El blog de la señora Horton

Filosofía del erotismo

b2ap3_thumbnail_erotismo-3.jpg

Para la mujer existe un rompecabezas cuyas piezas, colocadas en un sentido, deberían dibujar sexo, pero que, una vez acabado, falazmente se polariza hacia amor. En ese puzle (puzle que la vida nos planteará en unas pocas ocasiones) las dos pasiones andan entreveradas, difíciles de deslindar. Pero no imposible, ya que como el filósofo dice, todo este conjunto de emociones se resuelven en una palabra: lo erótico.

Para el hombre hay mucha más claridad en este bordado. Hay pun­tadas para el amor y puntadas para el sexo y precisamente tras esa con­quista lleva tiempo corriendo la mujer, repartiendo a dios y al diablo en la debida proporción. Claro que, así como el hombre estaba eximido del sexto mandamiento desde antiguo (quizá por la necesidad imperiosa de dar salida a sus excedentes de testosterona), la mujer, en cuando deseaba un poco de ejercicio corporal conjunto, ya era tildada de ramera. En esa pelea, como un púgil sonado, la mujer ha perdido la perspectiva definitivamente y ya no sabe a qué atenerse. Por eso cuando un varón nos mira con ojos moribundos, tenemos que preparar una estra­tegia de enamoramiento para deglutir una sesión de sexo, ya que ni nosotras mismas nos toleraríamos satisfacer un deseo genital sin disfrazarlo, de la mis­ma manera que el hombre civilizado no pega un bocado en el solomillo a un ternero vivo, sino que ha de recurrir al supremo truco de la gastronomía.

Las aventuras sentimentales de la mujer precisan la mayor parte de las veces —con excepciones notables y plausibles— de un enamoramiento que actúe de coar­tada. Por eso, pienso, la mujer es menos promiscua que el hombre, ya que ha de emplear mucho tiempo en escenario y atrezzo. Ha de enamorarse un poco al menos, antes de satisfacerse y no hay en ello hipocresía, como no sea una heredada hipocresía cultural.

Sí, hay una heredada hipocresía cultural, y de esa hipocresía cultural surge una galaxia de obligaciones y funciones, se abre un almacén simbólico, un mundo entero de significados al que toda su vida habrá de atender. Y el primero es una sobrevaloración de sus genitales que pronto se extiende a regiones corporales diversas y que la hace caer en la sober­bia. Soberbia del cuerpo propio en conjunto: como si una fuera arrastrando por el cosmos un tesoro indescriptible.  Esta idea se la mete en la cabeza la religión y la sociedad machista, o sea, la socie­dad con sus intereses propios ("atemos a la chica a la pata de la cama antes de que caiga en la cuenta de que es libre", es su principal mandamiento).

Giambattista Vico escribió, ya en su siglo -así que imagínense lo de largo que viene esto- "Y entonces los hombres propagaron las horribles religiones y las espantosas normas paternas..."

De todos modos para resistir el vacío que nos rodea precisamos de un narcótico. El erotismo sustituye al sentido en todas las direcciones, por lo tanto no es mal expediente el empleado por la mujer en sus incursiones a lo desconocido.  Los ascetas eligen otro camino: verse con el universo en comunión, ascender hasta fundirse con un dios. Pero eso es un error inhumano, es como creer que porque somos parte de lo creado nunca vamos a morir. Sí, nuestro "yo" va a morir y nos vamos a desparecer como nada, así que la única solución es internarse vivo en lo desconocido y ¿qué más desconocido que el centro desnudo de otro ser, o sea que el erotismo? "No nos desnudamos totalmente más que yendo sin trampas a lo desconocido", observó Bataille.  A otro ser, pues, en la naturaleza no hay nada que nos salve, en último extremo no pertenecemos a ella, ella es indiferente y a lo único que nos podemos asir en la catástrofe es a otra mano humana, dejando fuera todo lo distinto, lo inquietante y hostil.

En fin, que utilizar disfraces demuestra que los hombres (hombres y mujeres en eso no hay distinción) somos unos tipos raros empeñados en conquistar las galaxias exteriores haciendo como si no lleváramos dentro el mayor enemigo. Somos un ser blanducho y vulnerable que, de repente, echa a correr tras unos pantalones o unas tetas sin la más mínima idea de los motivos por los qué. Somos unos majaderos que, en pleno delirio, firmamos un compromiso de exclusividad para los restos con un prójimo y eso que llevamos toda la santa vida escuchando la verdad de boca de los poetas: "ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez del amor ¡todo en ti fue naufragio!".

BELENES
Dinero que no vale