Dos papas, cientos de obispos y de cardenales, todos hombres, se han dado cita en Roma para elevar a los altares a dos hombres, dos expapas. Solo la iglesia (y alguna otra religión) son capaces de realizar este tipo de actos sin que la opinión pública, en especial la femenina, se le eche encima. Sería impensable que un sindicato, un partido político, una asociación… plantease un acto similar. Sería firmar su certificado de defunción. Nadie se lo consentiría. En cambio a ellos y sólo a ellos, siglo tras siglo, se les ha permitido discriminar a las mujeres.


En realidad sí habrá algunas mujeres, aunque no como protagonistas. Me refiero a esas monjitas que han sido sanadas por los homenajeados, consiguiendo así justificar los milagros necesarios según sus normas para alcanzar la santidad. Me recuerdan a las coprotagonistas de las películas de Indiana Jones, esas chicas que sólo están para meterse en problemas y que el héroe las salve, aumentando con ello su heroicidad.

También habrá mujeres, muchas mujeres, entre el público, felices, alegres, entregadas, emocionadas,  contribuyendo masivamente a engrandecer el espectáculo.

Toda mi vida he estado entre mujeres sin llegar a entender lo que ocurre en su cabeza y en su corazón. Esta fiesta vaticana sólo aumenta mi confusión.

Las mismas personas que son discriminadas, marginadas y muchas veces vilipendiadas son las que mayoritariamente acuden a la llamada de sus verdugos, para dar más brillo y esplendor, para aplaudir que las cosas sigan siendo como hasta ahora han sido. No lo entiendo.

Tampoco entiendo que asistan los gobiernos. Ni comprendo ni acepto que el gobierno de mi país, aconfesional, apoye con su presencia un acto de este tipo. Yo no quiero ir y tampoco quiero que nadie vaya en mi nombre. Lo mismo pensé cuando acudieron a homenajear y beatificar a decenas de caídos de uno de los bandos de la guerra civil, mientras los del otro bando se pudren en las cunetas y no permiten su exhumación.

Cuántas veces se llenan la boca diciendo que son el Presidente, o el Gobierno de TODOS los españoles. Estoy de acuerdo. Pero, entonces, por qué acuden a una fiesta que sólo representa a una parte de sus gobernados y discrimina a una parte aún mayor. ¿En qué parte de su discurso nos engañan?

Las religiones deberían, de una vez, renunciar a su “misión divina” de convertir paganos, de ampliar su adeptos e influir en los gobiernos y limitar el hecho religioso a lo que debe ser a mi entender: una decisión individual.
La elección de un dios, la forma de comunicación de cada uno con él, la participación en una determinada religión, la inclusión o no en un determinado grupo deben ser decisiones personales e individuales; ni los padres, ni los amigos, ni los gobiernos deben influir  en la elección de una u otra religión, o ninguna. Debe ser un acto de total libertad. No puede ser que haya un pueblo, un país que imponga una misma creencia a todos sus ciudadanos. Eso era en otros tiempos, a los que creo que no les interesaría volver ni a las religiones. Eran esos tiempos de la intolerancia, de las expulsiones, de la inquisición, de las guerras santas.

En un mundo de libertad, la libertad religiosa del individuo debería ser motivo de protección y la participación de los gobiernos en actos religiosos como el funeral de Suárez o la fiesta machista del Vaticano debería evitarse.