El blog de la señora Horton

Elogio de la rutina

Con alevosía y nocturnidad la conciencia se cuaja en lo profundo de la fiebre. Un lecho algodonoso de incredulidad y mareo nos recoge a las tantas de la madrugada cuando ni siquiera el Ayuntamiento ha puesto las calles. Vas tomando presencia, te vas constituyendo en persona bajo el dolor de cabeza, entre la batalla de las almohadas, bajo la dispersa ropa de la cama que te abandonó a la tiritona, con la sequedad insoportable de los labios y la garganta: o sea, estás enferma.

Ese momento insufrible se suele acompañar de la idea urgente de reparar esto para lograr aquello (aquello es el bienestar habitual, el despertar rodeado de las conocidas cosas, la luz tamizada y la promesa de un buen café).

La primera regla que rompe la enfermedad es la regla de la rutina que nunca es más deseable que entonces. La rutina, ese elemento estático, ­tan denostado en la vida matrimonial, se convierte en lo más añorado; sabemos intuitivamente que la rutina es lo contrario a la muerte por el carácter repetitivo de aquella frente al fulgor postrero y único de esta.

Conozco a una mujer que pidió el divorcio porque su marido hizo gárgaras a las ocho y media de la mañana cada día en sus trece años de convivencia. El efecto de las gárgaras (o ruidos similares) sobre el noble sentimiento del amor conyugal precisaría análisis profundo ya que afecta al personal en todas sus vertientes, sociales, sentimentales, jurídicas y hasta económicas.  Ningún elemento es banal cuando tiene consecuencias tan profundas en el devenir del mundo. También sé que en China se celebran veintisiete meses de funerales por la muerte de la madre, así que al final, el desconsolado deudo pasa olímpicamente de tan dolorosa pérdida. Esos son los descalabros de la rutina.

Pero este post trata de su elogio. Por ello, cuando a las tantas de la noche sabes que vas abandonar la conocida salud para inmiscuirte en el corazón salvaje de la enfermedad –esos arrabales de la muerte– una vez aliviados los síntomas periféricos a base de paracetamol, una, si es bien nacida, vuelve su rostro al dolor general –muy superior al propio– y lo escruta de madrugada.

Entonces, haciendo parada en esa frontera incómoda, entre el sueño y la fiebre, una medita en el dolor de mundo. Y para la ocasión he recordado un viejo poema japonés donde se augura que nunca seré feliz  hasta que no lo sean todos.

¡Muy largo me lo fiais, caramba, cuando mueren de hambre al día cuarenta mil niños en el mundo! Esta noche he echado cuentas y ni el último día de mi vida podré ser feliz un instante según esa matemática oriental, pues el sufrimiento de aquellos que han de morir forma una espesura inextricable a la que no hay forma de meter mano.

Así que agarrémonos a nuestra rutina occidental de las grandes superficies atiborradas de colesterol y a la de nuestra salud individual. Lo contrario de esa rutina no es la variación –que sí– sino la atención. ¿Como no reparar en los ojos hirvientes, la nariz tapada, la garganta en ascuas...? Al fin solos.  Como siempre

"Nadie duerme en el carro que lo lleva al patíbulo".

Ahí sí que no nos es posible dormir.

Las Mujeres
LAVAR EN AGUA SUCIA