ESCRIBÍA Camba, hace una friolera de años, que los ingleses creen que su vida es una cosa muy seria. Debe ser por eso por lo que reverencian a sus instituciones, sienten que el punto del roast beef es un asunto de Estado y se visten de negro para cenar un pastel lúgubre de riñones con puré de zanahorias. La vida social inglesa estuvo siempre salpicada de bajas temperaturas —las familias antiguas medraban entre el calvinismo y los castillos sin calefacción— y de fracs y vestidos negros, que es un color que antaño daba la temperatura del alma. Por supuesto esto acabó en la rubia Albión con la irrupción violenta de la minifalda y en el globo terráqueo con la aparición de Maduro en chándal.

 

Esta última prenda no sólo  metió color en el alma de los pueblos, no sólo disolvió  un hielo ancestral de Europa, sino que  gracias a ese refrescante chorro de horterada en estado puro tenemos hoy en  todas las revistas a los alternativos y en todas las redes sociales las transparencias de las banderas arcoíris. Hoy estamos todos de colorines, si exceptuamos a Varufakis y compañía que permanecen tétricamente de negro.

La española de derechas cuando se acicala siempre acaba embutida en una vestimenta negra como aquellas inglesas tan victorianamente rancias; es más, no hay en las tiendas de la milla de oro más opciones al vestido negro que el blanco impoluto. Una china –al lado de la cual me aburría la otra noche en una de estas fúnebres reuniones– escandalosamente vestida de rojo, me confesó que se sentía totalmente desplazada, que estaba abochornada por su descoco y que en su favor sólo podía alegar que no era europea y no estaba al tanto de esta negra obligación social.

Inútilmente traté de reanimarla y evitar que, en su depresión, se entregara más de lo debido a la bebida. Articulé un discursito para el descrédito del negro, recordando que tal color es el preferido por las señoras de los mafiosos (evocamos una de esas secuencias cinematográficas en que por un sendero de cabras muy siciliano baja Ana Magnani, enlutada, meneando pecadoramente el esqueleto); acordamos, ya en la cuarta o quinta copa de cava, que en ese escenario caliente y mediterráneo, el negro es provocación y lujuria, mientras que, para este  escenario español de más de 40º a la sombra –políticos, éticos y hasta climáticos— el negro es un error psicológico grave; advertimos que el uso abusivo de este color precipitará a Europa en su ya irremediable caída; convinimos en que una buena señora toda ella de negro y sudando por el espeso bigote helespontino hace imaginar pecados infinitamente apetecibles, mientras que una pálida rubia enlutada y con un frio diamante al cuello sólo induce al llanto.

Creo que llorábamos al final de la noche griega, sin saber muy bien si era por exceso de cava o por el desfile de negras incógnitas que se ciernen sobre la Plaza Sintágma, donde miles de jóvenes se despedían del anfitrión que iba a dimitir en su terraza con vistas al Partenón. En el exterior, la calurosa noche europea era toda hielo, y en casa de la Merkel solo había sitio para un sombrío gris marengo.