El blog de la señora Horton

Fútbol y Episteme

Ya lo decía Plotino. Decía que la inteligencia contempla la realidad de dos modos, el modo sensato y del inflamado por el amor. Entonces "florece en una felicidad que colma todos sus deseos, el néctar le embriaga y le quita toda la razón" (lo dice en Enneadas IV, 94. No es broma).

Broma parece lo del anoche. Cuando los de blanco les marcaron a los de naranja (que para la ocasión iban de azul, pero no engañaban a nadie) un penalti, las almas inflamadas por el néctar del amor entraron en éxtasis sin darse cuenta que lo que estaban haciendo sobre el césped los de blanco era todo menos futbol.  En mi opinión les faltaban las butacas, el ventilador y algunas revistas para ojear.

Tropezaban unos con otros empujándose a la deriva, dando pasos atrás y empezando de nuevo y patatín y patatán. Además con persistente obcecación enviaban muchas pelotas a los contrarios; y acabaron perdiendo con toda justicia–al mismo tiempo que acabaron con las reservas de improperios de los espectadores que no estábamos embriagados por el néctar de la felicidad– no como los del día anterior (los de amarillo y verde) que ganaron a los croatas por lo que los filósofos llamamos "por chiripa". O sea, por designio del árbitro.

Harta de ser siempre una excluida tanto en el deporte como en los ritos literarios, en este mundial quise hacer el experimento de sentirme dentro de lo que llaman audiencia y decidí ver el lamentable espectáculo al completo.

Excuso decirles lo que pensé de aquellos once (¿o eran cuatro?) señores cuyas biografías se narran minuciosamente para pedagogía de los niños y ejemplo de los pardillos. Esos buenos hombres balompédicos cuyas cuentas corrientes superan incluso el arqueo de mis mejores sueños, a los que les regalan por levantar la pierna (eso sí ¡que hermosura de pierna, seamos justos!) un Mercedes o unas vacaciones en la Seychelles, no es para oído.

Estoy segura de que muchos espectadores vibraron y todo eso ante el deprimente espectáculo comicodeportivo, pero a mí, que no pertenezco a las hinchadas, que, como dice Plotino, no tengo el alma embargada por la felicidad de un triunfo que me debería traer al fresco y que, si no me trae al fresco es porque en todas las almas existe una baba ponzoñosa llamada nacionalismo; a mí, que no he conseguido identificar a estas alturas el bien supremo del deporte de masas, me sumió todo ello en una sorda decepción. Comprendo que haya cardiacos que la diñen con estos estropicios y prometo no volver a poner los ojos en calamidad semejante.

Como la visión del futbol sentada en un sofá precisa acompañarse de bebida abundante, temo que no pegaré ojo esta noche. Y así, después de desahogarme a gusto con ustedes, mañana voy a ir al bar del polígono mas cercano (a una hora en la que ya hayan exterminado a todas las cucarachas de la noche) a desayunarme con un cóctel invento de aquel personaje inefable, Jeeves, el inolvidable mayordomo de Woodehause. Una bebida que levanta a un muerto y sobre todo si se trata de un muerto ebrio.

Y voy a brindar, en compañía de Plotino por Casillas y por el querido seleccionador del Bosque, por el nosequé Camacho (me apuntan) incluso por ese jugador brasileño/español al que abucheaba la grada de continuo aunque no hacía nada para resolver el desastre, o sea, que permanecía neutral. Por todos ellos, para que se aclaren el episteme.

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