Desconozco si existe alguno de esos estudios universitarios promovidos por investigadores ociosos y perfectamente financiados que hayan reunidos datos estadísticos acerca del número de iniciativas emprendidas para lograr un objetivo o paliar la no consecución del mismo. Si existen personas y organismos, sociedades, que, a fuer de empecinados, hayan llegado a consumir las letras del abecedario para designar las alternativas a aquello que no pudo ser o que no funcionó como se esperaba…

No figura entre mis certezas lo anterior, pero igual necesitamos un PLAN B. Una solución en la que pienso sin aludir a las finanzas, a la corrupción, a la incívica ciudadanía o a la marcha de Mouriño. No. Medito sobre lo que ocurriría de producirse un colapso. La suspensión indefinida de toda comunicación tecnológica: satélites abrasados, internet sin conexión, telefonía apagada o fuera de servicio… Algo, además, perfectamente posible puesto que no pasan muchos días sin que, al darnos la noticia de una nueva y violenta erupción solar, se nos advierta de las consecuencias que tal explosión podría tener en el entramado de la globalidad. Tengo por seguro que, si ocurriese un episodio como aquel de 1859 llamado Tormenta de Carrington- según leo en National Geografic- por el astrónomo Richard Carrington “que fue testigo del acontecimiento y la primera persona en comprender la relación entre la actividad solar y las alteraciones geomagnéticas de la Tierra”, un periodo de oscurantismo desalentador acabaría con la existencia de muchos. Porque, ¿qué iban a hacer si son obligados a regresar a los álbumes de toda la vida para coleccionar fotos o a solicitar que en los bares pongan música a menor volumen porque son la única red social que les queda, o a prescindir de la tele? No digo nada de lo que sufrirían los dedos de los usuarios compulsivos de teclados ambulantes y las gargantas enmudecidas de quienes tienen su razón de ser en el gasto indiscriminado de saliva a distancia: que no, que no digo que escupan, sino que le dan a la húmeda como posesos al aparato… ¡Que espanto! ¡Comunicarse de viva voz cara a cara con el vecino, la novia, el tío- abuelo, la dependienta de la floristería…! ¡Entretenerse de nuevo con la baraja jugando al cinquillo y al tute! ¡Recordar historias o inventarlas! ¡¡Un tremendo desastre!! Mas, si lo que leí en el artículo que mencioné al principio es cierto, si es verdad que, “algo parecido ocurriera hoy, las infraestructuras de alta tecnología de todo el planeta podrían paralizarse”, peligrarían el servicio en los hospitales, la defensa, el sistema bancario- sí, más aún- los transportes, el suministro de energía. Y esto sí que es serio. Tan serio como para tener un plan b. Como para curarnos en salud, que también se dice. Cosa que un servidor hará porque, aunque las autoridades repitan 140 caracteres mediante que no “pasa na´”, que con un poquito de crema y de protector solar todo arreglado, pueden venir rigores radiantes procedentes de la esfera a la que llamamos Lorenzo como se llama Catalina a la luna, y no con buenas intenciones. Tengo velas, naipes, libros, un tablero de parchís, pilas para escuchar la radio por onda media, lápiz, papel y paracetamol. Quedan avisados.