El blog de la señora Horton

Entre el paraíso y la utopía

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Se ha hecho momentáneo silencio entre los oradores de discursos aparentemente opuestos y sin embargo encadenados como un rosario de promesas y quejas exactas. Estos muecines a ganancia propia, con coleta o con barba, están recogiendo el botín acumulado con el uso de la palabra; estos maestros de la escuela más elemental, de la sofística más arraigada, descansan hoy afónicos, y a su lado enmudecen sus disfraces y caretas con los que nos ofrecieron durante la campaña electoral las alegorías de los mundos más deseables. "Las alegorías son al ámbito del pensamiento lo que las ruinas son al ámbito de las cosas".

 

Unas alegorías que optan por dos caminos: por describirnos el tiempo pasado para encender en nosotros una nostalgia, un memorial de orden, o por el sueño utópico para hacernos desear ese orden inmemorial que el hombre siempre ha apetecido.

La verdad es que ni los sueños deben realizarse ni el pasado es ya habitable. El hombre moderno -moderno en toda la aridez de la palabra- no puede aspirar a ninguna de esos preciosos estados, por más que el discurso político se lo haya prometido estos últimos días. Con todos los ensayos y errores necesarios, el hombre moderno ha de prepararse para no ser feliz, sino moral; para no ser distinguido, sino solidario; para no estar solo, sino en masa; para atender con una urgencia incómoda a su pequeño mundo familiar y al enorme mundo que la tecnología le acerca y al que ya no puede dar la espalda: los fundamentalismos, África, la miseria, los inmigrantes, Europa.

Todo ello resumido en la gran faena del siglo: poner orden en los recursos planetarios. La verdadera tarea del héroe moderno es la ecología, y la ecología es el fundamento de todas las políticas y la línea que en estos tiempos de turbación dibuja sobre sus mapas la ética.

Como un dios en pequeño, el hombre de ahora debe ocuparse de tareas cósmicas. El orden silencioso de un universo que todavía le asombra, se le viene encima: el estado del planeta es una anotación en la agenda del político más modesto, sea monárquico o republicano. Nunca hubo tanta tarea para un ser que a duras penas tiene tiempo de despejar de sombras su camino personal; en la experiencia del tiempo a que está condenado no hay ni siquiera un instante para reconocer el éxito de su elección, pues sea el que sea el partido en que milite, debe encararse con el mismo destino. Si el hombre antiguo elegía mundos diferentes según a quien votara, el hombre de ahora debe mantener en pie un mundo idéntico que mira más a valores que a ideologías, que mira más a concreciones que a generalidades.

¿Tenemos que estar siempre eligiendo entre el paraíso y la utopía?  ¿Qué hemos hecho mal para no estar nunca de acuerdo ni aún en lo accesorio? ¿Por qué perdemos tanto el tiempo?

La complejidad agotadora de las cosas se resuelve en una simplicidad casi prístina: no se precisan grandes sistemas filosóficos, ni líderes carismáticos, ni respuestas totales; nos basta con un poco de perejil fresco, con un cielo despejado y con una mirada verdaderamente humana.

¡Sí a la República!
¿Y ahora, qué?