Un zángano en el palmeral

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FESCIGU

 

Siglas correspondientes a Festival de Cine Comprometido de Guadalajara. Nombre propio mediante el que se designa una convocatoria artística que se realiza, desde hace dos décadas, en la ciudad más próxima a Madrid de entre las capitales de Castilla la Mancha. Ellos se dicen familia, me refiero a las personas que intervienen en la organización y puesta en marcha de unas jornadas de cine cuya trastienda se puede entrever examinando el documental “FESCIGU 20 años de historia” y, puesto que carezco de datos inclinados a proporcionar una opinión en contra, desde mi punto de vista, es una certificación, una opinión inobjetable…


Dirán que todo acercamiento laudatorio por mi parte, ha de suponer un ejercicio de malversación. No lo discutiré. Algunos de ellos, aquellos a los que conozco, son amigos. Sin embargo, prefiero que mis amigos sean de la escasa estirpe de los irreprochables. Al menos, mientras no se demuestre lo contrario, lo son. No participaré de ingenuidad alguna, no creo siquiera que ellos se consideren seres angelicales, pero, vaya, mi admiración es declarativa. Nada que estorbe, por supuesto, lo que viene a continuación. Y no lo hace porque, en contra de lo que es mi costumbre- bien se conoce que siempre encuentro ojos ajenos en los que introducir un dedo- redoblaré lo anterior… No puedo decir que el FESCIGU sea el mejor festival de cine ni asegurar que, entre los muy buenos esté, ni que resulte simplemente un certamen más que notable. No puedo decirlo porque me faltan conocimientos. Nunca he estado en ningún otro festival de cine. Lo que pasa es que el FESCIGU, al margen de la terminología moderna, es un ejemplo de diversidad. Castizamente, son cada uno de su padre y de su madre y funcionan por arrastre hasta convertirse en una máquina sentimental exquisita. ¿Da la impresión de alocada espontaneidad? ¿Parece que nunca están cerca de conseguirse las cosas? ¿Los cimientos ceden, las columnas están a punto de quebrar, las paredes y los techos oscilan amenazando ruina? Es una ilusión, el truco del prestidigitador para distraer a la concurrencia, la habilidad del ejecutor de malabares para difundir la idea de que la catástrofe se acerca. Porque, aunque más de una vez todo haya podido estar en correspondencia con la realidad, hacen las cosas de tal manera que la ola monstruosa, se convierta en domesticado dinosaurio de la manera más natural del mundo. Esa es la percepción que tengo. Es mi experiencia de años atrás, de los primeros primerísimos años. Y es la experiencia de los años que se han sucedido cual se deduce de lo visto. Son el caos admirablemente organizado. La voluntad de llegar aunque sea en el último segundo. Así que hay ojos en los rostros de las personas profesionales y no profesionales y seré incapaz de señalarlos con mi afilado colmillo. No puedo hacerlo, pues espero que, al menos los ciudadanos de Guadalajara interesados en la cultura, el teatro, la danza, la música, el cine y otras manifestaciones artísticas que seguramente olvido, se unan a mí, que ya no vivo en esta plaza más castellana que manchega pero intento estar al tanto de lo que aquí sucede, para batir las palmas en pie dando las gracias.

José Manuel Nieto Soria, un millanero, miembro de ...
Pobreza