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Deslizándose por la cuerda del sueño se atraviesan reinos extensos e intensos; fragmentos de todos los mundos que están en éste, escenas proyectadas en la angora oscura de la noche. En esta excursión se vislumbran imágenes indescifrables, sentimentalmente espesas, conmovedoras en su incoherencia. Si los sueños son sólo productos de deshecho (la pelusa de los canales neuronales, el polvo de las sinapsis, las mondas químicas del cerebro) es que también en la mecánica de las enzimas se oculta otro corazón nuestro, otro corazón que se estremece para un mundo de soledad, un corazón que late para lo negro, que mantiene un bay-pass entre el alma y el universo.


Es un latido cuya emoción nos asombra con su dolor prestado; tenemos en las manos un pedazo huérfano de nuestro propio cuerpo, cuya hechura no somos capaces de reconocer pero que nos despierta una congoja infinita.

Deslizándonos hacia un vecindario que linda con los arrabales de la muerte, hasta un pozo que comunica con la eternidad, se vislumbran esas imágenes tan dolorosamente excitantes, se roza el filo blanquísimo de un arma decisiva; en los altares del sueño se veneran objetos vitandos y conmovedores, desde la ominosa sombra, hasta un diente de tigre o el mismísimo rabo del diablo. Allí, las avenidas pálidas por las que huimos van a dar siempre a un muro de algodón, inexpugnable, cuya misión es hacernos tragar la única verdad de la existencia, -presente en la vigilia y en el sueño- y es que en la esencia de toda huida está la raíz de un regreso.

Duchos hombres grandes se perdieron por un sueño y otros fueron grandes por un sueño. Hayna Capac soñó con tres enanos que le salvaban de su larguísimo encierro y, saliendo al sol, se deshizo de inmediato, mientras Escipión, sobando con un imperio de almas que vagaban por la Via Láctea, decidió la victoria sobre Cartago; Nabucodonosor sufría insoportables sueños con una estatua y San Macario soñaba de continuo con una calavera parlante. También los monjes de Montecasino, expertos copistas, labraron estupendas iniciales en los libros sagrados, todas ellas oriundas de sueños.

Los hombres de este siglo hemos dejado de creer en los sueños: hacemos teoría de ellos, lo que es peor que destruirlos; muchos imperios y muy poderosos en la antigüedad, se basaron en sueños o en entrañas de pollos. Sobre estas excelentes tonterías -y por ellas- se perpetraron magnanimidades y también horribles crímenes.

Visto desde un turbulento despertar, detrás de una noche de profundas espirales, el mundo me parece un enigma expendedor de productos para los que anteriormente hemos de proporcionarle los elementos (como una máquina que nos da una cocacola a condición de que le proporcionemos las monedas, o como un sofisticado juego de marcianitos, que funciona gracias a la coyunda entre la electricidad y un disco duro).

De los sueños sacamos lo que metemos y, si ahora los sueños son vanos o inexistentes, es que los durmientes no llevamos a la noche más que incredulidad y vacío. Por eso la noche más negra será la de la muerte, donde se difuminarán todas las imágenes; ante esa honda espiral habrá de desvanecerse la realidad según protocolo: primero la solidez de los significados y las formas, después las pasiones, las señas y los rostros y, más abajo, la risa, el miedo y los colores; el suavísimo violeta y el naranja agrio. Quizá el último sueño sea un leve trazo de color que palidece.