionarios medios los que deben garantizar que el Gobierno lo es de todos y vela por los intereses del Reino.

Ítem, que el Presidente, Consejos, oidores y alcaldes y oficiales de las Audiencias y Chancillerías sean visitados de cuatro a cuatro años según y de la manera en que se suelen visitar. Y los que fueren hallados culpados sean punidos y castigados como las leyes destos Reynos disponen.

Y que los oidores que puedan conocer los pleitos y causas no sean quitados de oír y determinar los dichos pleitos por cédula de Su Majestad. Desde agora quede por Ley Perpetua e inviolable que los oidores del Consejo y Chancillerías que son o fueren no obedezcan las dichas cédulas so pena de privación de los oficios.

Por último estos dos artículos referencian claramente la independencia judicial que persiguen los comuneros: de ahora en adelante se deberán enviar inspectores (visitadores, en la lengua de entonces) a todos los juzgados y chancillerías del Reino, costumbre que había decaído y que es garantía de la buena praxis judicial. Asimismo, los comuneros evitan que el Rey pueda destituir jueces a placer cuando éstos intervienen en pleitos que no convienen a la Corona.

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Una idea-fuerza de los comuneros que defendieron siempre es que los recursos y las rentas de Castilla se emplearan en Castilla y no en ningún otro reino de la Corona, mucho menos en Estados fuera de la Península. Los industriales y vecinos de la Castilla de 1520 querían vivir orientados al atlántico, a las nuevas colonias americanas y reinvertir los ingresos en la prosperidad y la industria textil castellana. De haber ganado la guerra, probablemente el futuro de Castilla y de toda España hubiera sido otro. Lo que es claro y evidente es que los menestrales y regidores castellanos en ningún caso hubieran autorizado la intervención europea en ese pozo sin fondo que fueron las guerras de religión de los siglos XVI y XVII, a no ser que dichos conflictos hubieran llegado a las fronteras de Castilla.

Para los comuneros el resto de los Estados de Carlos debían sostenerse por sí mismos, y los problemas de cada reino ser resueltos con los recursos endógenos. Una idea próxima al ombiliguismo inglés (caracterizado por una política atlantista, de reinversión de beneficios y por intervenciones soterradas de alcance limitado en los problemas del continente) que en el siglo XVI chocó frontalmente con la política de imperium de Carlos. Política que moralmente era de mucho mayor calado y alcance intelectual, pero cuyo modo de llevarla a cabo no debió ser nunca consagrar a Castilla como la eterna pagadora de las guerras europeas, lo que significaría (y significó) su ruina durante 200 años. La idea de los comuneros era mantener la política exterior de los Reyes Católicos: mirarse a sí misma, defender el emporio de la lana, buscar la unidad peninsular con Portugal, establecer alianzas defensivas fuertes en Europa y orientar su expansión hacia el atlántico.

Algo que, andando el tiempo y con la visión retrospectiva que nos proporcionan los siglos, hace pensar que tal vez hubiera sido mejor negocio y una política mucho más acorde a los intereses de Castilla que la que se llevó a cabo por los Habsburgo.

Por ello este 23 de abril recordemos a esos héroes que dieron su vida y su hacienda por construir una Castilla más justa, más independiente y más próspera.

¡Viva Castilla!

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