Tauromaquia

El Señorío ganadero, del adiós de Rodolfo Ortega

Rodolfo Ortega García.

También hay que saber marcharse de este pícaro mundo… y eso solo se logra sin hacer ruido. Salvo el del aquel murmullo que producen los sentimientos de tus seres queridos, cuando de repente se enteran que ya solo, para ellos, serás un entrañable recuerdo. En este caso permanente…

Y esas son las credenciales que habrá presentado en su encuentro con la eternidad Rodolfo Ortega García: el Señorío de su tierra, Checa; y el saber y porte de su trato que solo es patrimonio de los románticos ganaderos de bravo. En este caso, el último de los herederos del patriarca Jacinto Ortega Casado, el creador de la ganadería de sangre vazqueña, allá por 1914 y que se anuncia en la actualidad como Herederos de Jacinto Ortega, resguardada entre las altiplanicies de Sierra Morena. Y que a buen seguro se sobrecogerán esta noche, de primaveral solsticio, ante la sinfónica y sacra melodía de los pitidos anunciando el peligro, el reburdeo de la segura pelea y el orgulloso berreo  de los toros que proclaman su casta como justo homenaje a quien siempre los cuidó como a su persona… 

Es mi primer recuerdo el de un Rodolfo Ortega del año 1987, en el día de la inauguración de la plaza de Sigüenza, haciendo equilibrios sobre los muros de ladrillo de los corrales para enchiquerar su ganado, cual acta notarial de lo inacabado de sus instalaciones. A pecho descubierto, sin barandillas de protección alguna... solo hablándole a sus reses con la pausada autoridad de un acorde en do menor que simplemente impresionaba…

Y la verdad es que esa liviana fragilidad de su cimbreante figura, soportaba una cabeza privilegiada para su pasión vital, como fue la cría, a la antigua, de su ganado de bravo. Una inteligencia privilegiada en ese tan especial mundo ganadero y que él dominaba desde la selección hasta el trato. Siendo este su santo y seña tanto en lo comercial como en lo humano. Y en este apartado y en las de nuestras varias conversaciones, me dejó, como poso, un generoso saber estar, tan especial, como los que gastan los del Señorío.

Hombre de campo, hombre de palabra, hombre leal a su ideal del toro bravo de siempre; como demostró hasta su última tienta de becerros. Como ya les conté en crónica de una entrañable tarde en Los Monasterios. Hombre de 87 años de fructífera vida personal y ganadera. Hombre de su tierra, de sus campos y de sus trashumancias con el estandarte de su provinciana y señorial tierra checana, como referencia. 

Un hombre, en fin, enamorado de la Tauromaquia, al que el destino le hurtó conocer en la tierra el seguro destacar de entre los mejores del escalafón, a quien lleva por sus venas parte de su sangre, la honradez de sus modos, la gran verdad de su inoculada afición y la sinceridad de su toreo: su sobrino nieto Juan Ortega. A él, sobre todo a él; y para sus deudos desde esta modesta tribuna, mi reconocimiento a quien buscó para su marcha, en la tierra de Los Amantes, la taurina hora de un apartado en un festejo taurino. Como firma de la notarial acta del último acto de un ganadero. Su vida y pasión terrenal…   

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